Lujuria en la sacristía

Lujuria en la sacristía

Miriam estaba sentada a los pies de la cama, sobre el colchón, con las piernas recogidas a un lado del cuerpo, como suelen hacer las chicas. Tenía la cabeza gacha y el rostro compungido. Se había llevado las manos al regazo y se toqueteaba nerviosamente las puntas de los dedos.
       ―Sabes que tu madre es una buena amiga mía ―le dije.
       Parecía que sufriera realmente, que hubiese sido pillada en falta y estuviera a punto de recibir una severa reprimenda. Me asombraba su capacidad para meterse en el papel.
       ―Lo sé, Padre ―respondió sin mirarme.       
       ―Tu madre confía en mí, Pilar ―seguí improvisando―, quiere lo mejor para sus hijos, que sigan el camino correcto.
       ―Sí… ―murmuró, casi haciendo un puchero.
       Miriam ―a la que llamaba Pilar en este juego erótico― tenía 38 años, pero trataba de aparentar unos 14. Le salía de maravilla. Yo tenía 41. A mí se me escapaba de vez en cuando una sonrisa nerviosa, una mezcla de vergüenza y excitación. Hacía lo que podía.
       ―Te he hecho venir porque me he enterado de algo muy desagradable ―dije con seriedad―. Jamás lo habría pensado de ti.
       Ella parecía estar a punto de llorar, yo estaba asombrado.
       ―¿Qué…? ¿Qué le han dicho, Padre? ―preguntó buscándome por el rabillo del ojo. Nos clavamos la mirada, saltaron chispas.
       ―Sabes muy bien lo que me han dicho ―respondí con toda la gravedad que pude. Ella bajó la cara―. Lo que me preocupa es que pueda enterarse tu madre.
       Miriam se había puesto una falda corta plisada de color azul oscuro, que le llegaba a mitad de muslo, y una blusa blanca de gasa, bastante transparente, con dos o tres grandes botones y una especie de volantes en las solapas, a modo de chorrera. Parecía una tímida colegiala. No se había puesto sujetador, como habíamos acordado. Se percibían las puntas de sus pezones rosados. La piel de sus pantorrillas y sus pies, de un blanco que seguía sorprendiéndome, destacaban bajo el azul de su falda.
       Era mi amiga de “juegos”. Nos gustaba recrear situaciones para nuestros encuentros sexuales. Era una forma muy poderosa de crear morbo y activar nuestro deseo. Mi habilidad para representar el personaje que me correspondía no era ni la mitad de buena que la suya.
       Al verla sentada de aquella guisa sobre la cama y tan metida en su papel, la excitación se me disparaba tanto que me costaba concentrarme en el mío: el de cura párroco del pueblo.
       ―Y encima me lo has ocultado, Pilar ―continué―. Hoy has venido a confesarte y me lo has ocultado.
       Yo me había sentado a un lado de la cama, cerca de la puerta. La habíamos entornado casi del todo, de modo que la habitación se encontraba en una suave penumbra.
       ―No… ―murmuró.
       ―¿No? ―elevé la voz―. ¿Acaso lo niegas?
       Titubeó un segundo antes de responder.
       ―Digo que no sé a qué se refiere, Padre.
       Supuestamente, estábamos en la sacristía de la parroquia en la que yo oficiaba. Le pedí que acudiera tras la misa para tratar con ella un asunto muy importante. A falta de una sotana, había cubierto mi cuerpo desnudo exclusivamente con una bata oscura que rara vez utilizaba. Me até la cinta con un doble nudo, no muy apretado.
       Ella seguía sin levantar la cabeza. Parecía una niña desvalida, como si la hubieran llevado al despacho del director para recibir su castigo. Llevaba puestas unas gafas de pasta negra. Podía ver sus ojos apenados tras los cristales. Me estaba poniendo cardíaco. Tragué saliva, me concentré como pude y traté de continuar.
       Me levanté de la cama y caminé despacio hacia ella, como un padre preocupado y a la vez severo.
       ―Sabes perfectamente a qué me refiero. Lo que has hecho es muy grave, Pilar, ¿lo entiendes?
       ―Pero… Padre, yo…
       La bata se me había deformado por la excitación. Me detuve un segundo para mirarme, confiando en que no asomara por la abertura. Respiré hondo. Seguí avanzando hasta situarme a su espalda.
       ―¿Tú, qué, Pilar? Estuviste con ese chico, ¿no es cierto?
       ―Sí…
       ―Necesito saber lo que sucedió ―dije con toda la severidad que pude. Le puse una mano sobre el hombro―. Te tocó, ¿verdad?
       Asintió con la cabeza sin pronunciar una palabra. Yo me mordí el labio, sentía que me estaba humedeciendo.
       ―¿Dónde te tocó? ―logré articular.
       Ella alzó los hombros.
       ―Pilar, dime dónde te tocó ―insistí.
       ―Por aquí ―dijo, e hizo un gesto indefinido alzando una mano y señalándose la blusa. Yo volví a hinchar mis pulmones. No veía el momento de ponerle la mano encima. «Joder, ¿cómo puedo estar así ya?», pensé. Me costaba creer que aquel juego pudiera ponerme tan cachondo. Casi temblando, deslicé mi mano bajo la blusa, tropezando con la clavícula, y le toqué un pecho.
       ―Te tocó aquí, ¿verdad? ―le dije, y noté de inmediato cómo se le erizó el pezón. Tenía el pecho muy caliente.
       ―Pero… Padre, ¿qué hace? No puede…
       ―Ya basta, Pilar, confiésalo, ¿te tocó aquí? ―volví a preguntarle mientras le buscaba el pezón con los dedos. Mi erección le amenazaba por la espalda. Estaba manchando la tela de la bata, no cabía duda.
       ―Sí, Padre, ahí.
       ―Te hacía así, ¿verdad? ―le dije, y arrastré mis manos por su carne, pasando de un pecho a otro, apretándolos en mi mano y buscándole los pezones. Sabiéndome oculto a su mirada, alcé el rostro hacia el techo y cerré los ojos, disfrutando. Trataba de controlar mi respiración. Un jadeo en ese momento estaría fuera de lugar.
       Aunque no podía verla, me la imaginé cerrando con fuerza sus párpados, dejándose acariciar, excitada como yo. Para mi propia frustración, forzado a continuar con mi papel, saqué la mano de debajo de su blusa y di un paso atrás, haciendo aspavientos.
       ―Qué vergüenza, Pilar, ¡qué vergüenza!
       Di unos pocos pasos a su espalda, de un lado a otro, como meditando, un brazo cruzado sobre el pecho y el otro en la barbilla. Ella giraba un poco el rostro, buscándome desde detrás de sus gafas, afligida.
       ―Lo siento, Padre.
       ―Sabes que eso no basta, Pilar. Lo que has hecho es un pecado muy grave.
       Se hizo un pequeño silencio. Al cabo de unos segundos, casi en un susurro, dije:
       ―¿Te gustó?
       Una nueva pausa.
       ―Pero… Padre…
       ―¡Dímelo! Te gustó, ¿no es así?
       Ella se llevó una mano a la boca. Me pareció ver que la comisura de sus labios se combaba hacia arriba. ¿Sonrisa nerviosa? ¿Excitación? Me puse como una moto.
       ―Tengo que saberlo todo ―insistí con voz severa―. Respóndeme, ¿te gustó?
       Pilar volvió a asentir. Luego agachó la cabeza.
       ―Claro que te gustó, ¿cómo no te iba a gustar? ―le dije con cierto desprecio, haciéndola sentir culpable―. No sabes lo que has hecho.
       Di unos pasos más y me situé de pie a un lado de la cama, al alcance de su vista. Ella giró despacio el rostro y me miró a la cara. De inmediato, sus ojos bajaron hacia mi cintura y repararon con asombro en el bulto que se ocultaba tras la tela de la bata. Desvió la mirada con un gesto ágil, como pillada de nuevo en falta. Bajó la cabeza.
       ―¿Qué más te hizo? ―dije poniéndome las manos en las caderas―. Cuéntamelo todo.
       ―Pues… siguió tocándome.
       ―Dónde. Enséñamelo.
       ―Aquí ―dijo señalándose con desgana la falda, en la zona de la entrepierna.
       ―¿Aquí? ¿Dónde es aquí? ―le recriminé como si fuera una niña―. ¿Ahora te pones con tonterías, después de lo que has hecho? Enséñamelo, dime dónde es aquí.
       Ella se puso de rodillas, sus talones bajo las nalgas, alzó la falda despacio, abrió los muslos y puso la palma de la mano sobre las bragas de encaje blanco.
       ―Aquí, Padre ―dijo mirándome con ojos traviesos a través de sus gafas de pasta y deslizando sus dedos sobre la tela.
       Yo estuve a punto de levantar los ojos al cielo por la excitación. Tuve que contenerme y aguantarle la mirada. Negué con la cabeza exageradamente, mirándola con desprecio. Dije:
       ―Qué desvergüenza, Pilar…
       Ella bajó despacio el rostro y retiró perezosamente la mano de sus bragas.
       ―Usted me ha pedido que…
       ―¡Levántate! ―le ordené. Caminé hacia ella con decisión―. Anda, levántate ―seguí. La tomé de un brazo, me agaché y comencé a quitarle las bragas, dando tirones desordenados―. Quítate eso.
       Se sacó las bragas y las dejó tiradas en el suelo. Había una mancha de humedad allí donde la tela estaba en contacto con la vulva. Sentí un nuevo pinchazo de excitación: unas gotas de flujo brotaron de mi sexo. La eché de malas maneras sobre la cama, empujándola por el brazo. Quedó sentada frente a mí.
       ―Ahora, así, dime lo que te hizo.
       ―Padre…
       ―¡Enséñame lo que te hizo!
       ―Como usted diga…
       Dejó una pierna recogida bajo su cuerpo y echó la otra hacia delante, flexionada, la planta del pie sobre el colchón. Se abrió despacio y me mostró la vulva. El triángulo de vello oscuro circundaba dos abultados labios, claramente brillantes de humedad.
       ―Me hacía así… ―dijo. Se llevó los dedos a la entrada y comenzó a darse un suave masaje.
       Yo observaba estupefacto cómo se acariciaba. Tenía unas ganas insoportables de llevarme las manos al pene, pero me contuve. De vez en cuando, se abría la vulva con dos dedos y me mostraba la carne rosada, completamente húmeda.
       ―Y así… ―siguió diciendo, y se metía dos dedos en la vagina, dos dedos que salían completamente manchados de su flujo y que volvían a entrar enseguida, con un movimiento de vaivén.
       Yo casi no podía soportarlo, necesitaba urgentemente tocarme. Los dos estábamos empezando a perder los papeles, nunca mejor dicho.
       ―Siguió así mucho rato, Padre ―continuó explicándome. Sus dedos entraban y salían rítmicamente, y pronto comencé a oír un pequeño chapoteo. Me estaba poniendo frenético.
       Me acerqué a ella como una madre furiosa, le sujeté la cara con una mano, deformándole la boca.
       ―¿Te parece bonito, desvergonzada? ¿Eh? ―le espeté. Ella seguía tocándose, mirándome con ojos de corderito degollado y a la vez de lujuria―. Dime, ¿acaso te parece bonito? ¡Anda, quita! ―le dije dándole un manotazo y sacándole de allí los dedos manchados. Llevé luego los míos y los pasé despacio por la raja, comprobando su excitación. No pude evitar cerrar por un segundo los ojos para saborear aquel momento de placer. Luego los saqué despacio, empapados, y los puse ante su cara.
       ―¿Qué es esto? ―le dije. Sus ojos iban de mis dedos a mi cara y viceversa, con esa mirada de quien no ha roto un plato. Luego agachó la cabeza.
       ―No sé ―dijo.
       ―Ah, ¿no sabes? ―dije, y en un segundo de debilidad me llevé mis propios dedos a mi nariz. «Qué rico, Dios», pensé. Reprimí de nuevo mi deseo, y seguí con mi papel―. Pues te lo voy a decir yo, Pilar: esto es el vicio, esto es el pecado, el peor de los pecados, ¿entiendes? No sabes lo que has hecho. No dejo de pensar en tu pobre madre…
       Di un paso atrás y la observé aún con la mano levantada, con la prueba del delito en los dedos.
       ―¿Se lo va a decir? ―preguntó con la cabeza gacha.
       ―¿Es eso lo único que te preocupa? ¿Es que no piensas en ti, en tu propia deshonra? ¿Qué crees que debería hacer?
       ―Por favor, no se lo diga… ―susurró, arrastrando la yema de los dedos por el colchón, sin mirarme. Yo le espiaba la vulva, que seguía desnuda y expuesta. Bien lo sabía ella. Qué ganas tenía de…
       ―¿Qué más te hizo? ―dije secamente. Empezaba a sentirme desbocado, no sabía cómo seguir. Yo ya no sabía si era cura o electricista.
       Volvió a mirarme. Alzó de nuevo los hombros.
       ―Pues… me puso… me la puso aquí ―dijo con un hilo de voz, tocándose los labios con los dedos.
       Las pulsaciones se me volvieron a disparar. Notaba mi flujo frío sobre la tela de la bata, justo donde el glande había instalado la tienda de campaña.
       ―¿Qué es lo que te puso ahí? ¡Habla de una vez!
       ―Su… su cosa…
       Yo comencé a deshacer el nudo de mi bata. No podía aguantarlo más. Noté cómo ella me miraba desde abajo, forzando los ojos. Sus mofletes se habían sonrosado. Estábamos a la par, excitados como motos.
       ―¿Esto? ―le dije abriéndome la bata y mostrándole mi erección. De la cabeza brillante colgaba un hilito cristalino.
       ―¡Pero, Padre! ¿Qué hace? ―dijo, mirándome con asombro el pene hinchado, tapándose la boca con la mano y apartando luego su rostro, como evitando aquella visión pecaminosa. Me incliné y la tomé de nuevo por la barbilla, forzándola a mirar.
       ―Dime, Pilar, ¿acaso te puso esto en la boca?
       Se tomó un segundo para contestar. Movió la cabeza arriba y abajo:
       ―Sí… ―dijo.
       ―Enséñame cómo.
       ―Pero… ―titubeó. Sus ojos iban alternativamente a los míos y a la punta de mi pene―. Pero usted no puede pedirme eso, Padre. Eso… ¡eso es pecado!
       ―Conmigo puedes hacerlo ―le dije con toda tranquilidad. El corazón me latía de nuevo como una zambomba.
       ―Ah, ¿puedo, Padre? ¿Con usted no es pecado?
       ―No. Conmigo es distinto ―seguí―. De todos modos, esto quedará entre tú y yo. ¿No es eso lo que quieres?
       ―¡Sí!, ¡claro que sí, Padre! ―exclamó, animada―. Que quede entre los dos, por favor.
       ―Muy bien, pues así comprarás mi silencio. Tu madre no sabrá nada. Así que ahora me vas a contar todo lo que ese insensato hizo contigo.
       Ella volvió a mostrar un gesto compungido. No era fácil para una niña, de todos modos, pasar por aquel trago, ¿verdad?
       ―Como usted diga, Padre ―dijo, martirizada.
       ―Bien. Ahora explícame… ―continué―. Dices que te la puso en la boca…
       Se incorporó ligeramente y se acercó al borde de la cama.
       ―Sí ―dijo. Apuntó con un dedo inocente a mi pene y añadió―: Me puso eso en la boca, y me dijo: «chúpala».
       A mí me atravesó un corrientazo por todo el cuerpo. Tuve que respirar.
       ―Hazlo ―dije―. Muéstrame lo que hiciste.
       ―Pues… yo me acerqué, Padre, y empecé a pasar la lengua, así.
       La sacó y empezó a rozar la punta sobre el glande, metiéndola en la grieta, hurgando en ella. La vi recoger la gotita cristalina y tragársela. Luego recorrió el miembro hasta la base, varias veces. Yo la miraba sin perder detalle, y al mismo tiempo estaba viendo las estrellas.
       Inconscientemente, puse mi mano sobre su cabeza. Ella hizo vibrar su lengua sobre el glande, por la parte inferior, haciendo temblar el pene sobre su cara, emitiendo excitantes ruiditos con su saliva, lo que me produjo un placer tremendo. Luego se lo metió en la boca, cerró de inmediato los ojos, entregándose con placer a aquella labor, y vi cómo se llevaba los dedos a su vulva.
       ―Ay, Pilar ―dije, sintiendo cómo el calor de su boca me invadía el glande.
       Siguió lamiendo y chupando durante unos instantes, y continuó dándose un masaje sobre la vulva, metiéndose de vez en cuando dos dedos. Por el hueco de la camisa, yo le observaba sus pezones picudos. En determinado momento, mientras succionaba, dije:
       ―¿Sabes lo que diría tu madre si te viera?
       Noté cómo todo su cuerpo se crispaba de excitación. Abandonó un instante el glande para decir:
       ―¿Qué…? ¿Qué diría, Padre? ―y regresó a su chupete.
       Una vez que lo tenía en la boca, y chupaba con deleite, dije:
       ―Pensaría que eres una puta.
       La vi abrir mucho los ojos. Se puso roja de excitación. Se separó de mí, tragó saliva y adoptó como pudo un gesto de compunción, humillando el rostro. Posé de nuevo mi mano sobre su cabeza y la atraje despacio hacia el pene.
       ―No te preocupes, Pilar, queda entre tú y yo ―le dije suavemente―. Sigue explicándome lo que hiciste.
       Ella obedeció, sumisa y agradecida. El cuerpo se me movía mecánicamente hacia su boca, como si la penetrara, no lo podía evitar. Mientras me succionaba, me incliné sobre ella, acerqué mis labios a su oído y dije:
       ―Te gustó chupársela, ¿verdad, putita? ―susurré.
       La escuché gemir, el placer la invadía. Siguió chupando sin despegarse de aquella fuente de pecado. Ya sin reparar demasiado en nuestros respectivos papeles, yo le metía la mano por dentro de la blusa y le pellizcaba los pezones. Por su parte, ella atrapó el miembro con una mano y comenzó a bombear sin contemplaciones a medida que succionaba, y con la otra se masajeaba la vulva y se metía los dedos.
       Al cabo de unos instantes, decidí hablar de nuevo. Me costaba. Tuve que recomponerme un segundo y tomar el aliento. La despegué de mí y me separé un paso de la cama. Mi pene se bamboleaba lleno de saliva, palpitante. Miriam respiraba con dificultad, lo mismo que yo, y hacía esfuerzos por dejar quieta la mano con la que se acariciaba el sexo. Tenía la cara roja y la boca brillante de saliva. Inspiró con fuerza una vez más y bajó el rostro, dándome pie.
       ―Mírate ―dije haciendo un gesto con los brazos, señalándola, como dejando en evidencia su inmoralidad―. Eres una inconsciente, Pilar. Te has perdido completamente.
       ―Yo… me dejé llevar, Padre. Aquel chico…
       ―Ya no tiene remedio ―dije negando con la cabeza y mostrando las palmas de las manos―. Anda, date la vuelta         ―resolví secamente, y me quité la bata.
       ―¿Padre? ―dijo fingiendo contrariedad.
       ―Que te des la vuelta ―dije con más firmeza―. Ponte de rodillas, aquí, al borde de la cama. ¿Acaso me vas a venir ahora con remilgos?
       ―Pero, Padre, ¿qué…? ―dijo dubitativa, mientras iba girando su cuerpo como le estaba indicando.
       Se colocó de rodillas al borde de la cama, a cuatro patas, con la vulva expuesta hacia mí. La sangre me corría desbocada por el cuerpo. Me costaba seguir con aquel juego, pero al mismo tiempo era consciente de lo morboso que resultaba. Di varios pasos tras ella, como preocupado por su destino y su reputación. Mi pene erecto se bamboleaba, duro y lacrimoso. Me moría por penetrarla.
       ―No se puede ser tan irresponsable, Pilar, no se puede ser tan débil. Mira lo que has hecho. Tu pobre madre… ―Me metí de lleno con mi discurso―. No sé si eres consciente. Creo que alguien debería enseñarte, darte un escarmiento. Y te aseguro que esto no es fácil para mí.
       ―Claro que no, Padre, sé que no lo es ―dijo ella. Hablaba con las piernas un poco abiertas. Su vulva jugosa, guarnecida por el vello oscuro, me provocaba hasta lo indecible―. Pero todo esto va a quedar entre usted y yo, ¿verdad que sí? Usted es tan buena persona…
       De repente, me invadió un extraño aplomo. Supe lo que debía hacer a continuación. Me agarré el miembro con el puño y me acerqué a ella. Me situé detrás y busqué su raja con el glande.
       ―Tienes que saber, Pilar ―dije con toda templanza, mientras le introducía el pene en la vulva, despacio―, que no se puede ir por ahí…
       ―Ay… sí… dígame, Padre…
       ―… haciendo lo que… ―empujaba poco a poco, llegándole cada vez más adentro.
       ―Sí…
       ―… a uno le viene en gana, ¿no crees, Pilar?
       ―Sí…, ay…, sí que lo creo, Padre ―contestó ella, su respiración agitada―. No he hecho bien, lo sé.
       Cuando mi cuerpo quedó pegado al suyo, sus nalgas calientes aplastándome el vientre, y mi pene palpitante en lo más profundo, la tomé por las caderas y empecé a moverme atrás y adelante.
       ―No, no has hecho bien ―continué mientras la fui penetrando―. Las personas con poca voluntad caen enseguida en el vicio, ¿no es verdad, Pilar?
       ―Ay… sí que lo es, Padre, como me ha ocurrido a mí ―dijo con la voz entrecortada.
       ―Como te ha ocurrido a ti, sí. ―Ahora, a medida que me iba moviendo con más brío, el sonido del choque de sus nalgas contra mi cuerpo iba creciendo en intensidad, mi respiración se volvía más agitada, y mis palabras iban saliendo con más dificultad―. Son personas que… ohh… buscan el camino… más corto… Personas… ohh… viciosas.
       ―Mmm… ay… ssí, Pahh… adre ―replicaba ella―. Pero usstt… ted… me va a… ahh… ayudar.
       La penetraba cada vez con más fuerza. La carne de sus nalgas restallaba contra mí. De algún modo, sentía que mi miembro era una lanza, un instrumento de castigo.
       De pronto, salí de dentro de ella con un movimiento brusco. Su vulva quedaba palpitando, hambrienta de más. Sabía que esas súbitas interrupciones la volvían loca. Obligarla a contenerse la ponía frenética. Puse mis manos sobre sus nalgas y le hablé con paciencia, como adoctrinándola:
       ―Tienes que aprender a ser firme, ¿comprendes? ―le decía.
       ―Sí, Padre, no caer en el vicio, ¿verdad? ―preguntaba ella, abriéndose de piernas, arqueando la espalda hacia abajo y ofreciéndose toda.
       ―Exacto, no caer en el vicio ―seguía yo. Llevé los dedos a su vulva y comprobé el estado de su excitación. Aquello era un manantial. Me agarré de nuevo el miembro, y, ensartándoselo de un tirón, continué―: ¿Te hizo esto tu amigo, Pilar?
       ―Padre, ¡por fffahh… ahhvor!
       Enseguida la penetraba con toda la fuerza. Me encantaban aquellos chasquidos, me encantaba llevarla por el buen camino. Estaba a punto de venirme.
       ―Ahh… ahhsssí… dímelo, Pilar… ¿te gusstt… taba cómo te lahh… metía tu… ohhh… amiguito?
       ―Ay… ahhh… ssí, sí me gustahhh… aba, Padre. Ohh… Me gustt… taba mu… ucho.
       La penetré apretándole la carne de las nalgas. Sus pechos le colgaban sueltos bajo la blusa. Yo me inclinaba hacia delante para apoderarme de ellos, olvidándome de todo.
       Me corrí dentro de ella. El sudor me caía por la frente y por el pecho. Me apoyé en sus grandes nalgas para tomar aliento. Los dos resollábamos como si hubiésemos acabado una carrera de fondo. Salí de dentro de ella y di un paso atrás, mi mano izquierda sobre su nalga. Miré hacia su sexo: un hilo blanco y consistente como la miel comenzó a caer desde la entrada de su vagina en espesas gotas. Se formó un charquito en el suelo. «Madre mía», pensé.
       Cuando me hube recuperado, rodeé la cama y me recosté sobre una almohada, apoyado en el cabecero. Nos miramos. Tras unos instantes, para mi sorpresa, Miriam se puso de pie, recogió las bragas del suelo y las sujetó en el puño contra su pecho. Sentí que el juego no había acabado: ella seguía teniendo 14 años. Muy despacio, se llevó el índice al puente de las gafas y lo empujó hacia arriba. Agachó el rostro y avanzó por el cuarto con pasitos cortos, como una niña reprendida. Yo, como pude, me metí de nuevo en el papel y la llamé:
       ―Pilar.
       ―Dígame, Padre ―contestó sin mirarme, a un paso del umbral.
       ―Mañana quiero verte aquí en la sacristía a las 8 de la tarde.
       Ella giró el rostro y me miró fijamente. Con el semblante contrito, y la mayor resignación que fue capaz de transmitir, respondió:
       ―Sí, Padre ―y salió del cuarto mirando al suelo.
       Me llevé las manos a la cabeza. Una enorme O de asombro se encajó en mi mandíbula. A los tres segundos, vi aparecer a Miriam por el umbral de la puerta, la mano tapándose la boca, tan sorprendida como yo. Resoplamos, nos reímos. Se lanzó sobre la cama y se echó a mi lado. Seguimos mirándonos con cara de incrédulos.
       Los dos estábamos seguros de que no íbamos a olvidar en mucho tiempo lo que acababa de suceder.

Publicado por: mistercat
Publicado: 11/04/2019 20:00
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Comentarios: 3
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Comentarios (3)

lakme | 15/04/2019 01:20

Increible... me ha encantado! ¡Como echaba de menos tus relatos! 😉

mistercat | 15/04/2019 07:07

¡Muchas gracias, lakme! Hacías meses q no subía nada al blog. Me alegro d q te haya gustado. ;-)

sumisa-discreta | 12/04/2019 00:43

Me encanta 😊, me encantan los hombres así morbosos 💕

mistercat | 12/04/2019 00:51

Muchas gracias, sumisa-discreta. ¡El morbo es lo mejor! Un saludo.

mismo | 11/04/2019 23:05

magistral

mistercat | 11/04/2019 23:42

Buenas noches, mismo. Muchísimas gracias. Qué rabia que el margen izquierdo del texto apareció desordenado. Acabo de arreglarlo. Puñetero formato. Me alegro de que te haya gustado, ¡un saludo!

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