Una fantasía obsesiva (parte 1/2)

Una fantasía obsesiva (parte 1/2)

Mi mujer, Leticia, es una auténtica viciosa de los masajes. Hay pocas cosas que le hagan disfrutar tanto. En cuanto se tiende sobre la camilla, se olvida de todo, abandona su cuerpo en las manos del masajista como quien entrega su alma al diablo.
         Y no estoy hablando de masajes eróticos, no va por ahí la cosa, aunque he de confesar que siempre he tenido la duda ―¿o más bien el deseo?― de saber si ella se prestaría alguna vez a dejarse llevar de ese modo y permitir que la tocaran más allá de lo estrictamente necesario.
         Nunca se lo he dicho, pero me he excitado muchas veces pensando que sus sesiones en el spa ocultan un preciado secreto.
         Yo, por mi parte, tengo una obsesión: fantaseo constantemente con tener una experiencia..., digamos, liberal: me encantaría observar cómo otro hombre se propasa con ella.
         Le he propuesto en varias ocasiones acudir a un local de esos donde se realizan intercambios, o buscar algún chico en una web de contactos que se prestara a hacernos este favor, pero, qué va, Leticia no quiere oír hablar del asunto. Imagínense la frustración que tengo.
         ―No sé cómo se te ocurre pedirme algo así ―me dijo la última vez que hablamos―. ¿Ponerme en manos de otro hombre? Eso es que no me quieres.
         ―Joder, ¿qué tendrá que ver, Leticia? Desde luego, qué poco moderna eres... ¡Estamos en el siglo XXI! ―le decía yo, intentando ganar terreno―. Y claro que te quiero, no digas tonterías.
         ―Pues si me quieres no me hables de esas cochinadas. Tú y tus moderneces. Desde luego, cómo sois los hombres ―dijo indignada, dándome la espalda.
         No había manera de convencerla. Lo peor de todo ―y esto me sorprendía a mí mismo― es que su actitud mojigata me excitaba aún más. Su pudor incentivaba mi fantasía, me hacía desear todavía con más ganas ver su cuerpo profanado por las manos de un desconocido. ¡Me volvía loco!
         Por cierto, no deben interpretar, por lo que vengo diciendo, que Leticia no es una mujer apasionada. Lo es, y mucho. Nuestra vida sexual es muy satisfactoria. Incluso se presta a usar conmigo algunos juguetes y a realizar algún que otro juego erótico. Si ustedes la vieran vestida de enfermera... Así que por esa parte no tengo queja. Es solo que... tengo esta pequeña obsesión. ¡Quién me la habrá metido en la cabeza!
         Ah, y no es por fanfarronear, pero he de decir que mi mujer es muy atractiva. Es bajita, eso sí, pero si desean hacerse una idea, piensen en un jarrón de porcelana: ancho y redondeado por abajo y delgado y estilizado por arriba. Me mata su piel blanca y sus pechos generosos salpicados de lunares. Imagínense todo eso con una melena ondulada de color castaño hasta los hombros y una cofia con una cruz roja.
         En fin, la cosa es que llevaba muchísimo tiempo dándole vueltas a la cabeza, masturbándome a solas con esta fantasía obsesiva, pensando cómo lograr que otro hombre la hiciera disfrutar... y, de ese modo, hacerme disfrutar a mí.
         Hasta que de pronto un día se me ocurrió una idea. Mi mente ató cabos. Tuve una de esas revelaciones que te iluminan la cara, como si tuvieras la certeza de que has dado con la clave y que nada puede salir mal. ¿Ya lo adivinan? ¡Las sesiones de masajes! Embargado por esa sensación positiva, decidí que había llegado el momento de arriesgarse y de ponerse manos a la obra.
         Lo primero que hice fue buscar al hombre adecuado. Tenía que afinar el tiro, dar con un chico que reuniera todos los requisitos, conseguir el señuelo perfecto para atraer a mi presa.
         Conocía muy bien a Leticia, y sabía de qué pie cojeaba: le gustaban los hombres altos, morenos y fuertes, pero no muy musculados. Tenía que hacer las cosas bien, pues hasta cierto punto sentía que podía poner en riesgo mi relación con ella. No puedes saber cómo va a reaccionar una persona cuando la llevas al límite.
         Así es que tuve que desengrasar mis dotes detectivescas e investigar un poco. Encontré la respuesta en otro spa que había al otro lado de la ciudad, el Edén se llamaba, uno mucho más moderno y con mejores servicios que aquel al que acudía Leticia desde hacía más de un año. Allí localicé a Darío, un quiromasajista de 28 años que lo conocía todo sobre el arte del masaje, un tipo alto, fibroso, con la mandíbula cuadrada, pelo negro tupido y ojos verdes. Le propuse tomarnos un café una tarde en una terraza para explicarle mi plan, una vez acabada su jornada laboral.
         La cosa era sencilla: yo quería observar desde un lugar oculto una sesión de masaje "especial" para mi mujer, quería que él se las ingeniara para avanzar con sus manos sobre su cuerpo de tal modo que ella no opusiera resistencia. Para mí, ese paso era el más crucial. Si conseguía superarlo, quizás sucedieran más cosas. Le dije que, por mi parte, no habría límite, que mi deseo era que tratase de llegar hasta donde pudiera con ella, hasta donde quisiera, ¡hasta el final!
         Darío dejó la taza de café en el platillo con cuidado y me miró a los ojos, muy serio:
         ―Oiga, perdone, pero... creo que usted se ha equivocado conmigo. Aquí no hacemos ese tipo de servicios.
         ―Lo sé, lo sé, no te enfades, Darío ―le dije tocándole en el brazo y forzando el tuteo―, por eso te he traído aquí para charlar en privado. Hablando se entiende la gente, ¿no? Si ocurriera algo, yo correría con toda la responsabilidad, no te preocupes ―le expliqué, tranquilizándolo.
         Darío se quedó observando el fondo de la taza, pensativo.
         ―¿Por qué no la lleva al lugar apropiado? ―me preguntó. Me gustó este gesto suyo, porque yo ya le había dicho que le pagaría lo que me dijera―. Hay locales que se dedican a eso. Conozco uno por aquí cerca.
         ―Precisamente por eso, porque ella no acudiría a un sitio así. No debe sospechar lo más mínimo, Darío, ¿entiendes? Me la estoy jugando, pero es que estoy loco por verla en una situación como esa, es algo que me puede. ―Darío sonrió esta vez. Creo que empezaba a comprender lo persistente y obsesiva que puede ser una fantasía erótica―. Y tutéame, hombre, no te enfades, que solo estamos hablando.
         Volvió a sonreír. Empezó a relajarse un poco.
         ―Necesitaría tener varias sesiones ―me dijo entonces, muy seguro. Yo lo miré con curiosidad.
         ―¿A qué te refieres?
         ―Tengo que ganarme su confianza. Quizás necesite estar con ella... ―Darío se detuvo, apurado, consciente de que estaba hablando de mi mujer. Sentí un pellizco de excitación.
         ―¡Sigue, hombre!, ja, ja, ja, explícate.
         ―Quizás me convendría estar con ella un par de veces, darle un masaje ordinario en una primera sesión, solo para que me conozca, para que se sienta cómoda.
         ―Ya te entiendo ―le dije asintiendo, con una sonrisa traviesa―. Ok. Entonces... ¿lo intentarías en la segunda sesión?
         Darío ladeó la cabeza y alzó las cejas, como dándome a entender que quizás podría arreglárselas.
         ―Bueno ―continué―. ¿Y qué me dices de... ? ¿Cómo podría verlo todo sin que nadie me vea a mí?
         Ahora Darío no parecía estar preocupado.
         ―Pues esa parte es bastante sencilla. En el salón de masajes dispongo de un pequeño cuartito donde tengo una mesa con un ordenador y mis juguetes.
         Lo miré extrañado.
         ―¿Tus juguetes?
         ―Sí, hombre, ya sabes: aparatitos con electrodos, un esqueleto completo, aceites, toallas, almohadillas anatómicas y todo eso. ¿En qué estás pensando?
         ―Ja, ja, perdona. Vale. Y crees que podría meterme ahí.
         ―Sí. Además, tiene una ventanita con un cristal que desde fuera hace de espejo. Desde ahí puedes ver lo que ocurre en la sala, pero no al revés.
         ―Guau... Pues parece perfecto. ―Darío alzó los hombros―. ¿Mi mujer no tendría que entrar ahí en ningún momento?
         ―No, a menos que yo se lo pida. Los clientes se pueden cambiar en un lado de la sala, tras un gran biombo.
         ―Inmejorable ―le contesté. Estaba empezando a ver claramente la luz al final del túnel―. En verdad, a mí lo que me gustaría es estar presente, ¿sabes? Me vuelve loco pensar que ella se deja hacer mientras yo la observo a su lado. Se me ponen los pelos de punta solo de pensarlo. Pero... eso es imposible.
         Darío volvió a sonreír, como pensando "menudo elemento".
         ―Claro, se negaría en rotundo, supongo ―me dijo.
         ―Exacto, ni hablar del asunto. Por eso tengo que ocultarme, no me queda más remedio. Quizás más tarde, si ocurrieran cosas, tal y como yo deseo, saliera de mi escondrijo...
        El masajista pareció sorprenderse.
         ―¿Salir y... pillarnos en faena, dices? ―Asentí con la cabeza―. Se podría montar un cirio, ¿no?
         ―Es posible. Pero es que no quiero quedarme en las sombras sin más. Eso me excita, por supuesto, pero lo que realmente me pone como un mono es que ella me vea, que ella sepa que estoy ahí, observándola. Te parece retorcido, a que sí.
         Darío levantó las palmas de las manos.
         ―En materia de sexo, cada uno con su tema.
         Le sonreí como para darle las gracias por ser comprensivo.
         ―Bueno, de todos modos, al final no sé si me atreveré a salir ―seguí explicándole―. Según cómo lo vea en ese momento.
         ―Ok, eso ya queda de tu parte.
         La charla duró unos minutos más. Pero antes de acabar, le hice una pregunta más.
         ―Y ahora en serio, Darío. Llevas mucho tiempo en este negocio, lo sabes todo sobre masajes. ¿Me vas a decir que nunca te han propuesto algo parecido? ―Lo miré con suspicacia―. ¿Nunca has tenido una experiencia, digamos, "creativa" en tu horario de trabajo?
         Darío sonrió abiertamente. Casi no me hizo falta que contestara, pero me dijo:
         ―Por supuesto que sí, muchas veces. Pero tengo que cuidarme en salud, Víctor. Me gusta mi trabajo, y no quiero meterme en líos.
         ―Claro, te entiendo perfectamente.
         Al final llegamos a un acuerdo. Lo dejamos todo pactado para el siguiente sábado a las seis de la tarde. Decidí que quería estar presente también en esa primera sesión. El solo hecho de espiarlos me excitaba. Quería ver cómo se las ingeniaba para "hacer sentir cómoda" a mi mujer.
         Ahora solo me quedaba tramar el modo de llevar a Leticia hasta el Edén. Darío me facilitó las cosas: me dio dos vales de promoción del centro para asistir gratuitamente. Era solo una estratagema, no eran verdaderos. Tendría que pagarle las sesiones y, aparte, sus propios honorarios extra.
         Las cosas parecían marchar bien. A medida que se acercaba el día, más me costaba controlar mis emociones. Temía que Leticia me notara algo.
         El jueves por la tarde, al llegar a casa tras el trabajo, me acerqué a la cocina. Ella leía una revista de modas mientras se tomaba un bol de cereales, sentada frente a la mesa. Tiré los dos vales del Edén sobre el mantel, como quien no quiere la cosa. Luego cogí un vaso de una alacena, abrí la nevera y me serví té con limón de una botella.
         ―¿Qué es eso? ―Se inclinó y leyó los vales―. ¿El Edén?
         ―Un nuevo spa que abrieron hace poco.  Los dejaron en el buzón de la empresa ―le dije tras tomar un sorbo―. Dos sesiones de masajes, creo, gratuitos, para este sábado y el próximo. Yo no puedo ir. No te lo he dicho, pero Óscar me pidió si podía ayudarlo a lijar el casco de la zodiac.
         Soltó la revista y los cogió para ojearlos.
         ―Pues yo sí que puedo ―dijo, más contenta que unas pascuas―. No te importa, ¿no?
         ―No seas boba, los traje para ti.
         ―Pues gracias, a veces eres un cielo ―dijo, y se estiró sobre la silla para darme un azote en la nalga. «Otro pasito más», pensé.
         Ya anteriormente le había regalado algún que otro masaje, pero sin "final feliz", por supuesto. Esta vez no podía imaginarse lo que estaba tramando.
         Ese primer sábado por la tarde, tuve que anticiparme a Leticia para ocultarme en el despachito de Darío. Fui directamente desde la casa de Óscar, después de darme una ducha allí mismo. Había acabado de polvo hasta las cejas.
         Cuando quedaban apenas veinte minutos, Darío me hizo pasar al salón de masajes. Me quedé impresionado. Era una estancia agradabilísima, con las paredes en tonos pastel, con tenues luces de colores cálidos que emanaban de distintos rincones, algunas plantas de interior en sus macetas, una pequeña fuentecilla empotrada que hacía un ligero murmullo continuo, esculturas de formas suaves y redondeadas, iluminadas desde el interior con la llama de una vela. Y envolviendo todo el conjunto, una música ambiental de lo más relajante. Casi me arrepentí de haberle dado los vales a mi mujer... (No se lo han creído, ¿verdad? Bien hecho.)
         En la pared que daba a la pequeña oficina estaba la ventanita, cuyo cristal hacía de espejo. Era cierto, desde este lado no se veía nada del interior.
         Entramos y me situé tras él. Desde ahí tenía una panorámica perfecta del salón. Sentí un hormigueo en el estómago al ver la camilla, que estaba colocada con la parte de los pies hacia el despacho.
         Darío sacó su móvil y miró la hora.
         ―Te dejo. Quiero esperarla fuera. Dejé dicho en recepción que yo me haría cargo de la señora Leticia Abreu.
         ―Ok. Aquí estaré, callado como un muerto.
         Y allí esperé a la parejita, que volvió al cabo de un cuarto de hora. Cuando los vi aparecer por la puerta casi me da un jamacuco. No recordaba haber estado así de nervioso en mucho tiempo.
         Lo primero que hizo Darío fue descalzarse. Se acercó a una especie de cómoda que había en la pared izquierda a mi ventana, donde tenía los aceites y demás utensilios preparados, y dejó sus zuecos a un lado. El suelo era de tarima flotante, por lo que supuse que no estaba frío. Llevaba unos pantalones de lino de color blanco, muy sueltos y ligeros, y una chaquetilla de enfermero.
         ―Pase detrás del biombo, Leticia ―le dijo a mi mujer.
         Ella estaba girando sobre sí misma en el centro de la sala, mirando a su alrededor, encantada como yo cuando la vi por primera vez.
         ―Gracias ―dijo.
         No había dudas: Darío era un fenómeno. Sabía perfectamente lo que se hacía. Después de descalzarse se quitó la chaquetilla y se quedó con una camiseta de tiros, de algodón, bastante ajustada, blanca también. Tenía algo de vello oscuro en el pecho, unos brazos fibrosos y potentes, y un torso torneado que ya quisiera yo para mí.
         No sé si era su costumbre, pero cuando mi mujer se fue tras el biombo para cambiarse él le dijo que se desnudara completamente, que estaría más cómoda. Aunque no pude verla, imaginé la cara que de seguro habría puesto Leticia, tan pudorosa como es. De hecho, la oí decir, titubeante:
         ―¿También la parte de... ?
         ―Voy a usar varios tipos de aceite ―le explicó él. No quiero que se le manche.
         «Qué bueno», pensé. Cuando Leticia salió de detrás del biombo, descalza como él, llevaba una toalla alrededor del cuerpo. En ese momento, Darío estaba de espaldas preparando sus cosas sobre la cómoda. Observé cómo mi mujer, sorprendida, lo miraba a hurtadillas, de arriba abajo, mientras se acercaba a la camilla. Se subió con dificultad, pues estaba bastante alta, y esperó sentada, con las piernas recogidas. Me pareció que estaba ruborizada. Darío se giró solo un momento.
         ―Póngase boca abajo, Leticia ―le dijo―. Enseguida estoy.
         Mi mujer obedeció. Al ver que él volvía a darle la espalda, se puso de rodillas, se desató la toalla y se tendió sobre la camilla, dejándosela por encima. Darío se acercó a ella y fue doblando varias veces la toalla hasta que solo formó una pequeña franja que colocó encima de sus nalgas. No las cubría lo suficiente, y yo sabía que Leticia debía estar incómoda. Pero el tipo lo hacía con tal naturalidad e indiferencia que no dijo una palabra.
         Comenzó a realizarle el masaje, y comprobé de inmediato que era un auténtico profesional. ¡Qué modo de usar las manos! Iba añadiendo aceite a cada tanto de un dosificador que tenía ajustado a la cintura.
         ―Tiene una piel magnífica ―le dijo en cuanto puso sus manos encima―. ¿Se la cuida mucho?
         Darío hablaba en susurros. Sus palabras se confundían casi con la música ambiente. Nada desentonaba en aquella atmósfera relajante. Mi mujer titubeó.
         ―Pues... sí... Bueno, no mucho, en verdad. Uso solo un body-milk.
         ―Pues qué suerte. La tiene tan suave.
         Unos pocos minutos después, cuando le masajeaba los muslos, dijo:
         ―¿Hace ejercicio? La encuentro muy tonificada.
         ―Eh... sí, voy a... Hago un poquito de aerobic y algunos ejercicios de colchoneta en el gym.
         Lo del aerobic no era verdad. Pero salía a caminar a menudo, eso sí. «Qué tramposilla», pensé. Me excitó su travesura. 
         ―¿Solo eso? Pues se mantiene usted en forma. Tiene un cuerpo muy bonito.
         ―Gracias ―dijo mi mujer. Una sonrisa quedó flotando unos buenos segundos en su cara. Se fue desvaneciendo poco a poco, a medida que Darío la seguía masajeando. Yo estaba comenzando a tener una erección.
         Minutos más tarde, Darío comenzó a manipular sus piernas. Fue entonces, mientras las alzaba y flexionaba para practicarle algunos estiramientos, cuando vi cómo se abría un hueco entre ellas y asomaba ligeramente la vulva bajo la toalla. Yo tragué saliva, inmóvil, con los ojos fijos en aquel punto. Las manipulaciones duraron un buen rato, y entretanto yo había comenzado a mojarme.
         La sesión continuó transcurriendo con toda "normalidad", aunque para mí constituía todo un disfrute. Cuando Darío le pidió que se pusiera boca arriba, dándole espalda, vi otro gesto de Leticia que me sorprendió, y que me produjo otro pellizco en el estómago. Se sentó sobre la camilla, sujetando la toalla con un brazo, luego se tendió hacia atrás y se la colocó encima, de modo que le cubría desde los pechos hasta algo más abajo de su ingle. Pero entonces vi que giraba el rostro un segundo hacia Darío, para asegurarse de que no la veía, y tiró de la toalla hacia abajo, de tal manera que gran parte de sus pechos quedaron desnudos. Entonces se echó hacia atrás y cerró los ojos. Y, conociéndola, puedo asegurar que no pensaba abrirlos pasase lo que pasase.
         «Vaya, vaya, vaya», me dije yo, «miren a la santita». No pude reprimir mi mano, que bajó hasta mi entrepierna para palpar mi dureza. Comencé a tocarme sobre la tela.
         Darío, al volverse hacia la camilla, se percató de aquel detalle, y justo en ese instante miró hacia el espejo, donde yo estaba. A punto estuve de apartarme, aún no tenía asimilado que no podía verse nada desde fuera. No estoy seguro, pero creo que vi asomar una especie de sonrisa por un lado de su boca.
         Entonces volví a ver al profesional en acción: aprovechando aquel detalle de mi mujer, comenzó a doblar la toalla con toda tranquilidad tomándola desde el extremo de abajo. Fue doblándola una y otra vez hasta que la convirtió en una estrecha banda que solo cubría sus pechos, a la altura en que ella misma la había colocado. Durante todo ese tiempo, su vulva quedó desnuda.
         Justo cuando Darío comenzó a realizar esta operación, observé durante una milésima de segundo cómo las piernas de mi mujer se contrajeron en el momento en que su vulva quedó al descubierto. No pudo evitar que se le escapara ese acto reflejo, pero luego se quedó quieta. Yo estaba sorprendido y... encantado. Después tomó otra toalla pequeña de la cajonera de la cómoda, la dobló y la colocó sobre su pubis.
         De nuevo, las manos de Darío recorrían la piel de mi mujer con habilidad mágica. A la hora de masajearle el torso, los hombros y el vientre, era toda una odisea no tropezar con la toalla que le cubría los pechos. Más de una vez, consiguió desplazarla de su sitio unos centímetros, dejando una buena parte de los pechos desnuda.
         Pero eran gajes del oficio. Él seguía actuando con total naturalidad. Cuando ocurría eso, no iba a colocarla enseguida, no, sino que seguía a lo suyo, haciendo sufrir a mi mujer ―si es que realmente sufría― durante esos instantes, a veces muy largos.
         En otra ocasión, logró incluso que quedara asomando su bonito pezón. ¡Jesús, qué rica visión! Y allí se quedó durante casi un minuto, desprotegido, flagrante, tan ocupado estaba Darío, hasta que volvió a colocar la toalla en su sitio.
         Tampoco se me escapó el detalle de que, mientras le masajeaba la cara y estiraba su piel con sabios movimientos, colocado a la cabeza de la camilla, pasara también las yemas de los dedos por encima de sus labios. A mi mujercita no pareció disgustarle.
         De pronto, Darío volvió a sorprenderme. Se alejó de la camilla con pasos silenciosos y comenzó a quitarse la camiseta. Entonces observé a mi mujer. Seguramente extrañada por aquella pausa y aquel siseo de ropas, abrió un instante los ojos y vio cómo el torso fibroso, velludo y ligeramente perlado de sudor de Darío aparecía desnudo bajo la tenue luz del cuarto.
         ―Es para no mancharme ―le dijo, colocando la prenda sobre la cómoda―. Necesito que se apoye sobre mí.
         Yo no entendí lo que quería decir. Acto seguido, se colocó junto a la camilla, por un lado, más próximo a la parte baja, tomo una de las piernas de Leticia, apoyó la planta del pie sobre su pecho y, dejándose caer suavemente, la fue flexionado poco a poco.
         ―Si siente alguna molestia, dígamelo, ¿ok? ―le dijo.
         Y al hacerlo... ¡oh, Dios!, la vulva de mi mujer brotaba de debajo de la toalla como la proa de un buque. ¡Imposible que aquel trapito pudiera protegerla con semejante ejercicio! Cuatro segundos, cinco, seis... Y de nuevo otro estiramiento. Darío seguía hablándole en susurros, halagándola:
         ―Qué flexible ―dijo. Y cuando ya casi estaba sobre ella, inclinado con su peso―: Aguante un poquito.
         Y Leticia aguantaba... tres segundos, cuatro, cinco. Después, vuelta a colocar la toalla, a pasarse al otro lado de la camilla, a tomar la otra pierna y a continuar con los estiramientos.
         Me marché de allí con un ligero dolor en el pubis y completamente mojado. Menuda tortura... tan placentera.
         Me despedí de Darío no sin antes charlar unos minutos sobre lo que había pasado y sobre lo que podría ocurrir el próximo sábado. Él no parecía estar preocupado: sencillamente se dejaba llevar en función de cómo iba respondiendo Leticia.
         Para mí, este primer encuentro había sido todo un éxito, pero quería más, mucho más. En fin, ya se vería. Le estreché la mano y quedamos en llamarnos el próximo viernes para arreglar la cita del sábado.
         Al salir del Edén, tuve que acicalarme como pude en el coche y dejar pasar unos minutos para no llegar a casa al mismo tiempo que mi mujer.
         Cuando aparqué en el garaje, sentí de nuevo un hormigueo en el estómago. El hecho de haber presenciado todo aquello me daba un extraño poder sobre Leticia. Yo sabía algo que ella ignoraba por completo. ¿Cómo iba a reaccionar cuando me viera? ¿Admitiría algo? ¿Se lo notaría en la cara? Me excitaba solo de pensarlo.
         Cuando entré, fui directamente a mi cuarto a por una muda de ropa. Quería darme otra ducha, pero entonces escuché que ella estaba precisamente en el baño. Toqué en la puerta con los nudillos. Estaba entreabierta.
         ―Ya estoy aquí.
         ―Ah, hola ―dijo. Vi su silueta tras el cristal de la mampara.
         ―Avísame cuando salgas. Yo también quiero ducharme.
         ―Ok, enseguida acabo.
         Cuando me hube duchado, me fui a por algo de comer a la nevera y me fui con ello al salón. Leticia estaba allí, acurrucada en una esquina del sofá, con el móvil en la mano y el televisor encendido. Solo llevaba unas bragas de color turquesa y una camisa holgada de color gris. Me senté a su lado, le di un beso, puse los pies sobre la mesa baja y empecé a meterme tallarines en la boca con unos palillos.
         ―¿Qué tal el Edén? ¿Venías de allí? ―le pregunté sin mirarla.
         ― Sí, de allí. Pues... bastante bien.
         ―¿Mejor que el otro centro?
         ―Bueno, no sé si mejor. Pero es más... más moderno, y muy bonito por dentro. Me gustó.
         Me metí otro puñado de tallarines en la boca.
         ―¿Y qué tal el masaje? ¿Son tan buenos como anuncian?
         Se puso a mirar el móvil, a deslizar el dedo por la pantalla. Entonces me miró con despreocupación y dijo:
         ―Eh... sí, sí, bien. La ch... El chico era muy bueno, en verdad.
         Me tomé un segundo para responder. Creo que mi mujercita estuvo casi a punto de mentirme. «Y tan bueno», pensé.
         ―Ah, ¿te atendió un chico?
         ―Sí... Darío, se llama. Es quiropráctico.
         ―¿Mejor que Ylenia?
         Ladeó la cabeza y alzó un tanto los hombros.
         ―Bueno, son distintos. Ella lo hace muy bien también.
         Ylenia era su masajista en el otro centro, desde hacía meses. Seguí masticando la comida china. Luego cogí el mando a distancia y apunté hacia la tele. Ella seguía mirando el móvil.
         ―¿Puedo cambiar de canal? ―Me dijo que sí con la cabeza―. Pues no te veo muy convencida. Te queda otra sesión más, ¿no? ¿Vas a ir?
         Debí parecerle un niñato curiosón, y temí que notara algo raro en mi insistencia, pero tenía que preguntárselo. Y además... me excitaba.
         ―Sí, creo que sí. Total, aprovecharé. Ya que es gratis...
         Claro, ya que es gratis... Cómo me habría gustado decirle que lo vi todo; que su masajista no solo era muy bueno, sino que también estaba muy bueno, y que yo sabía que le había gustado; que ella le tocó los fuertes pectorales con las plantas de los pies; que él le acarició los labios con los dedos; que ella se bajó intencionadamente la toalla para dejarle ver un poco más de lo necesario; que Darío le había visto un pezón y la vagina en varias ocasiones, y, lo mejor de todo, que ella no hizo nada para impedirlo. Me habría gustado, pero no se lo dije. Todavía no.

(Continúa)

Publicado por: sr-wallace
Publicado: 21/08/2021 23:01
Visto (veces): 287
Comentarios: 5
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Comentarios (5)

morenito27 | 23/08/2021 11:42

Ya puedes poner el segunda ya!!! Jejeje enorabuena

sr-wallace | 23/08/2021 12:09

Gracias, morenito. Estoy en ello, aqí los administradores se lo toman con tranqilidad.

atrevidosbrasil | 22/08/2021 14:50

Buenísimo relato y así empezamos nosotros con un buen masajito sin malas intenciones 😜

sr-wallace | 22/08/2021 15:03

Las malas intenciones vienen después, jeje. Gracias, atrevidos.

lapetitemort | 22/08/2021 11:32

Por favor, necesito la información de ese Spa, últimamente ando un poco tensa =). Y tú, no nos hagas esperar mucho para la segunda parte, sería un detallazo!! XD. Genial, como siempre ^^,

lapetitemort | 22/08/2021 11:40

Desde luego, el estrés me está restando años de vida. Necesito un Darío en mi vida xD. Estaré atenta, aunque mi fuerte no es la paciencia precisamente xD.

sr-wallace | 22/08/2021 11:43

Un Darío en tu vida... Eres la puñetera pera. ^^, (Uhm, créeme, sé que la paciencia no es tu virtud. xD)

lapetitemort | 22/08/2021 12:51

Jajajajaja tengo que tener cuidado, ya me vas conociendo y eso no puede ser!! XD

loveftv | 22/08/2021 08:52

Diossssss que ricoooo. Publica yaaaaaaaa

sr-wallace | 22/08/2021 10:05

Jajajajaja, ¡¡estoy en ello!! xD

marcman | 22/08/2021 02:28

Necesito la segunda parte ya XD. Muy buen aporte Wallace.

sr-wallace | 22/08/2021 07:02

Jajaja, gracias, marcman. Enseguida me pongo con ello. xD

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