Su morboso regalo.

Su morboso regalo.

Nada más verla, cuando abrió la puerta, supo que estaba necesitada de poseerla, no me bastaría con que se entregase y sentirse deseada, necesitaba una sensación más intensa, más fuerte, tenía que ser un verdadero sentimiento de posesión, de propiedad. Muchas cosas fueron contadas aquellos días de confinamiento entre los dos, pendientes de realizar, de tal forma que sabiendo que era mía podía hacer con ella lo que quisiera, pero a la vez, porque era mía, debía procurarme y cuidarme, con ese cuidado que solo pone un hombre con sus cosas, con esa mujer tan inteligente e intensa y en particular en las cosas más queridas y deseadas, su posesión más preciada. Y no, no es que quisiera hacerla sentir una cosa, un objeto, todo lo contrario, quería y necesitaba que se sintiera más mujer que nunca.

Y no se percató que tenía que ser tan mía porque le regalara la mejor de mis sonrisas, mi mirada directa y penetrante, que también lo hice, sino que esa sonrisa que como ella le dije, sin palabras, mostraría todas nuestras charlas y la suya le iluminaba todo el rostro e incluso todo a su alrededor. Ni por el conjunto que después del baño había elegido para esa tarde, uno de esos que tanto me gustan, ese tentaciones que resaltaba, sus cuatro décadas y su estilizada y fogosa figura, y aparentemente no mostraba nada pero lo insinuaba todo, pura sensualidad y provocación que enseguida noté atraía sin remedio mis más bajos instintos y mi mirada que aunque me esforzara, inútilmente haría en que no se me notara. Tampoco fue porque nada más abrir la puerta quedara sutilmente embriagado con su perfume, el mismo que usó la primera vez que nos encontramos y que siempre, me cuenta, le recuerda a mí en las noches de soledad y le obligaba a buscarme alrededor de la cama, cada vez que el aroma se cruzaba en su camino. Fue ese otro detalle, aquel pequeño fetiche, que tantas veces descansaba en el joyero, pero que aquel día se decidió poner, para ver cual era mi reacción y que nunca antes hasta ese día se había puesto para nadie: un collar de perlas.

Aquella vez, todavía con el cuerpo respirando agitadamente, jadeando y mientras yacíamos desnudos y abrazados sudorosos, una al lado del otro, le pregunté por el collar y le conté mi fantasía de hacerla sentir la más preciada posesión, y como cuando se lo pondría, y se masturbara con él puesto, mis orgasmos eran más intensos que nunca. "Me gustaría vértelo puesto un día desnuda, y que te abras de piernas para mi, mientras te pasa cada cuenta del collar por tu lindo coño", le dije. "Si ya sabes cómo me queda, me lo has visto con el traje", yo le conteste dándole una nalgada en su bello trasero, "Qué mala", le dije, "No es lo mismo. Nunca te pido nada"... Se quedó pensativa unos segundos y me contestó: "Me lo pensaré. Pero te lo tienes que ganar", y sonriendo acerqué los labios en un beso que recorría su boca. No volvimos a hablar sobre ello, siempre tan discreto no volví a preguntar, aunque después de ese día lo volví a ver con él en algunas fotos, expuestas por los pasillos de aquel lugar.

Al otro día, me recibió en la puerta del lugar convenido, sólo con una bata de satén blanco… y el collar de perlas reposando en su cuello. Eso me puso a mil… y mientras la agasajaba con una buen beso, que fue largo y prologando, donde sitió mi dureza pegada a su piel... Fue entonces, en aquel instante que la agarré entre mis brazos y la llevé a la cama y mi dedo corrió a engancharse en algunas perlas de su collar que tiré de ella hacía mi. Sentí como el collar se apretaba en su cuello y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Estábamos de pie, el uno frente al otro en la ribera de la cama, y ella sutilmente, me desvestía, y me quitaba la ropa. Mientras su bata se plegaba por mis manos recorriendo su cuerpo, ella lo hacía ella sola, dejando entre ver, que no llevaba nada más puesto que su collar debajo y unas tangas y dejando entrever sus enormes senos, erectos ya para la ocasión.. Ella me sintió dueño, y yo me sentí esclavo de sus emociones. Al instante pudo sentir como se erizaba toda mi piel, incluso como si de un acto reflejo se tratara noté como se mojaban sus braguitas, y nos besábamos sin parar, mientras ella jadeaba. No podía imaginar, hasta que punto iba a reaccionar al verla con el collar, y pensó que quizás lo viera solo como un complemento morboso que realzaría el estilo de su conjunto, por lo que su reacción me produjo una descarga de adrenalina y deseo que por inesperada resultó mucho más intensa. Se dejó arrastrar por el tirón que le día hasta que sintió sus pechos apretarse contra mi cuerpo, y quedaron pegados nuestros cuerpos, calientes y con la mezcla de nuestros fluidos, a punto de ser quedamos en aquella hoguera de pasión. Sus manos levantaron mi cara hasta que nuestras miradas se cruzaron. "¿Eres mía esta noche?", pregunté. "Toda tuya", le contesté con casi susurrando e inmediatamente sentí sus labios mordisqueando mis labios, y mi boca violada por su lengua. Su excitación corría paralela a la mía, y podía sentir mi erección creciendo bajo el calzoncillo mientras profanaba mi boca, y solo se detuvo para decirme: "fóllame duro; y no digas nada" apoyando su dedo índice en mis labios. Nos tumbamos los dos en la enorme cama de aquella habitación.

Cuando la giré en la cama, enseguida sintió mis manos deslizándose por sus piernas arrastrando las tanguitas, y al pensar que iba a empezar a jugar con su coñito que ya sentía mojado…. crasso error..., llevé sus brazos sobre su cabeza, y sintió la humedad de sus braguitas en torno a sus delgadas y finas muñecas cuando las enredé para atar sus brazos al cabezal de la cama. Me hice dueño de todo su cuerpo que recorrí de una y mil maneras, con mis manos, con mis labios, con mi boca, me sentí acariciar, manosear, lamer, chupar….. se sintió “devorada”, y cada nueva sensación elevaba mi excitación; fui dueño de su boca, del cuello, de la espalda, sus tetas, sus pezones empitonados, su vientre y la piel erizada, sus piernas y esas nalgas recorridas y atrapadas entre mis manos, o su delicioso coño atrapado en mi hambrienta boca derramando mi néctar. Cuando me movía resbaloso en torno a ella notaba mi verga firme como un mástil cuando se frotaba contra su sudado cuerpo, diciéndome, que “ hacía mucho calor”, y “no sabia si podía seguir aguantando tanto tiempo”... o cuando tiré del collar hasta que llené su boca de polla. Ella y mi cuerpo se dejaban hacer y vibraba con cada nueva sensación, se sentía sobreexcitada, como si una suave corriente de microorgasmos recorrieran su cuerpo, y ya podía sentir los jugos de su coño resbalando por sus piernas. Y me sentí estallar de gozo cuando saqué de su mesilla su joya más preciada, su dildo, y después de humedecerlo con los jugos de su coño la abrí de nalgas para insertarlo en el culo. Sobreexcitada como estaba, no sintió llegar el momento en que me puse tras de ella y sintió como mi polla, se iba abriendo paso entre los labios de su coño y se deslizaba dentro de ella, de un golpe, un primer gemido se ahogó en su garganta cuando a la vez que la penetraba entera mi mano agarró y tiró del collar como si tomara impulso, solo para estallar en un gemido más intenso cuando la sentí toda dentro de mí. El gesto se repitió, fuertemente, estocada a estocada, hasta que sin fuerzas para emitir tan siquiera un suspiro mi cuerpo se derrumbó sobre la cama, y desalojando la enorme corrida sobre su culo, tembloroso y movido solo por pequeñas sacudidas que como corrientes eléctricas vibraban... irradiando desde su coño acuoso hacia el resto de su cuerpo, y que todavía hoy erizan mi piel al recordarlo.

Desde aquella noche no se ha vuelto a poner el collar de perlas, y no hemos hablado ni sobre aquella noche ni sobre el collar, rompería la magia de aquel momento. Sin embargo, esta noche cuando entre por la puerta y descubra el collar en su cuello, será la señal que active mis más perversos y morbosos actos y entonces…. las sensaciones saldrán de paseo.

Publicado por: xasmorboso
Publicado: 05/01/2021 06:12
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Comentarios: 1
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Comentarios (1)

lois-y-peter | 08/01/2021 06:19

Muy buen relato, muchas gracias por compartirlo

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