Las travesuras de una esposa inocente (parte 1/3)

Las travesuras de una esposa inocente (parte 1/3)

Yo me reía por no hacerle un feo, pero la verdad era que sus cosas ahora ya me aburrían de muerte. 
        ―Mírala, mira vaya escote se ha puesto la descarada ―me decía ella por lo bajini, hablando de Marisa, sentadas en el banco de la plaza en medio de la gente, durante las fiestas de nuestro pueblo, cuchicheando y criticándolas a todas―. Si viera el aspecto que da...  
        Me sentía por encima de ella, ¿saben?, como si hubiera subido siete peldaños de un tirón. «Pobrecita», pensaba para mí mientras ponía mi mejor risa falsa, «tan cazurra como siempre».
        ―Pero está muy guapa, ¿no?, y no hace daño a nadie ―le dije yo. 
        Ella se giró hacia mí con cara de extrañeza como si hubiera visto un fantasma. Y entonces, durante un instante, sus ojos se detuvieron en mi propio atuendo. Vi flotar una duda en su rostro. 
        Irene, que así se llamaba mi acompañante, era mi amiga desde la infancia. Asistimos al mismo colegio de monjas y nos educamos de manera idéntica, con el temor a la ira de Dios por maestra y con el del pecado de la carne como libro de texto. 
        Lo cierto es que yo era tan cazurra y mojigata como ella, solo que desde hacía unos meses algo había cambiado en mi vida. Para cualquier otra no habría significado nada, pero para mí era todo un logro, un descubrimiento. Bendita la hora, porque menudo desperdicio de vida, de cuerpo y de...  
        No es por nada, pero siempre he sido muy bonita, con una melena oscura abundante, ojos almendrados color miel, piel blanquita, salpicada de unos lunares que hasta a mí me parecen sexy hoy en día, aunque no dudo que esta impresión se deba a todas aquellas zalamerías que el puñetero me decía...  
        Irene es más guapa aún, vaya que sí, y quizás a eso se debiera que se me acabara el chollo. ¿Cómo podría resistirse aquel pillo a sus enormes ojos verdes y a aquellas caderas que parecían el contorno de un jarrón? Pero creo que será mejor que empiece por el principio, ¿verdad?
        Les estoy hablando de mi marido. Bueno, de mí y de él, de nuestra relación matrimonial, insulsa donde las haya. Tengo 32 años, y me casé con él porque me pareció buen partido. Yo no veía a los hombres con ojos lujuriosos, no sé si me comprenden. Para mí no eran hombres, sino buenos o malos partidos. ¿Qué quieren? Era lo que me repetían constantemente. 
        Donatín, que así llamamos todos a mi marido ―en verdad se llama Donatien, pues sus padres son franceses―, es un hombre muy trabajador, muy amable y generoso. Tiene 19 años más que yo, y tiene una facilidad de palabra, un saber estar y un don de gentes que da gusto verlo. Eso sí, siempre que se aproxima a alguien para desplegar todo su carisma, lo primero que llega es su barriga. El pobrecito ha engordado muchísimo y está calvo como un girasol en invierno. Parte de la culpa la tengo yo ―la de su tripita, quiero decir―, pues cocino de muerte.
        Antes no me importaba nada de esto, no quiero engañarles. Yo cumplía mi papel de ama de casa amorosa e iba tan contenta por la vida, con él cogida del brazo los domingos. Él se pavoneaba ufano de tener a una jovencita como yo ―más bien se desplazaba como un pingüino, bamboleando su corpachón y su estatura―, orgulloso de sus progresos en la empresa de fabricación de quesos y de su feliz matrimonio, y yo sonreía a diestra y siniestra, igual de contenta y acomodada.
        Sin embargo, las cosas empezaron a torcerse de un día para otro. Y digo torcerse porque eso era lo que me parecía a mí en aquel momento, pero, vaya, que ojalá se hubiesen torcido antes. 
        Resulta que, de pronto, un buen día, el muy granuja empezó a hacerme cosas de lo más extrañas en la cama. Una noche, por ejemplo, aún con las lámparas de noche encendidas, él con sus manuales de alimentación, lúpulos y fermentación, y yo con mi novelita de Corín Tellado, dejó las gafas de leer sobre la mesa de noche, se acurrucó a mi lado y empezó a tirarme de la tela del camisón de a poquitos, como un niño que hace las cosas muy despacio para que no le llamen la atención. Siguió así hasta que logró sacarme un pecho. Cuando lo tuvo desnudo frente a sí, comenzó a rozarme el botoncito con un dedo que iba mojando en saliva a cada tanto. Yo ni le miraba, seguí clavada al libro, espantada por lo que estaba ocurriendo. No me atrevía a decir ni mu, cosa que seguramente interpretó como un gesto de aprobación, y tal fue así que a los dos minutos ya le tenía chupándome como si fuera un bebecito. 
        ―Ay, qué ganas de hacer pis ―le solté a mi Donatín, quitándome de un manotazo la manta de encima. 
        Me zafé como pude de su boca y me fui corriendo al baño, azorada, roja de calor y de vergüenza. Me puse frente al espejo y me miré a la cara. Los ojos se me salían de las cuencas, loca de estupor. Me tapé las mejillas con las manos, pues me ardían como dos bombillas. ¿Qué me estaba pasando? Aquello no estaba bien, no, señor, me decía a mí misma. 
        Pero yo era un mar de líos, porque lo cierto es que... había sentido un pellizco por todo el cuerpo. Bajé la mirada a mi busto y, yo misma, muy despacito, tiré del camisón y me volví a sacar el mismo pecho. El botón seguía erizado como una judía. Rocé la puntita de nuevo con mi propio dedo, como una niña que descubre un juguete nuevo. Luego me lo volví a cubrir y me quedé unos minutos más allí de pie, observando mi reflejo. Procuré hacer tiempo dentro del baño. Cuando volví a la cama, gracias a Dios, él se había dado la vuelta y parecía haberse sumido en un apacible sueño. Me tapé despacio, apagué la lámpara y traté de dormir, cosa que hice a duras penas.
        La cosa habría quedado en un incidente, sin más, si no fuera porque unos días después, estando de nuevo en la cama, él aprovechó que yo leía mi novelita, vuelta hacia mi lado y cubierta con la manta, para tomar mi mano y llevarla cuidadosamente hasta su cuerpo. De nuevo las letras de mi libro se me aparecían todas revueltas, no distinguía nada, pues solo lograba estar atenta a lo que palpaba. Lo primero fue su tripa, luego su vello, y finalmente su sexo, que se había puesto tieso como el mango de mi espumadera. Pegó su boca a mi oído, y me susurró el muy cochino: 
        ―Así, tócame el palito, cariño.
        Sentí cómo envolvía mi mano con la suya y me la hacía mover adelante y atrás sobre su miembro. De nuevo el corazón se me iba a salir, martirizada como estaba. 
        ―Dale a la zambombita, mi amor, que suene la musiquita ―volvió a susurrarme. 
        ¿De dónde diablos había sacado aquellas cochinadas, así, de pronto? Sentí que no conocía a aquel hombre. Pero hice de tripas corazón. Era su mujer, ¿no? ¿Y si lo estaba interpretando de manera exagerada? En fin, dejé que siguiera con sus manipulaciones durante unos minutos. Total, pensé, si mi marido tenía aquellos gustos extravagantes, ¿qué más daba? Tampoco era una tragedia, ¿no? Nadie es perfecto, pensé entonces. 
        Así fue que en aquel momento sentí como que me había resignado, y asumí que debía concederle aquellos favores. Todo habría ido bien ―o mal, entiéndanme, que no me estoy quejando, porque fue lo mejor que pudo pasarme― si el demonio de Donatín no hubiera seguido avanzando con sus manejos. Y es que me dejó a mí allí, frotándole el palito, y él llevó su mano por delante, entre mis muslos. La metió sigiloso bajo mi prenda de encaje y pasó un dedito por aquel sitio...  
        ―A ver ese lindo chochito ―me dijo, ¿se lo pueden creer? Jamás había usado ese lenguaje conmigo.
        ―Ay ―dije yo, que fue más un lamento que otra cosa, pero por X o por Z se me mezcló con un suspiro y mi Donatín lo interpretó como que había acertado.
        ―Mocosa ―me susurró en plan cariñoso, como si yo fuera una niña, el depravado.
        Yo no pude más, de la vergüenza que me dio.
        ―Ay, Dios, que se me olvidó poner el pollo a descongelar ―y salté de la cama como un resorte, sofocada.
        Bajé las escaleras en medio de la oscuridad, tratando de asimilar todo aquello. El pollo no se me había olvidado, como ya ustedes habrán imaginado, pero algo tenía que inventar, así que me puse a mover cacharros, a abrir la nevera y a dar pasos ajetreados de aquí para allá, haciendo sonar mis chanclas. Y en medio de todo aquel teatro, me detuve a pensar un instante, junto a la encimera, con la mirada perdida, me subí el camisón y me llevé un dedo a mis partes. Y al tocarme, volvió a mi mente la voz de mi marido: «Mocosa». ¿Sería pillo? ¡Qué calor me volvió a dar! Me saqué el dedito de allí, empapadito, lo miré brillar bajo la luz de la bombilla y, con expresión de alelada, como el que ve un ovni por primera vez, me lo llevé a la boca. ¿Cómo se quedan? Ay, Señor, aquello no estaba bien, ni hablar.
        Ese día tomé la decisión. Tenía que hacer algo al respecto, buscar ayuda. ¿Es que acaso quería tener hijos? No me lo había consultado, y, para ser sincera, a mí aún no me apetecía. En cualquier caso, ¿a santo de qué venían aquellas tonterías? En fin, que yo no podía seguir con tamaña incertidumbre, teniendo aquellos sobresaltos sin venir a cuento cada dos por tres. Decidí que hablaría con el párroco de mi pueblo. ¿Quién mejor que él sabría guiarme en esos asuntos del matrimonio, en los que tan versado debía estar?
        Entretanto, mi marido seguía haciéndome de las suyas, me sorprendía en medio de la lectura con sus porquerías, y yo me sentía cada vez más apurada, saltando de la cama como una tonta, inventándome excusas de lo más absurdas, como aquella vez que me alejé escandalizada fingiendo que se me había olvidado el microondas encendido. ¿Qué podía hacer? El muy malo se volvió a pegar a mí por detrás, como solía hacer, muy suavecito, con su barrigota calentándome la espalda, y cuando menos me lo esperaba empezó a hurgarme con el dedo en la puertecita de atrás.
        ―Había una vez un gusanito... ―me susurró al oído―, que buscaba un caminito...  
        Y yo no le dejé buscar más, como podrán comprender. Bajé a la cocina sobresaltada. Hay que ver cómo son los hombres. Y luego se mostraba tan correcto cuando salíamos de paseo, con sus modales tan sedosos y sus gafitas estilosas de metal, como si no hubiera roto un plato. Si la gente supiera...  
        Unas semanas después, acudí una tarde a la iglesia para abordar a don Rogelio tras la misa de las seis. Don Rogelio era el nuevo párroco. El anterior, don Fermín, estaba ya viejito y se fue a vivir con una hermana. Menos mal, porque jamás habría acudido a él para contarle estos asuntos. ¿Qué habría pensado de mi pobre Donatín? Se conocían desde hacía muchos años. Ay, no, mancharle su reputación de aquel modo. Ni hablar. Yo lo quería ayudar. Seguramente sería algo transitorio, cosas de la madurez. Seguro que habría algún remedio.
        Don Rogelio apenas llevaba un año en la parroquia. Eso me hacía sentir algo más cómoda. Debía rondar los 45 o 46 años, lo que no quitaba para que se comportara como el más curtido de los ministros de Dios. Era alto y fornido, y tenía una abundante cabellera gris que peinaba invariablemente con una rectísima raya a un lado. También tenía una barbita cuidada que le cubría su afilado mentón. Era muy campechano y charlatán. A menudo nos hacía reír a las señoras con sus chascarrillos, cosa que hacía en cuanto tenía oportunidad, ya fuera tras un bautizo, una boda o cualquier otra ceremonia festiva. 
        Como no era frecuente verme por allí a aquella hora, tuve que inventarme una excusa para cuando me abordaran algunas vecinas. Me senté en una zona discreta, y procuré mantener la barbilla baja, en un fingido gesto de contrición. Cuando hubieron salido todos, me acerqué a él. 
        ―Buenas tardes, don Rogelio, ¿cómo está? ―le dije toqueteándome los dedos con nerviosismo, con el bolso apretado contra el costado.
        ―Ofelia, amiga, ¿qué le trae por aquí? Estoy muy bien, ¿y usted?
        ―Pues así así. Me gustaría hablarle de algo, si tiene usted unos minutos.
        ―Claro, mujer. Justo iba a refrescarme en la sacristía. Pase, pase, no se quede ahí ―me dijo acompañándome a la puerta. Abrió y me hizo pasar―. ¿Quería hablarme, dice? Siéntese ―me dijo indicándome un sofá ligeramente desgastado―. ¿Un vasito de agua? ―me ofreció mientras entraba a un cuartito, al otro lado de la estancia.
        ―Eh... no... o sí, gracias. 
        Volvió enseguida. Acercó una mesita baja, puso dos tazas frente al sofá y arrastró un sillón frente a mí.
        ―¿Qué se le ofrece?
        ―Pues verá, don Rogelio, no sé muy bien cómo empezar. Es mi marido, que no sé qué le pasa.
        ―¿Donatien? ¿Se encuentra mal?
        ―No, no, se encuentra muy bien. Pero...  
        Don Rogelio me miraba con atención con sus ojos claros y chisposos.
        ―Ánimo, amiga, que estamos en confianza ―me dijo inclinándose ligeramente y dándome una palmadita afectuosa en el dorso de la mano―. ¿Qué ocurre?
        Yo cogí la taza, nerviosa, y tomé un poco de agua.
        ―Verá, últimamente está teniendo un comportamiento extraño conmigo, hace cosas que antes no hacía.
        ―¿Cosas? ¿Qué cosas?
        ―Me refiero a su comportamiento cuando estamos en... cuando estamos acost... su comportamiento dentro de la alcoba, quiero decir.
        ―Ah, comprendo ―dijo con naturalidad―. Se refiere a cómo se comporta en la intimidad.
        ―Eso es, don Rogelio ―dije aliviada, sentí que me comprendía―. Desde hace unos meses ha empezado a hacerme cosas que antes no hacía, y me preocupa un poco. No sé a qué se debe, porque yo no he cambiado. No es nada grave, solo que... no sé si... no sé si será adecuado, ¿me entiende?
        ―Claro, mujer ―dijo con resolución, irguiéndose sobre el asiento―, claro que la entiendo. Son cosas que suceden dentro del matrimonio. Estoy seguro de que no hay de qué preocuparse, de que Donatien no está cometiendo falta alguna. Pero, ¿sabe?, necesito que me dé algún detalle, Ofelia.
        Me tomé más de la mitad de la taza de una sola vez. Casi me atraganto. Después de una pausa demasiado larga, le di algunos detalles. Mientras le hablaba, don Rogelio se rebullía ligeramente en su sillón, se tocaba la barbilla, asentía comprensivamente.
        ―En fin, que acudo a usted para que me ayude. Yo estoy convencida de que es pasajero. Donatín es muy buen marido, usted le conoce. Seguramente es por el estrés del trabajo, ¿usted qué cree?
        Don Rogelio me brindó una pequeña carcajada y se dio sendas palmadas sobre sus rodillas, echándose para atrás un instante en el sillón. Luego se volvió a inclinar hacia mí y me miró con ojos compasivos. Yo lo observaba paciente con las manos unidas sobre el regazo, huérfanas ya de la taza vacía. 
        ―No debe usted preocuparse de nada, señora Ofelia. A su marido no le ocurre absolutamente nada.
        ―¿Ah, no? ―le dije de lo más sorprendida.
        ―¡Absolutamente nada, mujer! ―dijo alzando las palmas hacia arriba, sonriendo.
        ―Pero... pero entonces..., ¿esas cosas que hace conmigo... ?
        ―Verá, Ofelia, su marido ejerce de marido, simplemente. Tiene una mujer muy atractiva en su lecho ―eso dijo, muy atractiva, y en su lecho. Creo que me sonrojé― y la desea como debe desearla un buen marido. 
        Yo lo miraba con los ojos como platos, como si me hubieran puesto una escopeta en las manos.
         ―¿Me va a decir que la pillo por sorpresa? ―siguió diciendo el párroco―. Vamos, vamos, es usted una mujer joven, está en la flor de la vida. ¿Qué esperaba que hiciera el pobre Donatien? Él manifiesta hacia usted un apetito de lo más saludable.
        Cada vez estaba más convencida de que había acudido a la persona adecuada. Hablaba con tanta naturalidad... «Apetito saludable», había dicho. Yo le escuchaba embelesada.
        ―¿Me está diciendo entonces que su comportamiento es... es adecuado? ―le pregunté.
        ―¡No le quepa duda! Ande, no se martirice más, criatura de dios ―siguió insistiendo―. Estoy seguro de que su marido se siente orgulloso de tener como esposa a una mujer virtuosa y agraciada como usted. No hay nada que podamos objetarle. Son los juegos propios entre un hombre y una mujer que se aman y que comparten el mismo techo, ¿no le parece? 
        Me llevé la mano a la boca. ¿Virtuosa y agraciada? Jesús, qué bien hablaba don Rogelio. 
        ―Si... si usted lo dice, padre...  
        ―¡Lo digo, lo digo! No tiene usted de qué preocuparse. ―De pronto, se puso algo más serio y añadió―. Simplemente...
        ―¿Sí?
        ―Eh... simplemente, debe usted colaborar, querida Ofelia. Es algo que le corresponde como buena mujer y esposa. No querrá disgustarlo, ¿verdad?
        Don Rogelio debió ver mi expresión de apuro. Eso sí que no me lo esperaba. Más allá de este pequeño problema matrimonial que se me había planteado, yo era muy feliz con mi Donatín. Por nada del mundo quería que nada cambiase. ¿Y si se aburría de mí por simple y remilgada? Sentí un pellizco en el corazón.
        ―Pero... Pero, verá, don Rogelio, es que yo...  
        ―Vamos, vamos, no se agobie, que todo tiene solución. Teme no saber corresponderle, ¿verdad? 
        ―Pues sí, eso es exactamente. Porque a mí nadie me ha dicho cómo...  
        ―Y eso le honra, Ofelia, eso le honra. Pero ahora está usted casada, y tiene nuevas responsabilidades ―dijo de nuevo con seriedad. No me gustaba aquel tono. Estaba empezando a preocuparme―. Tiene que hacer un esfuerzo. ―Entonces se levantó y dio unos pasos por la estancia―. Este tipo de problemas es la causa de muchas desavenencias y rupturas. Es importante atajarlos a tiempo ―dijo llevándose la mano al mentón―. Quizás le convendría acudir con su marido a unas clases de iniciación...  
        Alcé la cabeza en estado de pánico. ¡Clases de iniciación! ¡Con mi marido! Dios mío, qué vergüenza. Vaya lata, pensé. ¿No había otro modo más sencillo? En ese momento bajé la cabeza y comencé a frotarme las manos, apesadumbrada. Entonces se me ocurrió una posibilidad. Y así, sin levantar la cabeza, como un corderito atrapado, le dije casi en un susurro:
        ―Padre, ¿y usted mismo no podría... ?
        Él me respondió sin girarse, de pie como estaba, con los brazos cruzados.
        ―¿Instruirla?
        Levanté la cabeza y lo miré con ojos iluminados. 
        ―¡Sí, eso, instruirme! ¿Podría, padre? ―le pregunté como agarrándome a un clavo ardiendo.
        ―Bueno ―dijo dirigiéndose de nuevo al sillón―. No veo por qué no. Reconozco que no es de las cosas que hago habitualmente, pero por supuesto forman parte de mi ministerio. ―Se sentó una vez más y me miró con fijeza, pero con ojos comprensivos―. Muy bien, amiga Ofelia, puede contar conmigo. Pero, si le parece bien, mantendremos esta circunstancia entre nosotros. Creo que convendría llevarlo con el mayor decoro, tratándose de una cuestión tan íntima.
        ―¡Sin duda! ¡Claro que sí! ―le contesté con viveza. De pronto sentí un inmenso alivio.
        ―Ni siquiera a su marido, ¿de acuerdo? No hay necesidad de que el hombre se preocupe.
        ―Por supuesto que no, ¿para qué? Todo quedará entre nosotros, padre.
        ―Bien ―dijo golpeándose las rodillas―, pues asunto concluido. A menos que quiera usted consultarme alguna cosa más.
        ―No, don Rogelio, eso era todo ―le dije levantándome del sofá y alisándome la falda. Me acompañó hasta la puerta. Antes de que abriese, me volví hacia él―: ¿Y cuándo le parece que... venga a verle?
        Él me sonrió desde su altura y me contestó con la misma serenidad de siempre.
        ―Cuando usted quiera, Ofelia, cuando usted quiera. Estoy libre por las tardes desde la una hasta las cinco, antes de comenzar el oficio. Si le parece bien, nos podemos ver en la casa parroquial que tengo a mi disposición. 
        Me quedé pensativa un instante. 
        ―¿Le parece bien a las tres y media pasado mañana? Mi Donatín acaba su siesta a las tres y se marcha de nuevo a su trabajo.
        ―Pues no se hable más ―contestó girando el pomo y poniéndome una mano en el hombro―. La espero el miércoles. Ah, Ofelia, y recuerde: sea discreta.
        ―Sí, sí, padre, descuide.
        Caminé hacia mi casa a paso ligero. No era plato de buen gusto tener que pasar por todo esto, pero en cierta manera sentí que me había quitado un peso de encima. En cierto momento, mientras iba mirando mis sandalias al caminar por un sendero de tierra húmeda, casi piso una lombriz, y entonces se me vino a la cabeza aquella frase: «El gusanito que se abre caminito». Ay, dios, suspiré.

Publicado por: mistercat
Publicado: 11/10/2020 19:07
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Comentarios: 5
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Comentarios (5)

mikitfe | 13/10/2020 14:35

Buen relato enganchados todos a ver el desenlace!!!

mistercat | 13/10/2020 14:53

Jaja, qé bueno, me alegro, mikitfe. Mañana el desenlace. Gracias, saludos.

coppialibertina | 12/10/2020 22:10

Me encanta... esperando la segunda parte. Felicidades

mistercat | 12/10/2020 22:15

Gracias, coppia. Mañana la segunda. Saludos.

loveftv | 12/10/2020 15:12

Espero que la empotre bien xq si no... Mal asunto. Corín Tellado hizo más por la lectura española que cualquier otro escritor después de Cervantes... Buena referencia... Lo del microondas... sin duda, una familia rica e innovadora

mistercat | 12/10/2020 16:00

Corín Tellado a nivel nacional, y E. L. James a nivel mundial, muy agudo, loveftv. Respecto del empotramiento... Ofelia es una mujer delicada, tú q crees? (Me lo tengo q reservar.) Y respecto del microondas..., hombre, yo no hablo de fechas en el texto, pero sí, parece una familia muy moderna y pudiente. xD

loveftv | 13/10/2020 09:01

Aguda en todo caso... ;) a Ofelia no le pega nada la foto del blog... Jajaja

mistercat | 13/10/2020 11:33

Ah, pues aguda. 😁 Le pega cero. Encima, Ofelia es morena. Pero ya q estamos en xam, le doy algo d picante. 😉

fazer | 11/10/2020 23:03

Uff como acabará...

mistercat | 11/10/2020 23:07

A ver qé pasa con la instrucción d don Rogelio... xD

patriuska | 11/10/2020 22:32

Y las otras partes dnd las leo?

mistercat | 11/10/2020 22:37

Aqí mismo, a medida q las vayan publicando.

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