¿Le haces un favor a mi amiguita?

¿Le haces un favor a mi amiguita?

Era sábado por la mañana, sobre las 12. Yo estaba tirado en el sofá, en calzoncillos, viendo moto GP y mordisqueando el mando a distancia, completamente ido. Entonces oí una llave en la cerradura de la puerta de la entrada. Alguien intentaba abrir. Como supuse que era Naira, la chica con la que salía desde hacía unos seis meses, seguí viendo la tele. Se había ido a hacer la cera y ya debía estar de vuelta. 
        Pero entonces oí varias voces, no solo la suya. «Me cago en diez», me dije incorporándome ligeramente. Tuve el impulso de levantarme para ir a ponerme algo de ropa, pero ya era tarde: Naira ya entraba en el salón acompañada de una chica que se parecía a Marylin Monroe: rubia, con la melena ondulada hasta los hombros, ojos grandes, verdes, labios gruesos y más curvas que el circuito en el que se disputaba la carrera.
        ―¿Qué haces? ―dijo Naira contentísima. Me sorprendió que se presentara así―. Mira, esta es Paula ―siguió diciendo la capulla. Noté que disfrutaba con la situación. 
        Le había echado el brazo por los hombros a su amiga y me la presentaba orgullosa. Era algo más bajita, pero con unas tetas inmensas que estiraban la camiseta blanca que llevaba puesta. Me levanté del sofá torpemente, medio cortado, sin saber muy bien qué hacer, o cómo ocultarme. Solté el mando sobre la mesa.
        ―Nada, aquí, viendo moto GP ―dije rascándome la nuca. Me acerqué a ellas―. Qué tal, Paula ―y le di dos besos. 
        ―Me he pasado por su casa cuando venía de vuelta ―siguió Naira―. ¿Estás muy liado? Quería que me hicieras un favorcito. Bueno, más que a mí, a Paula ―y giró la cara hacia ella, sonriendo. Paula bajó la mirada al suelo. Para mí que se había puesto roja. ¿Qué carajo pasaba aquí?
        Yo estaba cada vez más extrañado, aparte de incómodo por estar casi en bolas delante de aquella chica. Qué buena estaba, santo Cristo. Naira seguía con una sonrisa de lo más traviesa. No sabía qué coño estaba tramando, pero parecía disfrutar claramente con aquello.
        ―¿Un favor? ―pregunté.
        ―Sí ―continuó Naira―. Verás, he traído a mi amiga porque he decidido que no puede seguir así. ―Se volvió de nuevo a mirarla, descojonada―. Es tan tímida que se está perdiendo lo mejor. Le dan miedo los hombres, ¿sabes?
        ―¡Oye! ―dijo Paula con un hilillo de voz―. ¡No me dan miedo! Es solo que...  
        ―¿Ves? ―siguió Naira dirigiéndose a mí―. Es tan tímida... No puede seguir así. He pensado que la podrías ayudar.
        Yo había puesto los brazos en jarra. Estaba perplejo perdido. Volví a rascarme la nuca.
        ―¿En qué exactamente?
        Paula bajó otra vez la mirada al suelo. Se mordía los labios, cruzaba una pierna sobre la otra, nerviosa. Me estaba poniendo realmente cachondo.
        ―Quiero que le enseñes que no tiene nada que temer, y que le hagas ver todo lo que se está perdiendo.
        Me estaba costando la vida misma, pero intentaba por todos los medios no pensar en lo que estaba pensando, porque me había empezado a empalmar. Eso sí: tenía claro que a Naira todo aquello la ponía realmente cachonda. Paula no sabía dónde meterse, aunque no dejaba de sonreír. Aquellos labios me estaban poniendo muy malito.
        ―Bueno, qué, ¿nos ayudas? ―siguió Naira.
        Yo levanté las palmas hacia arriba y alcé los hombros, flipando en colores.
        ―Lo que tú quieras ―le contesté. 
        ―Pues vamos ―dijo, y se echó a andar con su amiguita bajo el brazo hacia el dormitorio. 
        Yo las seguí detrás. Rediós bendito, menudo culo tenía aquella chica. Llevaba puestas unas sandalias de playa y un pantaloncito muy corto. Las nalgas le vibraban con los pasos. Yo ya iba ligeramente empalmado. Controlarme era una empresa perdida.
        Entraron al dormitorio, se descalzaron y se echaron en la cama, sentadas con las piernas bajo el cuerpo. La verdad es que yo me sentí como un juguete, porque prácticamente estaban pasando de mí. Las tías se pusieron a juguetear enseguida, a besarse en los labios y a hacerse tonterías.
        ―Verás que no pasa nada, tú déjate llevar ―le decía Naira a Paula mientras le acariciaba aquellas pedazo de tetas. Yo estaba al pie de la cama, inmóvil. La polla ya me cruzaba el bóxer de abajo arriba. Estaba asombradito: «Qué pedazo de rubia, Dios mío», pensaba.
        Pronto comenzaron a usar sus lenguas. Yo me estaba poniendo como la moto de Marc Márquez. Naira se giró hacia mí y me miró el paquete. Entonces Paula hizo lo mismo y ambas se rieron como dos colegialas. Seguramente se sentían orgullosas de lo que estaban provocando. Yo me llevé la mano a los calzoncillos y comencé a tocarme sobre la tela, pasando ya de todo. Estaba histérico perdido.
        Ellas siguieron a lo suyo. Naira le alzó los brazos y le sacó la camiseta. Vi las tetas de Paula dentro del sujetador, que estaba a reventar. «Joder, quiero esas tetas», me dije. Yo no sé qué estaría pensando Naira, tan divertida como parecía, pero en mi opinión su amiga le daba unas cuantas vueltas. Me estaban entrando unas ganas de follármela... No cabía duda de que Naira se ponía cachonda con todo este asunto.
        Entonces levantó una mano y comenzó a hacerme gestos con el dedo índice para que me acercara. Me puse de rodillas sobre la cama y me acerqué a ellas, con el paquete a rebosar. Naira tomó la mano de su amiguita y la posó sobre mis calzoncillos. No dejaban de reírse como dos crías. 
        ―Mira cómo se le puso ―le dijo Naira―. Es por tu culpa, ¿ves? Tienes que tener más confianza en ti.
        ¿Más confianza?, me dije yo. ¡Mis huevos! ¿Estaba diciendo que aquel pedazo de hembra tenía dificultad para poner cachondo a un tío? No me lo creía. Paula seguía roja como un tomate, bajaba la mirada, sonreía con timidez, pero con coquetería. A mí, desde luego, me estaba poniendo enfermo como hacía mucho tiempo que no me ponía una tía.
        Paula comenzó a acariciármela, a apretarla, pero no se atrevía a mirarme. Dios santo, yo estaba deseando que me la sacara ya mismo. Naira, con sus poderes telepáticos, escuchó mi plegaria:
        ―¿No quieres ver qué hay debajo? ―le preguntó.
        Paula soltó una carcajada contenida.
        ―No sé... ―susurró, y continuó acariciando.
        ―Venga, no seas tonta ―dijo Naira―. Sácasela.
        Paula, como pidiéndome permiso, me miró un microsegundo a la cara y luego llevó sus dos manos a la cinta de mi bóxer. Tiró hacia abajo y la polla salió disparada. 
        ―¡Waaau! ―dijo Naira llevándose la mano a la boca, haciendo teatro. Mi polla quedó vibrando frente a ellas, con el capullo bien rojo y mocoso―. ¿Te gusta?
        Otra sonrisilla de Paula. Tan solo dijo que sí con la cabeza. Naira le cogió la mano derecha y la puso alrededor de mi polla, como si estuviera cogiendo un cilindro. 
        ―Así ―le decía mientras le movía la mano adelante y atrás. 
        Yo levanté la cabeza al cielo, con los ojos cerrados, sin acabar de creérmelo. Luego la volví a bajar y me concentré en aquella rubia despampanante que me estaba haciendo una paja en mi propia cama, con mi chica frente a ella, en sujetador. Seguían riéndose como dos alumnas adolescentes en un internado, aunque cada vez menos. Se estaban poniendo cachondas, y el silencio se fue apoderando de la escena. 
        Yo no pude resistirme y me incliné hacia abajo para acariciar aquellas enormes y perfectas tetas. «Que le den a Naira», me dije. «¿No querías que le hiciera un favorcito a tu amiga? Pues se lo voy a hacer lo mejor que puedo. Dios, qué ricas», seguí diciéndome mientras se las sobaba.
        ―Vaya, parece que el señorito se está poniendo muy cachondo, ¿eh? ―dijo Naira al ver mi iniciativa, observando cómo le sobaba las mamas a su amiguita―. ¿No se la quieres chupar? ―le dice de pronto a Paula―. Anda, chúpasela ―y la invitaba empujándole suavemente la cabeza―. Venga, rózala con la lengüita.
        Paula se acercó a mi capullo y comenzó a darle lamiditas. Yo me erguí de nuevo y le puse una mano sobre el cuello para sentirla cerca. El corazón se me había puesto a 1000 revoluciones.
        ―Métetela dentro ―le dijo Naira. Paula abrió su boca y comenzó a chupar―. Así, cómesela.
        La muy cabrona se estaba poniendo cachondísima con toda la escena, y me estaba poniendo igual a mí con su discursito. Ella también se sacó la camisa y la faldita que llevaba puestas. La vi llevarse una mano al coño y empezar a acariciarse sobre las bragas, mientras seguía invitando a su amiguita del alma a que me la chupara. 
        ―¿Está rica? ―le preguntó―. Déjame un poquito ―y se la sacó de la boca para darme ella misma unas pocas chupadas―. Mmm, qué dura ―soltó. Sigue tú, cómesela― y volvió a ponérsela en la boca a Paula. La observaba sin quitarle ojo, moviendo ella misma la boca, como si estuviera mamando también.
        La rubia ya ni se reía ni hablaba ni nada de nada. Tenía las mejillas y la piel del cuello rojas como tomates. Estaba cachonda perdida, cosa que me encantaba. Entonces Naira se acercó y empezó a tocarle en medio de las piernas. 
        Paula seguía mamándome, agarrándomela firmemente con la mano. Estaba cogiendo práctica, porque empezaba a hacer muchos sonidos de chupadas y chasquidos. Me estaba poniendo loco.
        ―Anda, ven ―le dijo Naira, alejándola de mí, robándole su juguete. La echó sobre la cama boca arriba y le quitó los pantalones y las bragas―. Vas a ver qué rico es. Necesito que se lo comas un poco ―me dijo a mí, que me había quedado allí de rodillas, con el bóxer a medio bajar, con la polla tiesa y mojada de la saliva de Paula―. A la muy tonta le da vergüenza, ¿sabes? Piensa que el olor es desagradable. 
        Yo la miraba con los ojos como platos. ¿Cómo podía haberme tocado aquella lotería?
        ―¿Desagradable? ―dije yo haciendo una mueca de incredulidad.
       ―Sí, ya ves. Anda, abre las piernas, tonta ―le dijo mientras la manipulaba con las manos―. ¿Verdad que lo tiene bonito? ―me preguntó Naira―. Anda, cómeselo.
        ¿Que se lo coma? Ya ves tú si se lo voy a comer, pensé. La madre que me parió. ¿Bonito? ¡Es una puta joya! Menudo coñito más rico, Dios santo, con aquellos labios sobresaliendo, el vello rubio alrededor. Me saqué el bóxer desesperado y me tendí boca abajo, entre las piernas de Marilyn. Puse mis manos sobre sus muslos abiertos y acerqué mi cara. 
        ―Verás qué rico ―le dijo Naira. 
        Se había reclinado a su lado y le acariciaba el pelo, le daba besitos en la boca. Esta faceta suya no la conocía yo... Hay que joderse. Antes de lanzarme, olfateé el coño de Paula, que estaba húmedo y caliente.
        ―Dios mío, qué rico aroma ―dije bien alto para que me oyera Paula―. Me pone realmente duro ―añadí, y comencé a comérselo. 
        ―¿Lo ves? ―le dijo Naira en un susurro. 
        ―Y creo que sabe todavía mejor ―solté casi con un jadeo. Quería que me oyeran bien las dos.
        Naira seguía acariciándole el pelo, como si estuviera cuidando a su hermana pequeña. Yo empecé a comérselo como si me fuera a morir mañana. Le pasaba la lengua, se la metía dentro poniéndola dura, le daba chupadas, atrapándole los labios con mi boca, estirándolos, soltándolos y volviendo a cogerlos. Naira se estaba poniendo tan cachonda que se quitó las bragas y comenzó a tocarse el coño con las piernas abiertas.
        La pelvis de Paula se retorcía arriba y abajo cada vez más, cosa que me ponía loco. La chavalita se estaba dejando de llevar, y, por lo que parecía, le estaba gustando mucho mi tratamiento bucal. Entonces empecé a meterle los dedos mientras seguía chupándoselo. De vez en cuando, le daba rápidas palmaditas sobre el coño, haciendo vibrar su clítoris, y luego volvía a meterle los dedos. 
        Seguí así un buen rato, alternando, porque a cada instante que pasaba la sentía más excitada, más acelerada, tanto que comenzó a gemir de gusto. ¡Me volvían loco sus gemidos! Así que seguí maltratándola hasta que se corrió. Cuando le estaba llegando el orgasmo, Naira volvió a echarse a su lado y empezó a darle besos en la boca sin dejar de tocarse el coño, como si quisiera beberse sus jadeos, como si ella misma estuviera teniendo un orgasmo. Qué burrada, macho, qué cachondeo.
        Cuando Paula dejó de retorcerse y se recuperó un poco, Naira volvió a la carga.
        ―Anda, quítate esto ―le dijo echándole mano al sujetador―. Enséñale tus encantos al señorito. 
        No sé por qué me llamaba señorito, pero me gustaba. La cabrona de Naira me echaba ojeadas con cara de vicio, como si el cuerpo de su amiguita fuera un juguete erótico para ponerme cachondo a mí. Y entonces aparecieron aquellos pedazos de tetas. La madre que me parió. ¡Qué pezones más ricos! Naira comenzó a sobárselas sin dejar de mirarme. Era como si manejara una muñeca hinchable. 
        ―¿Ves cómo le gustan al señorito? ―le preguntó de nuevo mirándola a la cara―. Tienes que sacarte partido, tonta. Míralo, míralo, seguro que está deseando comérselas ―siguió diciendo la muy puta, mirándome con aquella cara de vicio. ¡Joder con Naira, qué escondido se lo tenía!
        ―No hace falta que lo jures ―dije yo bien alto, mirando aquellos dos preciosos melones, sobándome la polla de rodillas frente a Paula. Decidí echar más leña al fuego, seguirle el rollo a Naira. Sabía que esto la excitaba.
        ―¿Verdad que sí, cabrón? ―me soltó clavándome los ojos―. ¿A que quieres mamárselas?
        ―No veo el momento de hacerlo ―le dije con saña.
        Naira casi soltó un quejido de gusto. Se estaba poniendo loca.
        ―Anda, ábrete bien, deja que el señorito te la meta. El pobre está desesperado ―le dijo a Paula, abriéndole las piernas y ofreciéndome su coño como si fuera el suyo―. Anda, ven ―me dijo a mí―, métesela ya. 
        Se recostó de nuevo al lado de Paula, le acarició la cara, que tenía húmeda de sudor, y le dijo: 
        ―No tengas miedo. Verás qué rico es. 
        De pronto me quedé parado. Me cruzó una idea por la mente. ¿Pero es que acaso era virgen? Tenía su atractivo la cosa, pero la verdad es que no me apetecía estar ahora con este lío. Así es que no pude evitar decir:
        ―Pero... ¿es que es virgen?
        Paula giró el rostro hacia mí. Me miró fijamente por primera vez.
        ―No, no, solo es que... ―dijo un tanto preocupada.
        ―No ―la cortó rápidamente Naira―, no es virgen. Pero a la pobrecita la han follado muy mal, ¿verdad que sí? ―le susurró de nuevo a ella, acariciándole el pelo, retirándoselo de la frente―. Pero el señorito se la va a follar ahora muy bien, y tú vas a saber de una vez lo que es bueno.
        Yo no salía de mi asombro. Al carajo. Lo único que sabía era que quería follarme a aquel pedazo de rubia. Y, hasta ahora, su timidez no había supuesto para mí ningún problema. Es más, la hacía todavía más atractiva. Así es que me acerqué a Paula, me agarré la polla, la ajusté en la entrada de su coño y empujé despacio, muy despacio. 
        ―¡Ah! ―se quejó Paula, o más bien gimió.
        Naira seguía acariciándole la cara, como si estuviera apoyando a su querida amiguita enferma en el hospital. Cuando Paula soltó el gemidito, Naira volvió a saltar:
        ―Qué gordita, ¿verdad? ―le dijo, y luego me buscó a mí con los ojos―. Así, métesela toda.
        Yo se la metí toda. Me fui dejando caer poco a poco. Cuando se la encajé toda, me eché sobre ella, apoyándome con los brazos estirados a los lados de su cuerpo, y empecé a moverme arriba y abajo, muy despacio. 
        ―Dios, qué calentito lo tiene ―dije, picando a Naira.
        Bajé la cabeza y me acerqué por fin a aquellas tetas. Comencé a lamerle los pezones, uno y otro, jugueteando, y luego empecé a chupárselos mientras me la follaba. Naira casi jadeaba al mismo tiempo que su amiga, como si me la estuviera follando a ella también. Le cogía las tetas con las manos y me las ofrecía. Luego me agarraba a mí del pelo y me empujaba hacia abajo para que se las chupaba. Qué tía retorcida.
        ―Así, chúpaselas, bébete su lechita ―me soltaba entre jadeos. 
        En un gesto de rabia, o de deseo, o lo que fuera, se cogió ella misma una teta y me forzó a chupársela. Yo creo que ni ella distinguía entre su cuerpo y el de Paula. Era una locura. 
        Luego me dejé caer sobre la rubia y comencé a comerle la boca. Dios, qué rica lengua, qué labios carnosos. Me volvía loco esta niña. Naira se retiró unos centímetros y comenzó a observarnos a los dos, sobándose todo el cuerpo, metiéndose los dedos, pellizcándose los pezones. Paula había perdido un poquito el control y me acariciaba el pelo mientras me la follaba y le comía la boca. ¡Me encantaban aquellos gemiditos entrecortados! 
        Yo procuraba restregarme contra ella, pegaba con fuerza mi pubis al suyo mientras me la follaba, tratando de masajear con mi cuerpo su clítoris. La cosa funcionaba, porque Paula jadeaba cada vez más, apretaba sus ojos con fuerza y me agarraba del pelo. Volvió a correrse de gusto, sus piernas se cerraron en torno a mi cuerpo mientras se contraría por el orgasmo. 
        Naira, echada a un lado, se metía los dedos en el coño como una loca, se pellizcaba los pezones. Tras el orgasmo de Paula, se incorporó y me hizo quitarme de encima de su amiga, casi empujándome. Luego se acercó a Paula.
        ―Ven, ponte así ahora ―le dijo, y le indició que se pusiera a cuatro patas―. Muéstrale tu colita ―siguió diciendo, y entonces, mirándome a mí, le agarró las nalgas y se las abrió, como mostrándome su nuevo juguete. De nuevo, observé aquella mirada de vicio. Estaba cachonda como una perra.
        ―Chúpale el culito, anda ―me dijo, mientras mojaba su dedo índice con saliva y lo pasaba por el ano.
        ―Lo que usted diga, señora ―dije yo, pasando casi de ella, y me acerqué a la colita de Paula.
        Puse mis manos sobre sus nalgas, las abrí y comencé a acariciarle el ano con mi lengua.
        ―¡Ay! ―dijo la rubita.
        Naira se echó hacia atrás, se sentó sobre el colchón, abrió sus piernas y comenzó una vez más a sobarse el coño. 
        ―Qué rico, ¿verdad? ―le dijo a su amiga―. Así, deja que te coma el culito.
        Me lo comí todo lo bien que pude. ¿Os he hablado de sus nalgas? Madre mía, qué nalgas: redondas, grandes, vibrantes. Realmente quería hacer feliz a Marilyn. Mojé mil veces mi dedo en saliva y se lo metí dentro sin dejar de chuparla. Sin esperar ninguna indicación más de Naira, me incorporé para follármela una vez más. Me agarré la polla y me acerqué a su raja. Se la ensarté esta vez sin contemplaciones. 
        ―¡Oh! ―soltó Marilyn. 
        La tomé por la carne de las caderas y comencé a embestirla, a moverme adelante y atrás. Dios, cómo vibraban aquellas nalgas, cómo se movían sus tetas con mis empujones. Yo estaba en la gloria. Para colmo, Paula era extremadamente flexible, y la muy jodida arqueaba su espalda hacia abajo como si fuera de goma, sacando su culo hacia afuera todo lo que podía, ofreciéndomelo. Luego, alzaba su cabeza hacia arriba, estirando su cuello, giraba su cara y me ofrecía su boca, que yo me comía desesperado. 
        La tenía agarrada así, por el cuello, para poder besarla a placer mientras se la clavaba. A veces nos quedábamos mirándonos a los ojos, casi con las caras pegadas, mientras mi polla entraba y salía de su coño, mi cuerpo dando golpetazos contra la carne de su culo. Me la follé así hasta que me corrí dentro de ella, sin despegarnos ni un instante, comiéndole la boca y bebiéndome sus gemidos. ¡Qué puta burrada!
        A nuestro lado, Naira también se había corrido. Se había dejado caer hacia atrás y contraía sus piernas una contra la otra, con la mano allí encajada en medio. Yo me dejé caer hacia un lado sobre la cama, pero arrastré a Paula conmigo, sin sacársela de dentro. Nos quedamos así unos minutos, las cabezas sobre la almohada. Paula se giraba de tanto en tanto y me daba su boca. Nos besábamos. Madre mía, qué ricura de rubia.
        Tras un breve lapso, Naira se recostó frente a Paula y le acarició la cara, que tenía sudorosa. Mi polla ya casi había salido de su cuerpo.
        ―¿Te ha gustado? ―le preguntó.
        ―Mucho ―dijo Paula.
        ―¿Ves que no tenías de qué asustarte? Y al señorito también ha disfrutado, ¿verdad que sí? ―dijo mirándome. Todavía le duraba el cachondeo. Lo vi de nuevo en su cara.
        Yo le devolví la mirada. Seguí pegado al cuerpo de Paula. Puse una mano sobre su cadera, y dije:
        ―Como nunca ―solté, alto y claro, y luego le sobé una última vez los pechos a Paula y la besé en la boca, que ella me volvía a ofrecer girándose hacia atrás.
        No sé qué pretendía Naira que ocurriera a partir de hoy. De lo que yo sí estaba seguro es de que iba a follarme a Marilyn más veces, lo supiera su amiguita del alma o no.

Publicado por: mistercat
Publicado: 29/10/2020 17:05
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Comentarios: 5
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Comentarios (5)

lapetitemort | 07/11/2020 23:47

Se me han pasado muchas cosas por la mente leyendo este relatillo jejejeje, pero, de momento, me las guardo para mí jajajajaj. Como uso y costumbre, una maravilla de escena, chavalito =)

mistercat | 08/11/2020 08:45

Mira q te gustan los secretos, siempre guardándotelo todo, avariciosa xD Muchas gracias, chavalita, me alegro de haberte alterado la sangre. ;-)

atrevidosbrasil | 30/10/2020 18:07

Buenísimo y bien relatado

mistercat | 30/10/2020 18:47

Gracias, atrevidos. 👍

sarita96 | 30/10/2020 16:20

Muy bien relato amigo. Que historia mas exitante

mistercat | 30/10/2020 17:17

Gracias, sarita, me alegro d q t haya gustado. Saludos.

marisa | 30/10/2020 15:56

El sueño de todo hombre.tener una pareja así. Buen relato.

mistercat | 30/10/2020 17:15

Sí, creo q se aproxima bastante al ideal. 😂 Gracias, marisa.

loveftv | 30/10/2020 09:29

Caramba con don Rogelio... Jajajjaja. Muy buen relato. Qué bonito es entregar a alguien a tu chico

mistercat | 30/10/2020 11:23

Sí, debe ser muy bonito. A mí todavía no me ha pasado, pero lo intuyo. xD Lo que no entiendo es qué tiene que ver Rogelio en todo esto... jajajaja.

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