Las travesuras de una esposa inocente (parte 3/3, final)

Las travesuras de una esposa inocente (parte 3/3, final)

Irene me explicó su disgusto al día siguiente, mientras tomábamos una taza de chocolate en una terraza cercana al parque. Yo no estaba muy desencaminada.
        ―Últimamente se ha puesto muy pesado ―me dijo―. Ya sabes cómo es con las cosas de la apariencia. Está constantemente corrigiéndome: que si esa falda no es apropiada, que mira que adónde vamos, que si llevo demasiada pintura de labios... Antes de ayer, cuando regresábamos del restaurante, me montó un numerito en plena calle.
        ―Te lo noté en la cara. ¿Por la ropa otra vez? ¡Pero si ibas recatadísima!
        ―Eso no es novedad, pero esta vez fue porque le di un beso en la comisura de los labios mientras paseábamos.
        ―Jesús... ―le dije negando con incredulidad.
        Me daba pena de ella. Era más joven aún que yo, tenía solo 29 años, y sin embargo vestía y se comportaba como si fuera bastante mayor. Sin duda, parte de la culpa la tenía don Cosme. Y cada vez me quedaba más claro por qué se mostraba ella tan crítica con las demás. Supongo que era un modo de expresar su propia frustración. 
        ―Estoy cansada ―dijo con voz triste, mirando su taza humeante. 
        Le acaricié la mano. 
        ―No te preocupes, Irene, son temporadas, manías que coge uno. Se le pasará.
        ―Eso espero ―dijo, y me miró forzando una sonrisa―. Bueno, ¿y tú qué tal estás? Te veo muy guapa.
        Vaya, ¿así que eso creía? Me alegró oírlo, la verdad. Pero, ¿qué podía decirle? ¿Que estaba tratando de resolver unos «asuntillos» en mi matrimonio y que me estaban ocurriendo algunas cosas, digamos, inquietantes? Me habría gustado, pero de momento tenía que reservármelo.
        ―Pues bien, estoy bien.
 
 
        Me quedé en medio de la veranda, a resguardo.
        ―Suba, suba, Ofelia, no se quede de pie esperándome ―me dijo don Rogelio desapareciendo por otra de las puertas del patio―. Voy enseguida. Tengo por aquí un licorcito de moras que le va a gustar. Enseguida subo. Póngase cómoda.
        Dejé el paraguas junto a la pared y tomé las escaleras. Al entrar al saloncito noté enseguida el calor. Don Rogelio había encendido la chimenea, solo unas pocas brasas. Hoy había estado todo el día lloviendo y hacía bastante fresco. Me senté en el sofá, con las piernas cruzadas. Aunque pensaba quitármelo todo antes de llegar a casa, antes de salir hacia la casa parroquial me puse un poquito de sombra de ojos, algo de colorete y un poco de carmín rosa en los labios. Don Rogelio apareció a los dos minutos.
        ―Vaya tiempo se ha puesto, ¿eh? Esto le vendrá bien ―dijo, y se acercó a la alacena a coger dos vasos. 
        Los puso sobre la mesa, se sentó a mi lado, vertió un poco en cada uno y me tendió el mío. Di un sorbito.
        ―Muy rico, don Rogelio.
        ―Me lo regaló don Nicasio. Le sobró de la comunión de su hija Fermina. ―Dejó el vaso sobre la mesa―. Y, bueno, cuénteme, Ofelia, ¿cómo se encuentra?
        ―Pues... bastante bien, padre. 
        ―¿Sí? ―dijo animado―. ¿Qué tal van «sus cosillas» con Donatien?
        ―Mucho mejor, la verdad. Quiero decir... me encuentro más relajada, ¿sabe? Creo que voy reaccionando con más naturalidad ante las... manifestaciones de mi marido.
        ―Oh, eso es estupendo, Ofelia, vaya que sí. Todo sea por el bien del matrimonio, ¿eh? 
        ―Claro, padre.
        ―Me alegra oírlo. Eso significa que le están siendo útiles nuestras charlas, ¿verdad? ―me dijo mirándome con ojos chispeantes.
        ―¡Oh, desde luego que sí, don Rogelio!, no lo dude.
        ―Perfecto, perfecto ―dijo―. Bien, veamos ahora por dónde podríamos continuar. 
        Se daba toquecitos con los dedos en la barbilla, pensativo. Luego se levantó del sofá y dio unos pasos hacia la ventana. Se colocó frente al cristal, con las manos a la espalda. Le miré el fondo de la sotana. Esta vez vi que no llevaba el pantalón. Solo unos calcetines negros que hacían resaltar sus tobillos robustos. 
        ―Sí, creo que será lo mejor ―dijo por fin―. ¿Qué le parece que hablemos de las respuestas simpáticas?
        Reflexioné un instante.
        ―¿Se refiere a ser agradable, padre?
        ―¡Jajajaja! No, querida Ofelia, no. Me refiero de nuevo a los cuerpos, a las reacciones físicas que experimentan un hombre y una mujer cuando tienen un encuentro... carnal. 
        ―Oh... ya veo ―dije.
        En realidad, no lo veía.
        ―Es algo reflejo, ¿sabe? Digamos que es... involuntario. A estas reacciones, amiga Ofelia, se les llama respuestas simpáticas, ¿me sigue?
        Pues no, la verdad es que no lo seguía. Pero al cabo de un segundo, como iluminada por una idea, dije excitada:
        ―¿Como cuando uno parpadea, padre? 
        ―¡Exacto! Eso es. Como el parpadeo. ¿Le parece entonces que hablemos de esto? ―dijo, y se sentó de nuevo a mi lado. Yo tomé otro sorbito de licor.
        ―Claro, don Rogelio, como usted prefiera.
        ―Estupendo, estupendo, veamos ―dijo. Apoyó su brazo izquierdo en el respaldo del sofá y puso su mano derecha sobre las mías. Hoy percibía su corpulencia con mayor claridad―. Hasta ahora, Ofelia, usted se ha limitado a verlas venir, como se dice vulgarmente.
        ―Si se refiere a que ha sido Donatín el que...  
        ―Sí, a eso precisamente ―me cortó―. Él ha iniciado hasta ahora los acercamientos, ¿no es cierto?, y usted ha permanecido quietecita.
        ―Lo sé, padre, pero...  
        ―Oh, no, no, tranquila, no se lo reprocho, mujer ―me dijo dándome unas palmaditas cariñosas en las manos―. Era perfectamente comprensible, dadas las dudas que tenía. Pero todo eso está cambiando, ¿verdad que sí? ―y me miró a los ojos.
        ―Oh, desde luego que sí, don Rogelio, como ya le he contado.
        ―Exacto, exacto. ¿Acaso no es magnífico? Bueno, pues hoy voy a mostrarle el poder que tiene usted en sus manos. No se lo imagina, querida, no se lo imagina. 
        Ahora parecía que hablaba para sí mismo. Lo miré sin llegar a comprender.
        ―Todos los estímulos cuentan, amiga Ofelia, de usted depende sacarles partido. ¿Por qué quedarse a la espera? ―continuó efusivo―. En su mano está provocar esas respuestas de las que le hablaba. Porque..., y permita que le siga hablando con claridad, usted también tiene deseos, ¿me equivoco?
        Bajé la mirada.
        ―No... No, padre, no se equivoca. Estos días he estado más consciente de todo eso.
        ―¿Lo ve? Ahí voy. Pues bien, quiero que comprenda que todo su cuerpo es un poderoso estímulo para fomentar un acercamiento. Es una fuente inacabable, y puede usarlo a su antojo como mejor le convenga.
        Yo no estaba segura de a qué se refería. Seguí escuchando con atención.
        ―Recuerde, Ofelia, que un matrimonio siempre es cosa de dos. No está bien que usted permanezca impasible ante el ímpetu de Donatien. ¿Qué impresión cree que podría llevarse el pobre hombre?
        ―Pues... ¿que no le hago mucho caso?
        ―¡Exacto! Y eso podría desanimarlo, ¿no cree? Su deseo no estaría siendo correspondido.
        ―Sí, creo que voy comprendiendo.
        ―La cuestión, Ofelia, es que una mujer puede espolear el deseo de un hombre en cuanto ella quiera. Una joven agraciada como usted no tendría apenas dificultad, ¿entiende lo que le quiero decir?
        Yo asentí con la cabeza, anonadada por sus palabras. De pronto, don Rogelio guardó silencio. Comenzó a mirarme con atención. Se inclinó sobre mí y acercó su nariz a mi nuca. Lo sentí inspirar profundamente. 
        ―El olor de su pelo, por ejemplo ―continuó en voz baja. Luego me olió el cuello―. O este rico perfume. ―Llevó la yema de un dedo a mis labios―. O esta pizca de carmín que se ha puesto hoy. ¿Acaso creía que no me había dado cuenta? ―Me ruboricé―. Es como si me hubiera leído el pensamiento, ¿no le parece? Justo hoy, cuando pretendía hablarle de estas cosas... Ha querido llamar mi atención, ¿verdad, Ofelia?
        Creo que me puse como un tomate. 
        ―Sí..., así es ―confesé―. Qué curioso, don Rogelio.
        ―Mucho, muy curioso. Parece que estamos en sintonía, ¿no? ¿Qué me dice? ―me preguntó acariciándome el brazo.
        ―Le digo que sí, padre, que eso mismo me parece ―y volvió a hundir su nariz en mi pelo. 
        Inspiró de nuevo con fuerza, mientras deslizaba hacia arriba su mano sobre mi busto. Se llegó hasta el cuello de la blusa y tiró hacia fuera para abrirse hueco, descubriendo así mi sujetador.
        ―Bonita prenda, Ofelia ―dijo asomándose por encima―. Y divinos lunares.
        ―Gra... gracias, padre. 
        ―Una fuente inagotable, ¿se da cuenta? Todo puede jugar a su favor. ―Seguía hablándome en voz baja―. ¿Cómo cree que me siento en este momento? 
        ―Pues... pues... yo diría que he despertado su apetito, don Rogelio ―contesté sin atreverme a mirarlo.
        ―Así es. Está activando usted mi sistema simpático. ―Comenzó a acariciarme el muslo, a rozarme la mejilla con los labios―. ¿Quiere comprobarlo? Ande, observe ―dijo tomando mi mano izquierda y llevándola hacia su regazo. Un bulto prominente había aparecido bajo la tela áspera de la sotana―. ¿Lo nota? ―Yo asentí con la cabeza, abrumada―. Respuestas involuntarias, Ofelia. Todo el cuerpo se activa, y... ―Seguía sujetando mi mano, presionando sobre el bulto. Sentí que no llevaba nada debajo. Traté de asirlo. El corazón se me había desbocado―. Y yo podría... perder el control...  
        Abandonó la presión un instante y comenzó a acariciarme los pechos, a besarme en la boca. Me hablaba sin despegar los labios.
        ―Todo se dispara, Ofelia, todo crece en intensidad, y los cuerpos quieren más. 
        Volvió a besarme con fuerza. Le ofrecí mi lengua. Me pasaba la boca por la garganta. Noté su mano buscándome bajo el sujetador. Alcanzó mis pezones, me apretaba los senos...  
        Tras unos instantes, se separó de mí y trató de recomponerse. Lo veía respirar con profundidad. Sus ojos no se apartaban de mi cuerpo.
        ―Y ahora, Ofelia ―dijo pausadamente― quiero que lo haga usted.
        Me quedé parada, sin comprender.
        ―¿Que haga... ?
        ―Sí, quiero que vea lo que es capaz de provocar ―dijo con el semblante serio―. Ahora no va a quedarse quietecita. ―Acompañó sus palabras con el movimiento de su dedo, que alzó frente a mí―. Ahora será usted quien me va a llevar adonde quiera.
        Me puse nerviosa. 
        ―Pero... Pero, padre, yo no sé si...  
        ―Vamos, vamos, Ofelia, no es momento para remilgos. ¿Por qué no prueba a quitarse esos botones? ―y señaló mi blusa.
        Me quedé parada un instante, tratando de asimilar. Respiré hondo y reuní valor. Me llevé las manos al primer botón. Los dedos me temblaban un poco. La mano del párroco me tomó por la barbilla y me alzó el rostro.
        ―Vamos, tenga confianza, Ofelia. Así, míreme.
        Continué quitándome los botones. A medida que lo hacía, observé la transformación en la expresión de don Rogelio. Sentí el deseo en sus ojos, unos ojos y un deseo que me estimulaban a seguir. Me deshice de la blusa y la dejé caer al suelo. Esperé unos segundos, prestando atención a sus reacciones, con una pizca de euforia. Entonces, me llevé las manos a la espalda y busqué el broche del sujetador. La prenda se deslizó sobre mis hombros y mis pechos quedaron desnudos. Los ojos del párroco se abrieron con codicia. El corazón me iba a estallar. Se inclinó despacio sobre mí y me tomó con el brazo por la cintura. Llevó una mano tras mi nuca y me atrajo hacia sí. Me habló al oído.
        ―¿Ve lo que ocurre, Ofelia? ―dijo casi jadeando, y me besó en el cuello abriendo exageradamente la boca.
        ―Sí... sí, padre. ―Arrastró su boca hacia abajo y comenzó a chuparme, a succionarme con fuerza―. Creo... creo que está usted perdiendo el control.
        Sin dejar de besarme, me abrió las piernas y me buscó el interior. Palpó la prenda.
        ―De todos los olores... ―comenzó a decirme el párroco al oído―, afrodisíacos, perfumes y fragancias ―continuó, haciendo largas pausas, y me fue llevando hacia atrás, hasta tenerme recostada en el sofá―, hay uno que despierta el apetito de un hombre por una mujer como ninguno, ¿sabe, Ofelia?
        ―Y... ¿y cuál es, don Rogelio?
        ―Este ―dijo, y se deslizó hacia abajo para sacarme las bragas, abrirme las piernas y hundir su rostro sobre mí.
        Me lamía, besaba y chupaba como desenfrenado. Yo, con las piernas alzadas y las sandalias puestas, soportaba como podía las torturas de su boca. Los ojos me daban vueltas. Instintivamente, me encontré acariciándome los pechos, jugueteando con los pezones.
        ―Por favor, padre, deténgase ―le dije entre ahogos.
        Él alzó la cabeza, con la mirada transfigurada.
        ―¿Qué le ocurre? ―preguntó.
        ―No lo sé, don Rogelio, me vibra todo el cuerpo. No... no puede ser bueno.
        El párroco sonrió con satisfacción y dijo:
        ―No se preocupe, Ofelia. Échese hacia atrás y déjese llevar. Le aseguro que nada malo va a ocurrirle ―y volvió a hundir su cabeza entre mis piernas.
        No se detuvo siquiera cuando empecé a retorcer la pelvis arriba y abajo. Y tampoco se detuvo cuando comencé a contraer los muslos uno contra otro, aprisionando su cabeza. Yo no me reconocía a mí misma. Me torturó hasta que pasó el episodio y él estuvo satisfecho.
        ―Jesús... ―fue todo cuanto dije, tapándome la boca con la mano, con la cara congestionada y perpleja de incredulidad.
        Don Rogelio se incorporó sin retirarse de entre mis piernas y se subió la sotana. Tu miembro asomó desnudo, rígido como una lanza. Efectivamente, no llevaba ropa interior. Abrí los ojos con asombro. Nada que ver con el palito de mi Donatín. «Ay, Señor», pensé.  
        Apenas me dio tiempo a reaccionar. Cuando tomé consciencia, ya el párroco estaba dentro de mí, arponeándome con su grosor y su potencia. Su boca me recorría toda con desespero, y me arrastraba consigo en su oleada. Pero en determinado momento, el temor a lo irreparable se abrió paso en mi cabeza.
        ―¡Espere! ―dije alzando un poco la voz. Le sujeté la cabeza entre mis manos―. Espere, padre. Tiene que parar, por favor. No... No podemos...  
        Me miró un instante. Su cara bañada de deseo.
        ―Déjeme, Ofelia, se lo pido. Déjeme. Lo necesito ―me rogó―. No tema, saldré a tiempo.
        No supe contestarle. Supongo que mi silencio habló por mí, y volvió a penetrarme. Casi en un estado de trance, sentí todo el peso de su cuerpo mientras me embestía y me llenaba por dentro. Continuó de este modo hasta que derramó su orgasmo sobre mi vientre. 
 
 
        Un ratito después, una vez recompuestos y acicalados, y esforzándonos ambos por retomar nuestras actitudes cotidianas, nos despedimos en el zaguán de la entrada. 
        ―Gracias una vez más, don Rogelio ―le dije.
        ―Nada, nada, mujer ―y me dio unas palmaditas en el dorso de la mano, que me tenía cogida con la suya―. Aquí estoy para servirla ―añadió.
        Antes de abrir el portón, me giré de nuevo hacia él:
        ―Padre... ¿le parecería bien que regresara el próximo lunes? Sé que tengo que asimilar todos estos nuevos... conocimientos, pero me están haciendo mucho bien, y me gustaría continuar con la instrucción.
        El párroco sonrió un instante antes de responder.
        ―¿Cómo no, Ofelia? Me parece una idea estupenda. La esperaré de nuevo a las tres y media, ¿de acuerdo?
        ―Muchas gracias. Y ahora, don Rogelio, permita que abra despacito. No quiero que me vean salir...  
        ―Oh, claro, claro, adelante.
        Abrí solo una rendija y asomé la cabeza. 
        ―No veo a nadie, padre. Buenas tardes.
        ―Adiós, adiós, Ofelia. Vaya usted con Dios.
        Regresé a casa casi levitando, con una sonrisa en la cara. Al llegar, por supuesto, me di una ducha, pero traté de demorarla todo lo que pude, pues tenía todo mi cuerpo impregnado de olores nuevos que no quería borrar tan pronto. Desnuda tras la mampara del baño, seguía con la mirada perdida frente a los azulejos, recordando imágenes. Finalmente, abrí el grifo e hice desaparecer todo rastro de lo que había ocurrido.
        Los efectos que mis encuentros con Don Rogelio iban teniendo en mi personalidad eran casi inmediatos. No solo desaparecieron por completo mis temores y preocupaciones respecto a mi relación con Donatín, sino que comencé a ver a los hombres con otros ojos, incluso a mí misma. Era muy agradable sentir que tenías cierto magnetismo hacia ellos, que podías atraer sus miradas. Era como un juego para mí, algo novedoso.
        A decir verdad, tras las primeras charlas con el párroco, sí que me surgió otro pequeño «problemilla» con mi marido, si es que puedo llamarlo así. Resulta que, debido a aquellas experiencias tan instructivas con el párroco, como mis aprensiones con respecto a Donatín y sus jueguecitos se habían disuelto prácticamente enseguida, en ocasiones me vi a mí misma en la tesitura de tener que controlar mis reacciones, pues, de pronto, me mostraba muy desenvuelta y jovial con él, lo cual le generaba cierta sospecha. Era muy gracioso.
        Sin embargo, aunque mis «asuntillos» se habían resuelto, mis visitas a la casa parroquial continuaron durante un tiempo, puede que por dos meses o algo más, y a petición mía. Él se mostró siempre muy atento y servicial conmigo. Me resulta embarazoso admitirlo, pero debo confesar que abusé un poquito de su confianza, pues realmente yo no necesitaba seguir recibiendo su ayuda. No me porté demasiado bien, esa es la verdad. Más de una vez le manifesté alguna preocupación que ya no existía, simplemente para conmoverlo y para que se aviniera a recibirme. Él me respondía siempre con una sonrisilla comprensiva, aunque algo enigmática, y me atendía generosamente. En cualquier caso, estoy segura de que lo hacía con agrado. En fin, si cometí algún pecado abusando así de él, fue solo un pecado pequeñito.
        Lo cierto es que yo habría continuado con mis visitas indefinidamente, o, por lo menos, durante más tiempo. Sin embargo, don Rogelio comenzó a tener nuevas responsabilidades que atender y le era cada vez más difícil recibirme, así que yo misma desistí de molestarle más. Sea como fuere, le estaré siempre agradecida.
        Durante el tiempo que estuve visitándolo, me vi obligada a morderme la lengua para no comentarle nada a Irene, a quien seguía viendo varias veces a la semana. Me costaba horrores, pues tenía muchísimas ganas de compartirlo con alguien, y especialmente con ella, quien yo sabía que pasaba también por algunas dificultades con su marido. Nunca compartíamos entre nosotras los asuntos de alcoba, más allá de algunos detalles, pues nos parecía demasiado personal. Aun así, era bastante obvio que se sentía triste respecto de esos asuntos. En alguna ocasión llegué a preguntarme si don Cosme era agresivo con ella. 
        Gracias a Dios, sus problemas también comenzaron a ceder. Al menos, eso era lo que me parecía. Se lo notaba en su aspecto y en su semblante. La veía más animosa, mejor vestida, como más seductora, y también se mostraba mucho menos criticona con los demás, sobre todo con las mujeres, señal inequívoca de que se encontraba más feliz y a gusto consigo misma. Me alegraba por ella. 
        Como yo llevaba ya un tiempo sin ver a don Rogelio, tras haber decidido que interrumpiría mis citas con él definitivamente, estuve pensando si contárselo todo a mi amiga. Total, ya a toro pasado parecía que revistiera menos gravedad. Estábamos en una terracita, tomando una taza de café.
        ―Estás guapísima ―le dije―. Te veo muy cambiada, la verdad. ¿Ha ocurrido algo que no me has contado? ―le pregunté con retintín.
        Desvió la mirada, reprimiendo una sonrisa traviesa. Se puso a toquetear su taza.
        ―Bueno... ―dijo―, puede que sí, pero todavía no te lo puedo contar. 
        ―Ya me lo figuraba. No hay más que verte. Es igual, me alegro por ti. Sea lo que sea, te está sentando muy bien ―le dije, y le di una palmadita en el brazo.
        De pronto coge su bolso y se pone a buscar en el interior con desespero. 
        ―Caray, ¿dónde lo tenía? Juraría que lo puse aquí.
        ―¿Qué buscas? ―le pregunté.
        ―Un librito que saqué de la biblioteca ―dijo mientras seguía rebuscando―. Nada, lo habré dejado en otro sitio.
        ―¿Un librito? ¿Y de qué trata?
        Miró hacia los lados, como quien se siente espiado, luego se acercó a mí, mirándome con aquellos ojos verdes que brillaban más que nunca, y me preguntó en voz baja:
        ―Ofelia, ¿tú sabes lo que son las zonas erógenas? ―Al escucharla, los ojos se me abrieron como platos. Mi expresión la pilló totalmente desprevenida, tanto como a mí su pregunta―. Huy, ¿qué te pasa?
        ―No, no, nada, mujer ―me recompuse―. Sí, sé lo que son, ¿por qué?
        ―Anda, ¿lo sabes? Pues figúrate que yo ni sabía que existieran. Madre mía, todos estos años sin saber que... ―dijo nostálgica, mordiéndose el labio―. Por eso he sacado el librito. ¿Sabes?, estoy conociéndome a mí misma, disfrutando de mí misma como nunca ―continuó diciendo, excitada―. Y no sé si sabes a lo que me refiero...  
        Yo trataba de prestarle atención, de actuar con naturalidad, pero seguía noqueada.
        ―Me parece que sí ―le dije haciendo un esfuerzo por sonreír―. Vaya, vaya, pues sí que hay cosas que no me has contado, ¿eh?
        ―Jajaja, sí, sí que las hay.
        ―¿Quiere eso decir que tú y Cosme... ? 
        ―¡Oh, no!, no, ni hablar. Ni me lo menciones ―dijo molesta―. Eso sigue igual. Es... En fin, es por otros motivos que aún no te puedo contar. Pero te prometo que más adelante te hablaré de todo ello, ¿vale?
        ―Vale.
        ―Bueno, ¿y qué me dices de ti? ―siguió Irene―. Yo también te veo genial. Aunque eso no es novedad, ya te lo he dicho otras veces. De un tiempo a esta parte también te veo guapísima.
        ―Pues sí, me encuentro muy bien, la verdad. Y, bueno, gracias por lo de guapísima, pero no hay comparación ―le dije sonriendo y llevándome la taza a los labios.
        Confieso que sentí un pellizquito de celos al comprender que don Rogelio estaba viéndose a solas con mi amiga. Pero solo me duró unos minutos. Me alegré enormemente de saber que estaba experimentando cosas nuevas y que se sentía renacer. Al fin y al cabo, yo ya había pasado por ello y la experiencia se quedaría conmigo para siempre. Solo podía sentir agradecimiento. Quién sabe, algún día, quizás, nos lo confesáramos todo, entre carcajadas y caras de asombro. O puede que no. 
        Seguí tomando mi café a sorbitos, algo abstraída, pensando con una pizquita de pesar si las fragancias corporales de Irene habrían despertado el sistema simpático del párroco de la misma forma en que lo hicieron las mías.

Publicado por: mistercat
Publicado: 14/10/2020 09:34
Visto (veces): 252
Comentarios: 7
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Comentarios (7)

coppialibertina | 19/10/2020 21:16

Jajajajajajajaj buenísimo ... definitivamente quiero ser cura jajaja felicidades mistercat

mistercat | 19/10/2020 21:22

Jaja, muchas gracias, coppia. Pues nada, ya sabes, ve reservando plaza... Ah, y cómprate una botellita de licor de moras, que siempre viene bien, jajaja. Saludos. xD

elyyojuntos | 15/10/2020 10:31

Y ahora nos quedamos con las ganas de saber qué pasó en las siguientes "confesiones"?? 😢 Nos quedamos como el marido con el gusanito listo para más 😋

mistercat | 15/10/2020 11:30

Jajaja, qé crueldad, no? Dejarles ahí con el gusanito preparado... Yo tb me pregunto qé habrá hecho la recatadita Ofelia. Me lo puedo imaginar... 😋 Gracias, elyyo. Yo me alegro d haberles creado esa intriga! 😁 Saludos.

casadoylibre | 15/10/2020 03:14

Muy buena escritura. Me han gustado los relatos.

mistercat | 15/10/2020 08:14

Muchas gracias, casado, me alegro. Saludos.

fazer | 14/10/2020 19:31

Casi nada con don Rogelio jajajajaja espectacular los relatos.

mistercat | 14/10/2020 19:46

No sabe nada el tipo, ¿eh?, jeje. Gracias, fazer. Un saludo.

mikitfe | 14/10/2020 19:19

Muchas gracias... Me gusto muchisimo muy morboso el señor cura!! Eso si todo por la salud de sus fieles ehh menudo picaron!! Gracias por estos relatos... Espero seguir leyendote un abrazote!

mistercat | 14/10/2020 19:45

Claro, claro, siempre por el bienestar d los feligreses, cómo no. xD Muchas gracias, mikitfe, un placer, saludos.

aratru | 14/10/2020 15:47

Espectacular que buen relato... hasta el final a tope. ... jejejeje sigue escribiéndonos. ... jejeje

mistercat | 14/10/2020 16:06

Muchas gracias, aratru. Saludos.

yosoyasi | 14/10/2020 11:49

Me encanta

mistercat | 14/10/2020 12:01

Me alegro. Gracias.

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