Las travesuras de una esposa inocente (parte 2/3)

Las travesuras de una esposa inocente (parte 2/3)

Pasé aquellos dos días en estado de inquietud, pensando si me iba a sentir demasiado incómoda con el párroco tratando de aquellos temas tan íntimos, aunque también me sentía esperanzada ante la posibilidad de ponerle remedio a mis dificultades con Donatín.
        De lo que no cabía duda era de que no podía retrasarlo más. Ese mismo martes por la tarde, justo antes de almorzar, cuando yo aún trajinaba en la cocina con el delantal puesto, mi faldita de andar por casa, las sandalias y con el pelo recogido en la nuca, se me acercó con una cereza entre los dedos, sujetándola por el rabito, y me la acercó a la boca.
        ―Mira qué ricas cerezas te he traído del mercadillo.
        Era gordita y brillante. La hacía balancear como un péndulo frente a mis labios.
        ―Muy ricas, sí. ―Yo me temí cualquier cosa.
        ―Abre la boquita ―me dijo.
        Lo miré un instante, indecisa. Pensé por un momento si decirle que justo ya íbamos a almorzar, pero decidí callarme. Hice lo que me pedía y abrí la boca, pero en cuanto estuve a punto a atraparla él la alejó de mí. Repitió el gesto varias veces, jugando conmigo como si fuera una niña inocente. Me desesperé.
        ―Bueno, ¿me la das o no me la das? ―le dije exasperada, con el cuchillo y la lechuga en la mano.
        ―¿Dónde está la lombriz?
        Abrí los ojos con asombro. ¿La lombriz? ¡Menuda coincidencia! Inspiré hondo y conté hasta tres. Sin duda se refería a mi lengua, así que la saqué como si fueran a darme una hostia ―la sagrada, quiero decir―, y él hizo como que iba a depositarla, aunque no acababa de hacerlo. Volvía a quitármela.
        ―¿Se murió? ―preguntó el muy pillo, mirándome desde detrás de las gafas con ojos sonrientes.
        ―No, no se murió ―le dije con algo de hastío.
        ―Pues a ver...
        Así que volví a sacar la lombriz y la hice retorcerse como hacen ellas en la tierra mullida, rozando con la puntita la cereza. Y así obtuve mi premio. Donatín, satisfecho, se acercó a mi oído y me susurró un «golosa» mientras me daba un cachete en la nalga. Yo me quedé mirando alelada la encimera, masticando, con la lechuga y el cuchillo levitando sobre la tabla de cortar. Menudas transformaciones sufren los seres humanos, pensé. Terminé de preparar la ensalada con la cabeza dándome vueltas.
 
 
        El miércoles sobre las tres y cuarto me eché a andar hacia la casa del párroco. Siguiendo su recomendación de ser discreta, tomé la callecita que la rodeaba por la parte de atrás, una que transcurría bajo una bóveda de ramas y enredaderas. Por mayor precaución aún, me llevé un espejito en el bolso, que iba sacando de tanto en tanto, haciendo que me miraba alguna espinilla o la línea de la ceja, e iba observando tras de mí como si fuera un retrovisor, por si se acercaba alguien. Eché una última mirada y, como vi que no se acercaba nadie, toqué a su puerta. Me abrió enseguida.
        ―Ofelia ―dijo. Llevaba puesta la sotana―. Pase, pase, la estaba esperando.
        ―Buenas tardes, don Rogelio.
        Me escurrí dentro, sintiéndome aliviada por no tener que seguir esquivando miradas indiscretas. Era la primera vez que pisaba la casa parroquial. La entrada daba a un pequeño zaguán a oscuras y luego a un patio interior, donde había una fuente cantarina, macetas, plantas y hiedras que subían por las paredes.
        El patio, de forma rectangular, estaba rodeado a los cuatro costados por una veranda, y de cada tramo emergían dos columnas robustas de madera que sustentaban el piso superior. Recorrimos dos de los tramos, pasamos por una puerta que hacía esquina y subimos por una escalera.
        ―Vayamos al saloncito de estar que tenemos arriba ―me dijo.
        ―Claro, como prefiera, don Rogelio.
        Era un cuarto acogedor, con una amplia alfombra granate estampada, una pequeña chimenea en medio de una pared, algunos muebles y un tresillo. Me indicó el sofá con la mano. Me senté en él y dejé el bolso a mi lado. Cerró la puerta tras de sí, muy cuidadosamente, y luego se acercó a una pequeña alacena donde había varias botellas y juegos de cristalería.
        ―¿Quiere una copita de jerez? Yo voy a tomar un culín.
        ―Ah, pues... sí, gracias.
        Trajo los dos vasos, los puso en la mesa baja y se sentó a mi lado. Dio un sorbito y se acomodó.
        ―Bueno, dígame, ¿cómo va ese asuntillo? ―me preguntó sonriente.
        ―Pues... bien, padre. O sea, quiero decir... Las cosas continúan igual, don Rogelio. Mi marido parece seguir manifestando esos... esos apetitos que usted mencionó. ―Me incliné hacia delante y di un sorbo de jerez.
        ―Ajá ―dijo él asintiendo con vehemencia.
        ―En cierto modo, ¿sabe?, estoy un poquito más tranquila después de la charla del otro día. Es solo que... quiero estar preparada.
        ―Claro, por supuesto. Sus responsabilidades como esposa, ¿verdad?
        ―Así es, padre.
        ―Eso está muy bien. Bueno, pues mejor será que entremos en materia. Me pregunto por dónde podríamos comenzar... ―dijo mirando al frente, palpándose la barbilla―. Sí, creo que podríamos empezar hablando de los estímulos erotógenos, ¿qué le parece?
        Lo miré perpleja.
        ―Empiece por donde le parezca, padre.
        ―Bien. Erotógenos, o erógenos, que viene a ser lo mismo. ¿Sabe a qué me refiero?
        ―Me temo que no, don Rogelio.
        ―¡Es muy sencillo! Verá, es toda aquella estimulación que provoca excitación sexual ―dijo adoptando ademanes docentes―. ¿Y por qué le digo esto? Pues porque usted, Ofelia, no puede reaccionar como si fuera un cactus cada vez que Donatien la desee.
        ―Vaya... Se refiere a mis excusas, ¿verdad, padre?
        ―Sí, lo he estado pensando ―dijo medio abstraído―. No veo otra manera de que usted se muestre receptiva a las aproximaciones de su marido. Ande, déjeme que se lo muestre, déjeme ―continuó con resolución. Se inclinó un poco hacia mí, alzando una mano, pero de pronto se detuvo―. No se inquiete, ¿de acuerdo? Todo será mucho más gráfico si se lo enseño con un pequeño gesto.
        ―Cla... claro, adelante, padre.
        ―Observe ―dijo de nuevo aproximándose.
        Comenzó a acariciarme los brazos y las manos, que yo reposaba sobre el regazo. Luego me retiró el cabello hacia atrás y continuó por el cuello. Después se entretuvo con el lóbulo de la oreja, jugueteando con él. Y finalmente llevó los dedos a mi nuca, introduciéndolos entre mi pelo repetidamente. Se me puso la piel de gallina.
        ―¿Qué me dice, eh?
        Tragué saliva.
        ―Es... es muy agradable, padre.
        ―Oh, no diga nada, no diga nada. No hace ninguna falta.
        ―¿No hace falta?
        ―¡Ninguna falta! ¿Cree que no salta a la vista? ―dijo alzando las palmas de las manos―. Si estuviera usted sentada doy estoy yo, vería el color de sus mejillas en este preciso momento. Y todavía algo más concluyente ―dijo bajando mucho el tono de voz y acercándose a mí―: vería cómo le palpita esta venita de aquí ―y me tocó con el dedo en un lado de la garganta―. ¿Acaso no es prueba suficiente de que está excitada?
        ―Excit... ¿Usted cree, padre? ―y me llevé la mano al pecho.
        ―No le quepa duda ―dijo resueltamente―. Ande, no se apure, señora Ofelia, estamos en confianza. Tenemos que hablar con claridad, ¿no le parece?
        ―Sí, por supuesto que sí, don Rogelio.
        ―Pues bien, ahí lo tiene. Estímulos erógenos ―dijo satisfecho.
        ―Ya veo, padre, ya veo. Es... es muy interesante.
        ―¡Mucho! Y luego tenemos la otra parte ―continuó con su ademán explicativo―: todo aquello que es sensible a la excitación sexual es una zona erógena, ¿me sigue?
        Lo miré con la boca entreabierta.
        ―Permita, permita ―dijo nuevamente, acercándose―. Esto de aquí... ―susurró mientras volvía a tocarme el cuello―, esto de aquí... ―y volvió a juguetear con el lóbulo de mi oreja―, o incluso esto otro... ―y me pasó lentamente la yema de un dedo por los labios, durante una eternidad―. Zonas erógenas, ¿comprende, Ofelia?
        ―Sí, don Gorl... don Rogelio, creo que sí ―dije aturdida, pasándome la lengua los labios, como si allí hubiera quedado un rastro del contacto.
        ―Y si me apura, toda la piel es una zona erógena, ¿no le parece?
        ―Visto así, padre...
        Guardó silencio un instante. Sus ojos estaban clavados en la piel de mi busto, bajo el cuello. Habló de nuevo en un susurro:
        ―Estos lunares que tiene usted aquí... ―dijo pasando la yema del dedo por encima, justo sobre mis pechos―. ¿No son deliciosos?
        Entonces, con el rostro serio, como transfigurado, se inclinó sobre mí, posó sus labios sobre los lunares y los fue besando uno a uno. Por un momento cerré los ojos y alcé la barbilla. No sé cuánto tiempo estuvo haciendo eso. Luego se incorporó y me miró unos segundos. No le había visto esa mirada hasta ahora. Vi cómo hizo una intensa inhalación, hinchando sus pulmones. Se hizo un pequeño silencio.
        ―Bueno, ¿qué me dice? ―habló por fin―. ¿Tengo o no tengo razón? ―preguntó cogiendo su vaso y apurándolo de un trago.
        ―Diría... diría que sí, padre.
        ―¿Le apetece otro vinito? ―preguntó al ver mi copa vacía.
        ―Pues... sí, por favor, si no le molesta.
        ―En absoluto, mujer ―dijo cogiendo los vasos y dirigiéndose a la alacena. Miró su reloj de pulsera―. ¿Tiene usted prisa?
        ―No, ninguna.
        ―Ah, tanto mejor, tanto mejor.
        Regresó con los dos vasitos y se volvió a sentar a mi lado. Ahora yo ya era consciente del calor de mis mejillas y de mis palpitaciones, aunque quizás también se debía al jerez. Tomé otro sorbito.
        ―La cuestión, amiga Ofelia, es que su disposición es imprescindible para que las relaciones íntimas fluyan, ¿entiende?
        ―Sí, creo que sí. Y como ya le dije, don Rogelio, creo que ha sido de gran ayuda entender que no estábamos haciendo nada malo en el dormitorio. Eso me ha dado cierta tranquilidad.
        ―Perfecto, perfecto, de eso se trata. Pero, ¿por dónde íbamos? ―dijo alzando el mentón, pensativo―. Ah, sí. Verá, la predisposición de dos amantes es fundamental para la consumación del acto sexual.
        Yo abrí bien los ojos.
        ―Se refiere a...
        ―Claro, claro, señora Ofelia, a eso mismo. Su deber como mujer y esposa es estar receptiva a los galanteos de su marido. Estos pequeños gestos que le he mostrado no son más que un anticipo. El objetivo último es que su cuerpo vaya creciendo en excitación hasta que alcance el estado óptimo.
        ―Para la consumac... ―y carraspeé―. Entiendo, sí.
        Entonces volvió a callar y comenzó a mirarme de nuevo de aquel modo. Se aproximó a mí y puso una mano en mi vientre. Acercó su boca a mi oído. Tenía los labios húmedos.
        ―Así ―comenzó a susurrar―, poquito a poco. ―Sentía su aliento calentito en mi oreja. A medida que hablaba, su mano comenzaba a subir. Se posó sobre un pecho. Con los deditos, buscaba la punta del pezón palpando sobre la tela―. Y aquí tenemos otra zona erógena ―siguió diciendo cuando lo hubo encontrado. Al mismo tiempo, sentía cómo me pasaba la lengüita por las curvas y galerías de la oreja―. Esta es aún más importante, Ofelia, ¿lo nota?
Yo comenzaba a respirar con agitación. Tenía todo el vello erizado.
        ―Sí... sí que lo noto, padre.
        No me dio tregua. Metió su mano por debajo de la blusa y del sujetador y me agarró el pecho desnudo. Me estremecí.
        ―¿Ve cómo su cuerpo responde perfectamente? ―me susurró de nuevo mientras cogía la puntita del pezón entre dos dedos―. No estaba así hace un instante, ¿verdad que no?
        ―No, así no... ―dije, o más bien suspiré.
        Su boca bajó hasta mi cuello. Por el camino, su lengua me iba palpando la piel, haciéndome cosquillas. Me buscó el otro pecho y lo atrapó en su mano. Entonces comenzó a besarme en los labios. Se separó y dijo:
        ―Abra un poquito.
        La abrí. Volvió a besarme. Se detuvo otra vez:
        ―Ahora use su lengüita.
        La comencé a usar. Don Rogelio me besaba con la boca abierta y buscaba con su lengua la mía. Yo la movía por dentro, haciéndola tropezar con la suya. Tras unos instantes se separó de mí y dejó su mano en mi muslo. Yo me recompuse la camisa. Me ardían las orejas.
        ―Creciendo y creciendo en intensidad, ¿lo ve? ―resumió.
        ―Sí... ―volví a carraspear―. Sí que lo veo, padre. ―Me pasé las manos por la cara para aliviar el ardor. Las palmas habían comenzado a sudarme.
        ―Ahora su cuerpo, si lo que he observado no me lleva a engaño, debería estar plenamente receptivo.
        Yo no supe exactamente a qué se refería, pero contesté:
        ―¿Lo cree, padre?
        ―Lo creo, Ofelia, lo creo. Se lo enseñaré ―dijo con convicción.
        Entonces subió ligeramente mi falda y llevó su mano en medio de mis muslos, empujando suavemente para hacerse hueco. Yo abrí un poquito las piernas y él se llegó hasta mi prenda de encaje.
        ―¡Ah!, ahí lo tenemos. Tal y como yo imaginaba ―dijo palpando―. Calentita ―dijo susurrando―, muy calentita.
        Yo me quedé inmóvil como una muñeca. Introdujo la mano bajo la braguita y palpó. Sentí cómo sus dedos me buscaban entre los labios. Me miró a la cara y sonrió.
        ―¿Lo nota? ―Yo asentí con la boca medio abierta, atontada. Sus dedos me hurgaban por dentro―. Ya se lo dije, ahora está preparada. ―Finalmente sacó su mano y me bajó de nuevo la falda―. A las mil maravillas, querida Ofelia, a las mil maravillas ―concluyó, y me dio unas palmaditas en la rodilla.
        De nuevo, se hizo un pequeño silencio. Tomó su vaso y dio un último sorbo a su jerez. Yo hice lo mismo. Miró su reloj de pulsera.
        ―Bueno, me temo que debemos despedirnos.
        ―Sí, se ha hecho tarde ―dije levantándome y arreglándome la falda.
        ―Le acompaño a la salida.
        ―Oh, no se preocupe, recuerdo el camino. No le quito más tiempo, don Rogelio.
        Abrió la puerta del cuarto y pasé al otro lado. Antes de bajar la escalera me volví hacia él.
        ―Gracias, padre. ¿Le parece que... ? Quizás el lunes que viene pudiera volver a verle...
        ―¿A la misma hora?
        Asentí.
        ―La espero ―dijo sonriendo.
        ―Buenas tardes ―le dije, y bajé las escaleras.
        Al salir de la casa parroquial, miré a ambos lados de la calle. Nadie a la vista. Salí, metí la mano en el bolso y saqué el espejito retrovisor. Me temblaban un poco las manos. Me miré la cara un instante y me arreglé la camisa y el pelo. Fui todo el camino hacia mi casa en estado de trance.
 
 
        Mi encuentro con el párroco comenzó a tener consecuencias enseguida. Cuando salía de paseo, incluso acompañada por Donatín, me sorprendía a mí misma observando con otros ojos los vestidos de las mujeres. Prestaba atención a ese trocito de piel que se transparentaba bajo un tejido de gasa o de tul, el destello de una perla en el lóbulo de una oreja, o el collar que decoraba una garganta salpicada de lunares. «Las zonas erógenas», me decía yo en mi cabeza. O erotógenas, que venía ser lo mismo.
        ―¿Hola? ¿Estás aquí, querida? ―oí que me decía Donatín. Se había girado hacia mí, con el ceño fruncido. Me había abstraído.
        ―Uy, perdona. Se me fue el santo al cielo.
        ―Digo que si nos acercamos al puesto de chucherías. ¿Quieres un turrón?
        Cruzábamos el parque. Por fuera, al otro lado de la calle, habían puesto unos tenderetes formando una hilera.
        ―Prefiero un heladito ―le dije.
        Él se compró un turrón de almendras y pidió un cucurucho de limón para mí. De nuevo, no tardé en abstraerme, pues ahora prestaba atención a mi lengua de un modo como antes nunca había hecho. En mi mente, el helado perdía su forma y su consistencia y se convertía en la boca del párroco. Aunque Donatín permanecía callado mientras engullía su dulce, observé por el rabillo del ojo cómo me veía lamer la bolita de limón. «¿Está muerta ahora la lombriz?», pensé para mí, y reprimí una sonrisilla.
        Al rato nos tropezamos con Irene y su marido, el señor Cosme, un tipo alto, enjuto y desgarbado, con los ojos hundidos, una mata de pelo oscuro y un enorme mostacho que ocultaba completamente su labio superior. Iban del brazo, pero Irene parecía enfadada.
        ―¿Qué tal? ―Se acercó a darme un beso―. Ya vamos de vuelta a casa. Hemos ido a un restaurante ―dijo―. ¿Cómo está, Donatien?
        ―Sofocado, hija, sofocado. Con este sol, no hay quien respire ―y se secó la frente con un pañuelo―. ¿Cómo andas, Cosme? ―y le tendió la mano.
        Irene miró a Donatín no muy convencida. En verdad, la tarde era de lo más agradable, pero con la tripa que tenía cualquier esfuerzo lo hacía sudar.
        Don Cosme daba caladas a su cigarrillo. El humo salía poco a poco de su boca en gruesas volutas verticales, como si se escapara en vez de ser expulsado. Mientras hablaba, el humo seguía saliendo. Por un momento pensé cómo sería besar aquella boca. Pensé en mi amiga. Sé que tenía algunos problemas con su marido. ¿Cómo sería su vida íntima? De pronto me sorprendí a mí misma haciéndome este tipo de preguntas. Aunque iba vestida de manera bastante sobria, no podía dejar de tenerle envidia a aquella figura y a aquellos ojos verdes maravillosos.
        ―Bueno, nos vamos ―me dijo Irene poniéndome la mano en el brazo―. Te llamaré. Hasta pronto, Donatien.
        ―Adiós, adiós, que tengan buena tarde.
        Después de un corto paseo, regresamos a casa. Por la noche, alrededor de las once, estando ya en la cama, pude comprobar que todo tiene sus consecuencias. Mientras yo leía una revista de cotilleos recostada sobre la almohada, Donatín se levantó y salió del dormitorio en ropa interior. Al ratito lo vi llegar con una bata oscura que rara vez suele ponerse. Se acercó muy despacio por mi lado y se quedó muy quieto frente a mí. Lo miré a la cara. Tenía una sonrisa maliciosa.
        ―¿Te apetece un heladito, cariño? ―Enarqué las cejas, extrañada―. Tengo de fresa.
        ―¿Un heladito a estas hor... ?
        ―¡¡¡Tachááán!!! ―exclamó abriéndose de pronto la bata.
        Su palito apareció picudo frente a mí, con la bolita roja desnuda. El helado de fresa. Solté la revista y me llevé las manos a la boca. Por un segundo quise saltar de la cama e irme a fregar la loza, pero me contuve. «Solo es un juego», pensé, «apetitos saludables». Así es que reaccioné como Dios me dio a entender, tratando de no resultar desagradable.
        ―¿Serás tramposo? ―le dije.
        ―¡Jajajaja! ―Su carcajada exagerada retumbó entre las cuatro paredes de la alcoba.
        ―Anda, déjate de bromas y acuéstate. ―Él se tapó de nuevo con la bata―. Además, me acabo de lavar los dientes ―añadí sonriendo, sintiéndome satisfecha con mi broma. Regresé a mi revista y él salió del cuarto.

Publicado por: mistercat
Publicado: 13/10/2020 08:42
Visto (veces): 196
Comentarios: 4
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Comentarios (4)

fazer | 13/10/2020 19:25

Hay va la cosa animandose vamos a ver las otras partes..

mistercat | 13/10/2020 19:43

Ya solo qeda una, mañana la subo.

mikitfe | 13/10/2020 14:52

Uff este donatin es un picaron!! Jajjajajaja

mistercat | 13/10/2020 14:54

Pobrecillo, q lleva mucho tiempo reprimiéndose. xD

mikitfe | 13/10/2020 14:55

Demasiado diria yo!!! 😍😍

tonyperezgc | 13/10/2020 12:03

Ya quiero la tercera parte...

mistercat | 13/10/2020 12:26

Mañana última entrega. Gracias. 😁

loveftv | 13/10/2020 09:34

El secreto de puente Viejo se va animando 😉

mistercat | 13/10/2020 10:07

T juro q miré en google de q iba eso del puente. No conocía la serie... Ahora entiendo todavía mejor tu comentario sobre el microondas, jajajaja.

loveftv | 13/10/2020 15:59

Quiero que la empotren ambos... Pero primero que la enseñe Don Rogelio...

mistercat | 13/10/2020 20:09

Veremos qé pasa... Vaya con tus empotramientos... xD

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