Cazadora cazada. Parte 1

Cazadora cazada. Parte 1

A lo largo de mis 40 años, he tenido muchas experiencias, algunas curiosas, otras excitantes y otras, sencillamente impresionantes. Este relato va sobre una de estas ultimas. Por motivos de discreción, he cambiado algunos detalles, pero el fondo se mantiene.

Esta historia ocurrió hace unos diez años. Por aquel entonces estaba manteniendo una aventura con Antonia, trabé amistad con parte de su familia y un día fui invitado a una comida en casa de los padres de su marido, Jorge. El día transcurría tranquilo, charlita educada, bromas, juegos de mesa y en cuanto surgía la oportunidad, alguna mirada subida de tono o algún roce, no demasiado inocente, con Antonia.

Comimos, tomamos café, unas copas y la sobremesa se prolongó hasta la noche. Se convirtió en una cena improvisada y tras algunos chupitos, los padres de Jorge se empeñaron en que me quedara a dormir, para evitar que condujera en aquellas condiciones. Me arreglaron la habitación de invitados y poco a poco todos fuimos desfilando hacia las habitaciones.

El tonteo de todo el día me imposibilitaba dormir. Estaba excitado y mi mente divagaba por las múltiples posibilidades que se me habían ocurrido. Ademas los ruidos de que aquella casa de pueblo, enorme y con bastantes años, tampoco ayudaban. Me levanté para ir al cuarto de baño furtivamente, procurando hacer el menor ruido posible y volví a mi habitación con la sana intención de masturbarme para quedarme dormido. Pero cuando abrí la puerta de mi habitación comprendí que Antonia tenia otros planes.

Estaba tumbada en mi cama, con su pijama aun puesto, la camiseta subida por la cabeza, con las tetas al aire, la mano derecha perdida dentro del pantalón y por los movimientos de su cadera, estaba a punto de correrse. Mi polla no tardó en adaptarse a la situación y dentro del calzoncillo se puso dura.

Me acerqué al cabezal de la cama, me la saqué frente a sus ojos y sin mediar palabra apoyé mi glande contra sus labios. Antonia, lujuriosa, abrió su boca y mi polla se introdujo hasta ocupar toda su cavidad bucal. Su lengua acariciaba mi talle. Su saliva humedecía y calentaba la piel de mi sexo. Su respiración, entrecortada por el esfuerzo de aquella mamada, se detuvo cuando mis dedos pellizcaron sus pezones firmemente. El ritmo de su masturbación aumentó y adiviné que el clímax se escapaba de su húmeda vagina.

El cuerpo de Antonia se desmadejó en una serie de estertores que aumentaban el placer de la follada bucal que me estaba regalando. Mis caderas ayudaban con el ritmo de la felación y mis dedos recorríeron el camino que los separaban de su coñito. Al llegar a él, lo encontré húmedo, encharcado y ardiente, preparado para ser perforado.

Hundí con violencia un par de dedos en ella. Gritó de placer, un grito ahogado por la carne de mi polla. Su cuerpo se tensó nuevamente. Mis dedos escarbaban en su interior, buscando esa lentejita rugosa que haria que se licuara en un mar de jugos, casi instantáneamente. Descargó sobre mi mano una oleada de flujo cálido. Soltó, ansiosa por respirar, mi polla y me miró desesperada. Justo como me gustaba verla.
- “Ponte a cuatro patas, que te voy a reventar el coño”, conseguí mascullar, sujetándome la polla.

Antonia se bajó el pantalón y colocándose de rodillas sobre la cama, se recostó ofreciéndome, bien abierto, su chochito. Se veía brillante de jugos, hinchado por la excitación y oscuro por la acumulación de sangre en los labios.

Jugué con su clítoris, acariciándolo con la punta de mi glande, en pequeños círculos, rodeándolo y recogiendo sus jugos, humedeciendo la cabeza de mi ariete, inundando, con el aroma de su sexo, la habitación. Me agarré a sus caderas y de un brutal empujón la penetré.

Antonia dejó escapar un grito de placer, aunque intentaba ahogarlo mordiéndose el antebrazo. Mi pubis chocó contra sus glúteos, indicándome que me había enterrado por completo en ella. El chapoteo que acompañaba los golpes de mi pubis, me hacían aferrarme con fuerza a sus caderas.
- “Follame de una vez cabrón, si sigues así no voy a poder evitar chillar como una perra en celo”, me envidó Antonia.

Aceleré el ritmo de mis acometidas. Mi polla salia completamente de ella, para volver a enterrarse salvajemente. La cama comenzó a quejarse. La excitación del día, las ganas acumuladas, el morbo de la situación y la lujuria del polvo salvaje que nos estábamos regalando, hacían que mi éxtasis estuviese llamando ya a la puerta.

Antonia se desmadejó en una serie de estertores que acompañaban un orgasmo prolongado y profundo, obligandola a derramarse contra mi pubis, chorreando por mis piernas, gritando desaforadamente su éxtasis contra la almohada.
Enredé mi mano en su pelo y tirando con fuerza de su cabeza, destrocé su coño con un empellón bestial, enterrándome en su sexo hasta las pelotas y descargando mi corrida en el fondo de su ser. Mi lechada se estrellaba contra las paredes de su vagina, provocando en Antonia un nuevo orgasmo, contoneando sus caderas, ayudando con ello a exprimir mi pene, extrayendo de mis huevos hasta la ultima gota de mi esencia.

Mi cuerpo, desfallecido por la violencia del orgasmo, se dejó caer sobre la espalda sudorosa de Antonia. Me abracé a ella y besé con ternura su nuca, mientras recuperábamos nuestro resuello. Cuando mi polla perdió turgencia, se escurrió de su inundada cueva. Me tumbé entonces sobre la cama, mientras mi mano recorría con calma su entrepierna, recogiendo parte de su humedad y sintiendo en la yema de mis dedos los últimos temblores de su clímax.

Por un segundo, habría jurado que había alguien en la puerta del cuarto, que se había quedado abierta por lo súbito del escarceo amoroso. Pero teniendo en cuenta las posibilidades, deseché la idea rápidamente.

Antonia se levantó de la cama, recompuso su ropa, no sin antes recoger con su mano parte de mi esperma, goteante de su coñito, llevándoselo a los labios. Como sabia que me encantaba verla así de cerda.

Sin decir ni una palabra, salio de la habitación y me dejó allí, cansado, exhausto, satisfecho y bien follado, con una sonrisa en mis labios.

Al despertar por la mañana, las sensaciones de la noche volvieron a mi. Mi cuerpo despertó de nuevo con mi sexo hinchando. Me vestí con la ropa del día anterior y bajé a la cocina con la esperanza de poder tomar un café.

Publicado por: lois-y-peter
Publicado: 05/01/2021 06:03
Visto (veces): 145
Comentarios: 1
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Comentarios (1)

nidilfa | 08/01/2021 06:25

Muy bueno y excitante relato.

lois-y-peter | 08/01/2021 06:37

Muchas gracias, un saludo

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