En la alcoba de mamá

En la alcoba de mamá

―¿Diga?
       ―Hola, chatín…
       Me quedé parado un segundo. Se me dibujó una sonrisa en la cara. Quienquiera que estuviera al teléfono estaba haciendo una guasa. Había puesto una voz infantil, en plan teleñeco. Miré el número en la pantallita. No lo reconocí. Probé suerte.
       ―¿Ruth? ―dije en el auricular.
       ―Ja, ja, ja, ¡sííí! ―volvió a distorsionar la voz, como si fuera un bebé. Me encantaba cuando lo hacía.
       ―Joder, ¿ya estás aquí?
       ―Sí, vine antes de ayer. ¿Qué haces, tío? ―pregunta ya con su voz habitual.
       Era mi amiga Ruth. Estaba cursando el 4º año de carrera en Bélgica, Relaciones Públicas. Había regresado a casa de su madre para pasar las vacaciones de Navidad.
       ―Pues aquí, terminado un trabajito de clases ―le respondo. Yo hacía 5º de Empresariales.
       ―Qué empollón repelente ―me chincha―. Tío, ¿por qué no subes? Así hablamos un rato y luego vemos alguna peli.
       ―Vale. Pero primero tengo que terminar esto.
       ―¿Pero vas a tardar mucho? ―pregunta con insistencia.
       ―Pues… un ratillo, creo.
       ―Bueno, pues acaba eso y sube. No tardes, ¿eh?, que te doy ―me dice. Ahora ponía voz de quinqui.
       ―¡Que sí, que ya voy! ―le digo entre carcajadas.
       Ruth era un terremoto, no podía parar un segundo. Tenía muchísimo don de gentes, y una facilidad asombrosa para hacer agradable cualquier situación. Con ella era difícil aburrirse. Tenía un timbre de voz delicioso, magnético, que modulaba a su antojo. Además, tenía las facciones muy grandes y expresivas, especialmente los ojos. Todo el mundo se lo decía. Te costaba no mirarla.
       ―Tráete un pijama y te quedas aquí ―dice resuelta.
       ―Vale, pero esta vez me dejas tu cama y tú te quedas en el sofá ―bromeé.
       ―Tú eres tonto, niño ―me dice con la voz hueca y apática―. No hace falta, chatín, estoy sola. Hay camas libres.
       ―Anda, ¿y tu madre?
       ―Con sus padres. Se queda todo el fin de semana.
       ―¿Y tu hermano?
       ―Con Maddy. Está encoñado perdido, tío, un asco... ―me dice con desprecio―. Se quedan en casa de Javipak. Tienen zafarrancho mañana. Yo he pasado completamente.
       Maddy era una chica americana. Su hermano Eliam la conoció en la universidad de Colorado, donde hacía económicas. Se la habría vuelto a traer, supuse yo, para que pasara las navidades aquí. Javipak era el mejor amigo de Eliam. Lo de "zafarrancho" me hacía pensar en alguna velada poderosa con alcohol, porros, quizás alguna raya, música y magreos de todos contra todos.
       ―Too much, ¿no?
       ―Sí, sí, ni de coña, vamos. No me apetece nada ―dice asqueada.
       ―Vale. Pues venga, te veo en un rato.
       ―Más te vale ―me amenaza y cuelga de inmediato.
       Ruth y yo nos habíamos enrollado hacía un par de años. Fue una especie de romance de verano. Habíamos empezado siendo muy amigos. De hecho, la conocí a través de su hermano Eliam. Nos veíamos con mucha frecuencia, me quedaba a menudo en su casa, y ese verano ocurrió, sin más. No le dimos mucha importancia. Lo pasamos bien, pero nunca llegó a ser nada serio. Además, Ruth seguía yendo y viniendo a las islas constantemente, y lo habitual era que se enrollara con alguien en cada puerto. Y no siempre con uno después de otro, sino que a veces simultaneaba sus ligues.
       Con Ruth, siempre tenía el recuerdo de que el placer y el riesgo iban de la mano. Con esa forma de ser tan aparatosa que tenía, lograba enredarme a menudo en situaciones de tensión justo cuando estaba excitado como un mono. 
       Por ejemplo, una vez que regresábamos de un día de playa, comenzó a susurrarme cosas calientes al oído mientras yo iba al volante. Ponía una voz de pervertida o de telefonista erótica que me provocaba escalofríos. Pero no quedó ahí la cosa: luego se inclinó sobre mí, me desabrochó el pantalón y comenzó a… darme placer con la boca. Yo veía la carretera estrecharse por momentos, la visión se me nublaba. 
       Ella se incorporaba de vez en cuando, descojonada, y echaba un vistazo a su alrededor, a los coches que nos adelantaban. En una de esas, al levantar el periscopio, vio que un camionero que iba por el carril derecho nos observaba divertido. Ella, como si nada, le devolvió la sonrisa, se agachó de nuevo y continuó con lo suyo. Bueno, más bien con lo mío. Y luego, cuando ya me venía el orgasmo, ¡qué tensión pasé!
       ―Joder, Ruth, ¡para, que lo voy a pringar todo! ―le grité. No lograba llevar el coche en línea recta.
       Ella no me hacía ni caso.
       ―Tía, espera ―seguía yo, angustiado. Me alongué como pude hacia la guantera, cogí una caja de toallitas húmedas y le di con ella en el hombro, haciendo sonar el cartón―. ¡Coge esto por lo menos!
       Ruth levantó la cabeza ligeramente, giró un poco la cara, puso la palma de la mano hacia arriba, y dijo con parsimonia:
       ―Dame.
       Puse la caja entre mis piernas, bajo el volante, ella sacó dos con desgana y, hala, volvió a su faena. Yo lancé la maldita caja al suelo, frente a su asiento.
       Madre mía, qué placer más doloroso. O qué sufrimiento más placentero. Da igual.
       Tampoco podré olvidar aquella vez que nos encontrábamos en la cocina de mi casa haciendo el tonto con unas pizzas y mis padres estaban en el salón viendo la tele. Ella sabía que a mí me ponía muy nervioso que se mostrara cariñosa delante de ellos. Le tenía advertido que no me besara cuando estuvieran presentes. Esa noche decidió hacerme sufrir.
       Como llevaba un vestido estampado de una sola pieza, no se lo ocurrió otra cosa que sacarse las bragas, meterlas en uno de los bolsillos de su falda y sentarse sobre mí, a veces dándome la espalda y otras a horcajadas. Al principio, tan solo se arremangaba la falda y se frotaba contra mi entrepierna. Una vez que vio que estaba bien excitado, me deslizó hacia abajo los bermudas que yo llevaba puestos e introdujo mi sexo en el suyo. Entonces comenzaba a mover su pelvis con verdadero sigilo. Mientras lo hacía, los dos, conteniendo las respiraciones, teníamos los oídos atentos a la menor señal que nos llegara del salón. 
       De pronto, se oía el chasquido del cuero de un sofá, o el sonido de unos pasos que se aproximaban, y ella saltaba como un resorte, se ponía a mi lado apoyada en el borde de la mesa, y decía cualquier tontería. Yo corría hacia dentro la silla y ocultaba mi erección bajo el mantel. Y así, varias veces. Sé que lo hacía solo por el morbo. Yo sabía que no iba a pasar gran cosa en esa situación. Pero, joder, ¡qué martirio!
       Aunque era difícil verla enfadada, lo cierto es que tenía un carácter firme. Cuando decía que no, era que no, y si se le metía algo en la cabeza, difícilmente podías hacerle cambiar de parecer. Era muy celosa de sus cosas, de su libertad. No le gustaba dar explicaciones, sentirse atada o comprometida. De hecho, si nada había cambiado, actualmente salía con un belga, un tal Mathieu, al que conocí hacía dos veranos. Un tipo muy simpático, rubito, alto y muy dicharachero, cosa rara siendo de aquel país de oscuridad permanente. Si por casualidad sucediera algo entre los dos durante las vacaciones, no iba a ser yo quien le sacara el tema. Bueno… o como mínimo procuraría no insistirle demasiado.
       Como me entretuve más de lo que había pensado haciendo el trabajo, Ruth volvió a llamarme al fijo dos veces más. Yo me partía de risa. Así era ella, pura impulsividad. También es verdad que podía pasar en cuestión de minutos de la risa a los lloros. Era algo asombroso, pura incontinencia.
       ―Ja, ja, ja, ¡que ya voy, tía! ―volví a decirle de nuevo al teléfono.
       ―Tío, te voy a dar dos hostias…
       Cogí una pequeña mochila con un neceser, una muda de ropa y subí a su casa en el coche. Me estaba esperando junto a la cancela automática de la entrada. No esperó siquiera a que se abriera del todo. Como la vi echarse a correr hacia mi coche, con una sonrisa de oreja a oreja, puse el freno de mano, abrí la portezuela y mantuve como pude el equilibro cuando se me lanzó encima como un koala.
       ―¡Tío!… ―me dice sin despegarse―, ¿cómo estás?
       ―Bien, muy bien, ¿y tú?
       ―Embajonada ―me dice exagerando todo lo que puede el gesto―. Eres un pesado.
       ―Cómo te pasas, coño ―le digo entre risas―. ¡Que tenía que acabar el trabajo, en serio!
       ―Bueno, bueno, venga, mete el coche, anda ―dice con hastío, y se echa a andar hacia el jardín, dando saltitos sobre las baldosas que había encajadas en medio del césped, formando un caminito, como si fueran escamas grises en el caparazón verde de un animal. Se da la vuelta y empieza a hacer el payaso con los brazos, indicándome que avance un poco más, como si en vez de un turismo cochambroso estuviese pilotando un Boeing 747. Paro el motor, me bajo del coche, y nos echamos a correr hacia la casa sin prestar atención a la cancela, que se cierra a nuestras espaldas con un clanc metálico final.
       Vivía en un chalet precioso, con el tejado a dos aguas, todo de color blanco. La fachada, de forma triangular y con un enorme ojo de buey en la buhardilla, estaba bastante alejada de la carretera, misteriosamente oculta tras los árboles y plantas del amplio jardín, que también discurría por ambos lados de la vivienda. Todo el solar estaba delimitado por un alto muro. La parte delantera, con la cancela, estaba revestida con losas de piedra rústica.
       ―¿Qué escogiste? ―le pregunto.
       ―Tío, ¿te apetece ver de nuevo Cuando Harry encontró a Sally? Me encanta esa peli.
       ―Tú lo que quieres es ver a Meg Ryan fingiendo un orgasmo en el restaurante…
       ―Ja, ja, ja, eso también ―dice―. Bueno, ¿te apetece o no?
       ―Que sí, mujer. A mí también me gusta… Meg.
       ―Tú eres un salido ―dijo con voz grave y machacona.
       Se había puesto unos pantaloncitos de algodón cortitos, verde pastel, y una camiseta blanca medio suelta, con dibujos infantiles. Apagamos la luz, nos echamos en uno de los sofás blancos y mullidos que había en su coqueto salón, yo detrás, recostado sobre el reposabrazos y ella sobre mí, nos cubrimos con una fina manta y le dimos al play.
       Yo no sé qué estaría pensando Ruth, pero yo no lograba concentrarme 100% en la película. Me encantaba sentir el peso de su cuerpo caliente sobre mí. De vez en cuando, ella jugueteaba con sus pies sobre los míos. Yo, por mi parte, metía la mano bajo su camiseta y la posaba en el vientre. Entonces, ella ponía la suya sobre la mía y empezábamos a toquetearnos los dedos.
       A pesar de todo, no ocurrió nada más y decidimos irnos a dormir. Eran ya más de las doce. Se puso de pie y apagó el televisor con el mando a distancia.
       ―¿Vamos? ―me pregunta tendiéndome la mano.
       ―¿Vamos dónde? ―le digo extrañado, y le tiendo la mía.
       Ella me sonríe, tira de mí y se echa a andar. Sube los dos escalones que dan al pasillo dando saltitos. Yo la sigo. Abre una puerta, al fondo, y entramos en un amplio dormitorio: el de su madre. Las paredes están forradas de madera de mitad hacia abajo, un enorme armario color caoba ocupa toda la pared opuesta a la cama. En una mesa de noche hay una pila de libros, algunos de ellos con un marcador en medio. El edredón es de color beis y emite un brillo parecido al del satén. En el centro del techo se ilumina una lámpara con cinco apliques que parecen tulipanes, cada uno al final de un brazo de metal, como las patas de una araña.
       ―Guau ―digo―. ¿Estás segura?
       ―Que sí, tío ―me dice con algo de fastidio. A Ruth le molestaba andarse con remilgos, dar demasiada importancia a las cosas, lo contrario que a mí.
       Nos desvestimos y nos metimos bajo las sábanas en ropa interior. Hablamos en voz muy baja durante unos minutos, uno frente al otro, las cabezas muy pegadas, sobre las almohadas. Poco después, se da la vuelta, apaga su lámpara de noche y se cubre con el edredón. Echa un brazo hacia atrás y me busca:
       ―Pégate ―dice, y tira de mí para que me ponga detrás.
       Yo lo hago, echo un brazo sobre ella y la rodeo por el vientre. Callamos. Oigo su respiración. Aunque me cuesta un buen rato, al final consigo dormirme.
       A la mañana siguiente, oigo un ligero murmullo. Abro lentamente los ojos. La claridad había invadido el dormitorio. Se colaba por la ventana, que solo tenía corrido el visillo. Me giro despacio y me desperezo. Ruth está recostada sobre la almohada.
       ―Buenos días, chatín ―dice con voz de Teletubbie.
       Tiene un mando a distancia en la mano. Sobre un mueblecito, a la derecha de la cama, hay un pequeño televisor encendido, con el volumen al mínimo. Con los ojos aún entrecerrados, abriendo alternativamente uno y luego el otro, deslumbrado por la luz, me acerco a ella y le doy un beso en la cara, empujándola.
       ―Buenos días, Meg ―le digo.
       Al despegarme de su mejilla, tomo conciencia de que se ha quitado el sujetador. Le veo los pechos desnudos y siento un escalofrío. Debo reconocer que son preciosos. No digo nada. Ella tampoco. Entonces, tira el mando sobre el edredón, gira el cuerpo hacia mí, me pasa un brazo por encima y descansa la cabeza sobre mi pecho. Yo paso el mío sobre su espalda. Con la mano, le acaricio la piel y jugueteo con su melena, larga y rizada. Siento sus pechos blandos y calientes sobre mí. Me estoy poniendo realmente… nervioso.
       ―¿Has dormido? ―pregunta.
       ―Sí, muy bien. ¿Tú?
       ―Chí ―dice el Teletubbie.
       Su mano me acaricia el brazo, el pecho. «Oh, oh», pienso. Yo hago lo mismo sobre ella. Las caricias van subiendo de tono, son distintas, se detienen demasiado, los cuerpos se humedecen. El silencio habla. Entonces levanta el rostro y me da un pico en los labios. Me mira con sus ojos saltones.
       ―Qué ico ―dice de nuevo con voz infantil, pasándose la lengua por sus labios y poniendo una mueca.
       Lo vuelve a hacer. Yo le sigo el juego. Al separarme, digo:
       ―Ruth… ―empiezo―, ¿y Mathieu?
       ―Qué le pasa… ―dice con naturalidad.
       ―No, nada. Pero… ―titubeo.
       ―No pasa nada ―me ataja―. Lo tenemos hablado. Durante las vacaciones, tenemos libertad.
       ―¿En serio?
       Ella asiente sin pronunciar una palabra, haciendo una nueva mueca con la cara, expresiva. Nos volvemos a besar. Y luego, más besos. Y después, más caricias. A los pocos minutos nuestros cuerpos están ardiendo. Le tomo el rostro con las manos, la alejo un instante de mí y la miro a los ojos. Tiene las mejillas encendidas. Me excita verla así. La atraigo hacia mí y volvemos a comernos las bocas.
       Tras unos instantes, Ruth se incorpora ligeramente, se desliza sobre mí y me pone los pechos frente a la cara. Yo los devoro. Los largos rizos de su pelo le caen a ambos lados del cuerpo como serpentinas. Luego, se deja caer hacia un lado, bajo las sábanas, se saca las bragas y las lanza al suelo. Yo hago lo mismo con los calzoncillos. Enseguida, se sube sobre mí y se pone a horcajadas, justo encima de mi sexo, aplastándolo. Apoya sus manos sobre mi pecho, estira los brazos y comienza a retorcer su pelvis, logrando que su vulva húmeda me haga un masaje asesino. Mi sexo, duro y húmedo, tropieza ocasionalmente con su abertura y trata de entrar. Ella se detiene, corrige la postura y vuelve a atraparlo bajo sus labios para continuar con la caricia lúbrica.
       De pronto, nos quedamos congelados, petrificados. Giramos las cabezas al unísono hacia la puerta del cuarto, que está cerrada.
       ―¿Qué coño ha sido eso? ―pregunta ella con un murmullo agitado.
       Seguimos escuchando inmóviles, como dos cervatillos en el bosque con sus grandes orejas alzadas. Suena una cerradura.
       ―¡Joder!, ¡mi madre! ―vuelve a decir Ruth con un grito ahogado.
       ―¿¿¿Qué???
       ―¡Vístete, tío! ―me ordena.
       Salta de la cama, se pone las bragas y la camiseta y se va hacia la puerta. Yo estoy haciendo lo mismo al otro lado de la cama. Los putos pantalones se me atascan entre las piernas. Ella se arregla el pelo y trata de abrir la puerta con toda la normalidad de la que es capaz. La veo desaparecer. Oigo una conversación en el pasillo, unas pocas frases que no logro distinguir. Dos besos, quizás. Sigo tirando de los pantalones hacia arriba, que se resisten a subir. De pronto, entra Amparo en el dormitorio. Está claro que no ha podido retenerla, no se le ha ocurrido nada que decir. Aún no me ha visto. Deja el bolso y las llaves sobre la cómoda. Se gira, echa un vistazo desinteresado a la cama. Entonces me ve y su rostro cambia. Sorpresa. Yo sigo con los jodidos pantalones a medio subir.
       ―Ah… ¡Adrián! ―pronuncia, y veo cómo su rostro trata de forzar una sonrisa. El resultado es penoso―. Estás… estás aquí.
       Me coloco el cinturón como puedo. La hebilla provoca un estruendo en el silencio del cuarto. Creo que cada una de mis mejillas es un cráter lleno de lava. Mi cara adopta una mueca de felicidad más penosa todavía que la suya.
       ―Ho… hola, Amparo, ¿qué tal? ―digo con un hilillo de voz tembloroso, y me veo forzado a acercarme a ella y darle dos besos. «¿Me puede tragar la puta tierra ahora mismo, joder?», pienso. La escena me cruza la mente a toda velocidad. «Qué desastre, Dios.» Su cuarto. Yo medio desnudo. Su precioso edredón hecho un gurruño, bajo el cual acabo de estar hace medio minuto. Qué horror.
       ―No sabía… ―dice, con su mano todavía posada en mi hombro―. No sabía que estuvieras aquí ―logra decir. 
       Su sonrisa forzada es ya peor que la del Joker de Batman. Con un golpe de ojos, logro ver a Ruth en el umbral de la puerta. Me observa con cara de asombro, se muerde el labio, pero al mismo tiempo veo que reprime una sonrisa. «La mato.»
       Su madre se separa de mí, se gira y mira una décima de segundo a Ruth, que trata de recomponer la expresión de su cara. Se van las dos hacia la cocina. Las oigo murmurar mientras caminan. No me gusta el tono. Yo acabo de vestirme, me calzo los zapatos. Echo un último vistazo al cuarto, con impotencia. Respiro profundamente, me arreglo el pelo y avanzo despacio por el pasillo hacia el salón. Tras la puerta de la cocina, que es de vaivén, los murmullos suben de volumen. Cada vez me gustan menos.
       ―¿No te quedabas el fin de semana con tus padres? ―pregunta Ruth.
       Silencio.
       ―Mamá, no pasa nada, joder.
       ―No hables así ―replica Amparo―. De verdad que lo siento por Mathieu. Creo que ese chico no se lo merece.
       Sé que se conocen personalmente. Ha estado otras veces aquí, de vacaciones, y a la madre de Ruth le cae muy bien.
       ―Mamá, Mathieu es cosa mía, si no te importa.
       ―Ya, claro ―dice. No sé muy bien qué está haciendo en la cocina, pero yo oigo el entrechocar de vasos, cajones que se abren y se cierran con brusquedad. Luego, un pequeño silencio, y a continuación―: ¡Que sepas que me parece de una auténtica deshonestidad! ―le dice finalmente, elevando mucho la voz.
       Yo, en el salón, me encojo todo lo que puedo en el sofá, me contraigo como una uva pasa. Me gustaría desaparecer de ahí. No sé qué coño hacer. Me levanto, me acerco a la puerta de la entrada y espero allí como un pasmarote.
       ―¿¿Deshonestidad?? ―le grita Ruth―. ¿Y me lo dices tú, que estás enrollada con un tío casado?
       Silencio mortal. «La madre que me parió», me digo. Parezco una estatua al final del pasillo. Sale Amparo de la cocina con la cara descompuesta. Se marcha a su cuarto. Luego sale Ruth, en bragas y descalza. Se cubre la boca con la mano. La veo apretar los dientes, abrir los ojos. Viene hacia mí. Abre la puerta de la entrada y salimos afuera.
       ―Hostia, tío, qué cagada ―dice con la voz contenida. Sus ojos siguen muy abiertos. Miran a la nada, como si procesara lo que acaba de ocurrir y buscara una solución.
       Yo me llevo las manos a la cabeza. Miro al cielo. No sé qué decir. Niego con la cabeza. La puñetera de Ruth suelta unas pocas carcajadas que sofoca con la mano. Incluso en momentos así, se las arregla para distender la tensión. Me saca incluso una sonrisa.
       ―Pero, joder, ¿no iba a estar fuera todo el fin de semana? ―le digo en susurros, acercándome a su cara.
       ―Qué mierda, tío ―dice llevándose las dos manos a la boca y retorciéndose, inquieta―. Ha venido a recoger no sé qué hostias.
       ―Tu madre me va a odiar a partir de hoy ―le digo.
       ―Venga, no seas tonto, tío. No pasa nada ―me tranquiliza―. Yo hablo con ella ahora.
       Me echa los brazos al cuello, me atrae hacia sí y me abraza. Noto que su cuerpo se agita. Son nuevas carcajadas mudas. No tiene remedio. Me río sin soltarla.
       ―Te llamo más tarde, ¿vale? ―me dice despegándose de mí, con la voz entrecortada. Me da un beso en la mejilla.
       Yo le sujeto la cara con las dos manos y la miro fijamente apretando los dientes, emitiendo una especie de gruñido.
       ―Te voy a matar ―le digo, y le doy también un beso.
       Ella entra en la casa y se apoya en el umbral. Me mira avanzar dando saltos sobre las escamas grises. Giro la cara y la veo completamente descojonada, el cuerpo doblado hacia delante. Yo tampoco puedo evitar reírme. Me detengo sobre una losa.
       ―No hay modo de relajarse ni un minuto contigo, ¿eh? ―le digo sin elevar demasiado la voz. Sigo andando hacia el coche.
       Ella extiende el dedo pulgar y el meñique de una mano, se la lleva a la oreja y me dice moviendo exageradamente la boca, sin emitir ningún sonido: «Te llamo luego».

Publicado por: mistercat
Publicado: 19/04/2019 13:32
Visto (veces): 810
Comentarios: 7
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Comentarios (7)

misteriuswoman | 23/04/2019 15:39

Me ha gustado mucho. Muy buena historia. :)

mistercat | 23/04/2019 15:45

Gracias, misteriuswoman. :-) Me alegro. Saluditos.

laika | 22/04/2019 11:58

Durante las vacaciones hay "libertad"... que conveniente! Je je je je. Una lectura muy entretenida. Se echaba de menos algo de calidad por aquí.

mistercat | 22/04/2019 12:28

Muy conveniente, sí, no sabes lo bien q se organizaba Ruth... Gracias, laika, me alegro de q te haya gustado. Saludos.

rjmencey | 21/04/2019 08:46

Toda una caja de sorpresas tu amiga, tienes razón, no te aburres con ella

mistercat | 21/04/2019 08:56

Jajaj, imposible, rjmencey, con esa chica era imposible aburrirse. Saludos!

saber-estar | 20/04/2019 00:50

Buena historia Bien relatada Un placer leerla

mistercat | 20/04/2019 01:27

Un placer el mío por que les guste, saber-estar. Gracias por el comentario. Un saludo.

lakme | 19/04/2019 21:59

Para cuando un libro? 🤔

mistercat | 19/04/2019 22:32

Jaja, ¿tú crees, lakme? Voy a tener q barajar esa posibilidad entonces... T mantendré informada ;-)¡Saluditos!

lakme | 19/04/2019 22:35

Sep. Pero pa mi un capítulo! 😋

mistercat | 20/04/2019 07:35

Capítulo 4: Lakme y sus correrías xamiguiles. :)

loba43 | 19/04/2019 19:42

Que buen relato, Felicidades.

mistercat | 19/04/2019 19:48

Muchas gracias, loba43. Un placer que te haya gustado. Saludos.

manu-r | 19/04/2019 18:43

Es un relato, bueno, y muy descriptivo, me gusta, felicidades!!

mistercat | 19/04/2019 19:33

Muchas gracias, manu-r, me alegro de que haya gustado. ¡Saludos!

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