Una fantasía obsesiva (parte 2/2)

Una fantasía obsesiva (parte 2/2)

Siguieron pasando los días. El jueves, Darío me envió un WhatsApp donde me decía que mi mujer había reservado cita para el sábado, a las cinco, así que mi plan seguía en marcha.
         Ese día, Leticia y yo salimos a almorzar a un restaurante, como hacíamos frecuentemente. Después de regresar a casa y echarnos una pequeña siesta, le dije que me iba un rato al gimnasio. Eran las cuatro de la tarde. Ella me dijo que tenía cita en el Edén.
         ―Ah, sí. ¿Pediste hora?
         ―Sí. A las cinco. Nos vemos después.
         No, yo te veré antes.
         ―Ok ―le dije. Me acerqué a darle un beso, agarré mi mochila y salí.
         Por un momento pensé entretenerme haciendo algunas pesas, pero temí que se me hiciera tarde y abandoné la idea. Hice algo de tiempo tomándome un café en una terraza y viendo vídeos en Youtube en el móvil. Luego me acerqué al Edén.
        Darío había tenido un hueco vacío de dos horas esa tarde. Me hizo pasar a su despacho. Yo seguía llevando la ropa de deporte: pantalón corto, camiseta y playeras. Él se sentó tras su mesa y yo, en una silla. Quedaban unos quince minutos para las cinco.
         ―¿Te importa que me descalce? ―le dije.
         ―No, no, adelante. Ya es casi la hora.
         Entonces oímos que alguien tocaba a la puerta. Me llevé un pequeño sobresalto. Darío se acercó a abrir y yo me apresuré con las zapatillas y los calcetines. Observé por la ventanita. Era la recepcionista:
         ―La señora Abreu ya está aquí.
         ―Ah, muy bien. Voy enseguida.
         Darío miró en mi dirección, hacia el espejo. Yo me asomé al hueco de la puerta y levanté el pulgar. Salió del salón.
         Cuando los vi entrar, mi mujer se estaba disculpando porque aún quedaban diez minutos para la hora.
         ―Ah, no se preocupe ―le dijo Darío―. No estaba ocupado. Hemos tenido una tarde bastante relajada. Pase, pase, vaya preparándose.
         ―Gracias.
         Tras el cristal, yo asimilaba mi primera sorpresa: mi mujer se había puesto muy guapa, más de lo necesario. Había empleado bien la tarde. Como se había puesto sandalias abiertas, vi que llevaba las uñas de los pies pintadas de un tono fucsia muy bonito. Cuando fuimos al restaurante, no llevaba pintura.
         Darío se acercó a una esquina del salón, pulsó el play en un reproductor y puso en marcha el hilo musical. Luego presionó unos botones de un pequeño panel en la pared y cambió por completo la iluminación. Todo quedó en una suave penumbra, con focos de luz cálida desperdigadas por la estancia. A continuación, se acercó a la cómoda, dejó sus zuecos en un lado, se quitó la chaqueta y la camiseta de tiros y comenzó a preparar sus utensilios.
         A los pocos minutos salió Leticia cubierta con la toalla. Como era tan bajita, le costó subir a la camilla, pues trataba de sujetársela con un brazo sobre los pechos, apurada por que se le desatara el nudo. Darío la vio y se acercó a ayudarla. La tomó de las axilas y la sentó en el borde, como si fuera una niña. Vistos desde mi posición, parecían David y Goliat.
         ―Gracias.
         Darío se quedó un instante frente a ella y luego bajó la mirada hacia sus pies.
         ―Me encanta este color.
         ―Ah, ¿las uñas? ―le dijo, sonriente, y balanceó varias veces los pies, poniéndolos de punta―. Gracias.
         Él le tomó uno entre las manos.
         ―Sí, muy bonitos.
         Detrás del cristal, un pensamiento:
         Este tío es un maestro.
         Luego le dio la espalda y se acercó a la cómoda.
         ―¿Boca abajo? ―le preguntó entonces mi mujer.
         ―Sí, sí, boca abajo ―le contestó sin girarse.
         Ella hizo como le pedía, solo que esta vez sus piernas quedaron ligeramente más separadas. Vaya...
         El ritual se repitió como en la sesión anterior. La toalla, bien dobladita, solo cubría parcialmente las nalgas de Leticia, y su vulva rasurada, que daba hacia el cristal de mi ventana, casi asomaba la nariz.
         Gracias, cariño.
         Yo no les quitaba ojo. Darío se las ingeniaba para hacer sentir a gusto a mi mujercita, la masajeaba con sus grandes manos expertas, le hablaba en susurros, con frases cortas:
         ―Tiene la espalda salpicada de lunares ―le decía mientras pasaba sus manos.
         ―Sí, tengo demasiados ―respondió ella, la cabeza en el hueco de la camilla―. Y también por... por delante.
         ―Sí, ya me fijé la vez anterior. Pero no son demasiados. Yo los encuentro muy sexis.
         Leticia guardó silencio. Solo emitió una risilla ahogada.
         En determinado momento, mientras Darío le masajeaba las piernas, de espaldas a mí, observé cómo sus manos, colocadas en torno al muslo, iban avanzando peligrosamente hacia arriba con movimientos cada vez más largos, adentrándose poco a poco en el hueco que se formaba entre las ingles, desplazando a veces la toalla. Tras unas pocas pasadas, comprobé cómo, ¡joder!, le rozaba los labios de la vulva con los dedos. En ese instante, pude notar la tensión que iba creciendo entre ellos, el silencio cortante que los invadía.
         Luego continuó con la otra pierna, comenzando desde los pies hacia arriba. A estas alturas, mi mujer estaba ya tan abierta que yo podía ver claramente la entrada de su vagina y los dedos de Darío rozándola con cada pasada. Cuando lo hacía con cierta brusquedad, pude ver cómo los labios quedaban temblando un instante. Las cosas estaban llegando a un punto crucial, pensé.
         Fue entonces cuando él miró hacia atrás, hacia el cristal, buscando unos ojos que no podía ver.
         Ahora o nunca, dijo el espejo.
         Las manos de Darío se van ralentizando cada vez más, movimientos más lentos y pesados, demasiado lentos, desplazándose con pereza por la piel a lo largo del muslo y alcanzando la zona prohibida, hasta que el roce empieza a convertirse en otra cosa, hasta que la mano abandona el muslo y busca la vulva intencionadamente, muy despacio, tanteando, pidiendo permiso, en un vaivén a cámara lenta. Mi corazón empieza a bombear con fuerza. Mi erección empuja la tela de mis pantalones.
         Leticia no se mueve, no reacciona, no dice nada. Consiente. Y entonces el dedo corazón rompe filas y hurga en la raja, palpa la humedad, se introduce un poquito, vuelve a salir, se desliza sobre ella. Entretanto, la otra mano retira la toalla y la deja sobre la espalda, acaricia una nalga, aprieta la carne, abriéndola, busca la otra, la agarra con hambre.
         Desde el espejo, veo ante mis ojos el ano, la vulva y las nalgas desnudas de mi mujer, que aparecen y desaparecen bajos las manos de Darío. Lo miro a él, sus pantalones de lino. Veo con sorpresa que tiene una enorme erección. Intuyo que no lleva ropa interior. Yo he metido mi mano bajo mis pantalones y me estoy acariciando.
         ―¿Se da la vuelta, Leticia? ―dice entonces el masajista.
         Ella se despereza. La noto como aturdida. Guarda silencio. Darío no se gira esta vez para no mirar, no tiene sentido.
         Cuando le veo la cara a mi mujer, noto que la tiene encendida de rojo. No se atreve a alzar la mirada, sus párpados permanecen bajos, pero eso no le impide ver la aparatosa erección de Darío, en la que repara con sorpresa. Luego se echa hacia atrás y cierra los ojos. Observo su garganta subir y bajar. Traga saliva. Tengo unas ganas tremendas de salir y acercarme a ellos, ver cómo mi mujer se deja llevar en mi presencia. Me encantaría percibir de cerca ese deseo en su cara, ese deseo por otro hombre.
         Darío se coloca a la cabeza de la camilla. Comienza a masajearle la cara con los dedos. Ha querido darle un respiro, pero enseguida vuelve a acosarla: sus manos descienden sobre los hombros, el cuello, las clavículas. Es solo una excusa. Lo que quiere es llegar a sus pechos sin violentarla. Lo hace usando un truco inocente: empieza a tocarle la piel con la yema del dedo índice, aquí y a allí, en el cuello, luego en la clavícula, luego en un pecho, en el otro... Mi mujer se extraña, pero no abre los ojos.
         ―Más lunares... ―susurra de pronto Darío.
         A ella le cuesta salir de su mundo mudo.
         ―Sí... ―susurra forzando una sonrisa.
         ―Muy sexis ―dice mientras sigue acariciándolos con la yema del dedo.
         Silencio.
         Entonces posa de nuevo sus manos sobre los hombros y las desliza hacia abajo, despacio, atento a reacciones de mi mujer. Observo cómo avanzan, cómo suben por los montículos de carne, cómo se ahuecan y los acoge, apretándolos ligeramente. Mi mujercita sigue dormida. Tras cada pasada, Darío termina cogiendo la punta de sus pezones entre los dedos. Leticia aguanta sin moverse, pero puedo ver perfectamente cómo aprieta los párpados. Le gusta.
         Darío coge un poco más de aceite del dosificador y la extiende en sus manos. Da unos pasos en torno a la camilla y se coloca a un lado, a mi izquierda. Comienza a acariciarle de nuevo el torso, los pechos, el vientre. Luego, muy despacio, desliza una mano sobre el pubis y alcanza el sexo, solo una caricia tímida, el dedo medio haciendo más presión en la entrada. Mi mujer aprieta los labios, gira hacia un lado la cabeza. Vuelve a consentir. La mano derecha de Darío va y viene sobre su sexo, va y viene, mientras la otra continúa extendiendo el aceite sobre los pechos de La Bella Durmiente.
         Instantes después, Darío coloca una mano bajo la rodilla derecha de Leticia y la levanta, de modo que la pierna quede abierta y flexionada. Hace lo mismo con la izquierda.
         ―Así estará más cómoda ―le susurra.
         Mi mujer mantiene la postura. Le parece bien. A mí también, que veo su vulva completamente expuesta ante mí. Tengo que controlarme para no correrme en ese instante.
         Darío retoma sus manipulaciones: con la derecha masturba a mi mujer, ejerciendo ricas presiones sobre su clítoris y metiéndole un dedo; con la izquierda le acaricia los pechos y los pezones. De tanto en tanto, se inclina sobre ella y le roza las puntas con la lengua. Leticia no es de hierro, y yo empiezo a observar cómo su vientre empieza a subir y a bajar agitadamente, lo mismo que su pubis. Tengo unas ganas locas de ponerme junto a ella, de que vea cómo la miro. Pero sigo aguantando.
         De pronto, observo que Leticia, con la cara girada hacia un lado, abre un instante los ojos. Luego vuelve a cerrarlos, y a los pocos segundos su brazo derecho cae descuidadamente sobre la erección de Darío. No ha sido un accidente: ahora el brazo comienza a subir y a bajar, rozándose contra el bulto del pantalón. El detalle me pone como loco, me acaricio con desespero. Me noto muy mojado, me mancho la mano.
         Mi mujer vuelve a abrir los ojos, solo lo necesario, porque le da mucha vergüenza, el tiempo suficiente para localizar el cordón que sujeta los pantalones de Darío. Entonces vuelve a cerrar los ojos y tira del extremo. El nudo se desata, la mano tira de la tela hacia abajo y los pantalones caen. Yo tenía razón: no lleva ropa interior.
         Leticia sigue moviéndose a tientas. Sabe que por ahí debe haber algo sobresaliendo. Verla mover la mano a ciegas me produce casi un orgasmo. Finalmente, encuentra el miembro de Darío y lo aferra con el puño. ¡Oh, Dios! Comienza a masturbarlo. Al sentir el contacto, Darío abandona un instante el pezón, que chupaba con deleite, y mira hacia abajo. Al ver aquello, su boca se abre en un gesto de placer. Luego alza la barbilla hacia techo y aprieta los ojos, concentrándose en el placer.
         Tras dos segundos, regresa a los pechos de mi mujer y continúa succionando sus pezones, mientras su mano derecha la masturba, ahora más cómodamente desde que ella mantiene sus piernas flexionadas y abiertas. Yo apenas puedo aguantarlo.
         La Bella Durmiente ha perdido autocontrol. Ahora comienza a emitir pequeños gemidos y suspiros, y su pelvis se mueve ligeramente arriba y abajo, como si estuviera siendo penetrada, o como si realmente deseara tener un pene dentro.
         Entonces observo cómo comienza a tirar del miembro de Darío. ¿Qué hace? ¿Qué es lo que quieres, Leticia? Sigue tirando, parece que quiere atraerlo. ¿Querrá que se acerque? ¿Quieres que se acerque, cariño?
         Él cede a los tirones y se desplaza un poco a la izquierda. Entonces mi mujer, sin despegar ni un instante los párpados, abre la boca y se traga la cabeza del pene. Comienza a succionar. A mí los ojos me dan vueltas, no puedo creer lo que lo veo. Se me escapa un poco de flujo, consigo retener el orgasmo por los pelos. No puedo seguir aquí. Tengo que salir de aquí.
         Mi cuerpo comienza a moverse y sale despacio del cuarto. Procuro no hacer el más mínimo ruido. Ahora oigo sonidos nuevos, sonidos que antes no podía percibir con claridad, los chasquidos de las chupadas, algunos gemidos. Sigo avanzando. Estoy a dos pasos de Darío, a su espalda. La visión de aquel pene desconocido entrando y saliendo de la boca de mi mujer me deja electrizado. No puedo quitarle ni un instante los ojos de encima. Deseo masturbarme violentamente, pero no quiero hacer ruido.
         Y justo entonces, en medio de su trance, Leticia abre los párpados una fracción de segundo.
         ―¡¡¡Ahhh!!!
         Su cuerpo se estremece y se encoge como si hubiese tocado un cable de corriente.
         ―¡Ahhh! ¡¡¡No!!! ¡Dios!, ¿pero qué... ? ¡Nooo! ―continúa gritando, mientras recoge todo su cuerpo sobre la camilla y se oculta como puede con una toalla.
         Darío se sobresalta y da un paso atrás. Levanta las manos, yo no he hecho nada, su pene bamboleante.
         ―Cálmate, cariño, soy yo.
         ―¡No! Pero... ―se echa las manos a la cara―. ¿Qué haces tú aquí? ¿Qué es esto? ¡Joder!
         ―Leticia, cálmate, no pasa nada.
         ―¡No pasa nada! ―repite como un loro. Suelta un bufido. Se lleva la mano a la frente. No sabe dónde meterse―. ¿Pero qué es esto, Dios? ¡Y tú! ―dice señalando a Darío.
         ―Leticia, olvídate de él, esto es cosa mía. Cálmate, por favor, no pasa nada, en serio.
         Ella se baja de la camilla, niega con la cabeza, se ata como puede la toalla.
         ―Jesús... No entiendo nada. Pero... Pero... ¿qué has hecho, Víctor? ¿Cómo se te ocurre... ?
         Yo comienzo a calmarme tras el sobresalto, intento quitarle importancia.
        ―Lo siento, cariño. No pensé que reaccionarías así. 
         Intento acercarme a ella, tocarla.
         ―¡Quita, no me toques! ¡No, joder! ―dice alzando los brazos y dando un paso atrás.
         Darío se apoya contra la cómoda, se sube los pantalones.
         ―¿Pero de dónde has salido? ¿Qué es todo esto?
         ―Estaba ahí atrás ―digo señalando el espejo―. Llevo todo el rato ahí atrás.
         Ella mira en la dirección que le señalo. Sus ojos se le van a salir de las cuencas. No logra asimilarlo.
         ―¿Cómo que todo el tiempo? ¿Has visto todo lo q... ?
         La cara de Leticia se cubre completamente de rojo. La vergüenza y la culpa son muy superiores a su disgusto, y ella es consciente.
         ―Leticia, escúchame ―le dijo mostrándole las palmas de las manos―. ¿Puedes escucharme? No pasa nada, ¿me oyes?, na-da, de verdad. No te preocupes, cariño. Es todo culpa mía. He querido hacer esta travesura. No es más que eso, de verdad. ¿Quieres calmarte?
         ―Me voy ―dice en voz baja, y se encamina hacia el biombo, con la cabeza gacha.
         Yo miro a Darío, alzo las cejas y doy un silbido inaudible. «Cosas que pasan.» Él aprieta los labios para evitar que no se le escape ni un sonido, pero su boca forma una clara sonrisa. Permanecemos de pie mientras mi mujer se viste. Al cabo de un minuto, sale como una flecha de detrás del biombo y se marcha del salón sin mirarnos.
         Yo miro a Darío, me encojo sobre mí mismo, aprieto los dientes y me llevo la mano a la boca.
         ―Joder... ―digo.
         ―Te lo advertí ―dice él alzando las manos―. Dentro de lo malo, no ha sido tan malo, pero te lo advertí.
         Yo me sonrío, niego un par de veces con la cabeza. Tengo que pensar cómo solucionarlo.
         ―Bueno, tú no te preocupes lo más mínimo. Está enfadada conmigo ―le digo, y me encamino al despacho para ponerme los calcetines y las playeras.
         Al salir, él ya se ha puesto el uniforme y los zuecos.
         ―Me tengo que ir ―le digo estrechándole la mano―. Oye, Darío, muchas gracias. Lo he pasado en grande, que lo sepas. Ya hablamos, ¿de acuerdo?
         ―Suerte ―me dice, y me da una palmada en la espalda mientras salgo de la sala.
         Cuando llego a casa, encuentro a Leticia dándose una ducha. Yo me voy a mi dormitorio, cojo una muda de ropa y me acicalo en el otro cuarto de baño.
         Unos treinta minutos después, me acerco al salón. Ella está acurrucada en su rincón preferido del sofá. Solo lleva bragas, sujetador y una camiseta holgada, sin mangas. Ver sus uñas pintadas de fucsia me recuerda lo que acaba de pasar, y no puedo evitar excitarme. Me contengo. Tiene un cojín apretado contra el cuerpo. Parece enfurruñada.
         Yo me he puesto un pantalón corto de pijama y una camiseta vieja, con algún agujero. Me dejo caer en el sofá. La miro. Se pone inmediatamente colorada. Lógico.
         ―¿Enfadada? ―digo, pero me es imposible estar serio.
         Tarda en responder.
         ―Sí... o no, yo qué sé. ―Se pone la mano sobre la cara, ocultándose de mí. Se avergüenza de lo lindo, y yo no puedo evitar recordar lo que ha hecho―. No sé qué me ha pasado ―dice, martirizada.
         ―Deja eso, Leticia, no pasa nada.
         Ella niega con la cabeza. No se atreve a mirarme.
         ―Y tú ahí escondido... Es que no me lo puedo creer. ―Se me escapa una sonrisa. Me muerdo el labio para que no me salga una carcajada―. ¿Cómo se te ocurre hacer una cosa así? ―añade, y me mira por fin. Está más roja que un tomate. Me encanta.
         Yo alzo los hombros.
         ―No tengo remedio. Me... Es superior a mí, me vuelve loco verte con otro hombre, ver tu cara...
         Ella me mira sorprendida.
         ―¿Mi cara?
         ―De deseo, sí, ver tu cara de deseo ―suelto un bufido―. Me pongo malo solo de recordarte allí con él.
         Ella vuelve a ocultar su rostro con la mano, negando con la cabeza. Se muerde el labio. Me está poniendo realmente cachondo de nuevo.
         ―Lo preparaste todo ―dice―. Fuiste allí, hablaste con él, conseguiste los vales... Todo mentira, ¿no?
         ―Claro ―digo, y me río―. También estuve el sábado anterior.
         Se gira hacia mí, sus ojos como platos.
         ―¿Qué?
         ―Allí dentro, en la oficinita, el primer día. Te veía tras el cristal.
         Está flipando en colores. Entonces veo que agacha la cabeza pensativa. Sé que está intentando recordar lo que pasó esa vez, qué hizo ella. Me lo estoy pasando en grande.
         ―Me vuelve loco verte.
         Se lleva las manos a la frente, como si no le cupiera todo esto en el cerebro. Es demasiado, pobrecilla. Me estoy poniendo como una moto.
         ―No sé qué me pasó, Víctor ―dice casi en un susurro―. Es que...
         ―Yo sí lo sé.
         Me mira de reojo.
         ―¿Cómo que tú sí lo sabes?
         ―Claro. Darío está buenísimo, cariño. ―Ella sonríe descaradamente y se muerde el labio para poner algo de remedio. Me esquiva la mirada―. Es exactamente tu tipo de hombre. Me lo curré mucho, ¿qué te crees?
         ―Joder ―murmura―. Joder, joder, joder...
         ―En realidad, ha sido todo culpa tuya.
         Me vuelve a mirar. Sus mejillas siguen echando fuego.
         ―¿Perdona? ¿Culpa mía? ¿De qué hablas ahora?
         ―Sí, culpa tuya. Si no hubieras... hecho lo que hiciste, yo no habría salido del cuarto. ―La pobre parece un corderillo acorralado―. ¿Cómo crees que me sentí cuando le desataste el pantalón? ―Ella se encoge sobre sí misma, haciéndose todavía más pequeña de lo que es―. ¿O cuando se la buscaste con la mano? ¿O cuando te la metiste en la boca?
        ―¿¿¿Te quieres callar??? ―me dice elevando la voz, sin mirarme.
        ―Fue demasiado, cari, casi me corro de gusto al verte. Tuve que salir y verlo de cerca.
         Le cuesta asimilar lo que oye. Me mira de nuevo, sin comprender. 
         ―Pero, ¿en serio no... ? ―se interrumpe. Lo intenta otra vez―. ¿En serio no estás enfadado?
         ―No. Te lo he dicho ochenta veces. Siempre he tenido esta fantasía contigo y esta vez no pude controlarme. Pero no me arrepiento.
         Ella me mira desconcertada. Creo que empieza a comprenderlo, y lo que ha ocurrido ha abierto una brecha en su mente.
         ―¿O es que ya no me quieres? ―le pregunto con retintín, casi riéndome, solo para ponerla a prueba.
         ―¡¡¡No!!! ―me mira con los ojos desorbitados―. ¿Qué dices? Claro que no, no seas tonto. Solo fue... Aquello solo...
         ―¿Un impulso? ¿La excitación del momento?
         ―Sí ―dijo con voz queda―. Sí, solo eso.
         ―Pues lo mismo me pasa a mí. Es solo excitación, una loca, arrebatadora e incomprensible excitación de ver tu cara de deseo, de ver cómo sucumbes a tu impulso. Pero yo te quiero a ti.
         Me mira sorprendida.
         Me siento junto a ella. Le miro los pies, las uñas pintadas de fucsia, le acaricio los dedos.
         ―Te las pintaste para él ―le digo sin mirarla.
         ―No...
         La miro a los ojos.
         ―Sí...
         ―Sí...
         La sujeto por el cuello, la atraigo hacia mí y comienzo a besarla en la boca con todo el deseo que tengo acumulado. Me levanto del sofá, la cojo en brazos y me la llevo al dormitorio.

Publicado por: sr-wallace
Publicado: 23/08/2021 17:10
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Comentarios: 8
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Comentarios (8)

tono | 29/08/2021 17:06

La verdad que buen relato, yo que trabajo en el masaje me ha pasado y han pedido cosas parecidas de ambas partes

sr-wallace | 29/08/2021 17:27

Qué tal, tono. Sí, por ahí abajo otro lector comentaba lo mismo. Pues sí que está demandado el servicio, ¿no? jajaja. Muchas gracias y un saludo.

tono | 29/08/2021 17:31

No es muy habitual, pero si suelen proponerte cosas así, no solo los hombres. Jjj

loveftv | 25/08/2021 15:58

Se busca masajista para lo mismo 🙈 jajajjaja

sr-wallace | 25/08/2021 16:13

Con ventanita en el despacho o sin ventanita??? Jajajaja.

loveftv | 28/08/2021 11:46

Con todo

lapetitemort | 24/08/2021 06:20

Pobrecito mi Darío, que lo dejaron con el calentón. Aspiro y espero que hayan vuelto a contactar con él para terminar de cumplir esa fantasía jajajaja. Felicidades otra vez por el relato!! ^^,

sr-wallace | 24/08/2021 09:17

Desde luego, la pareja pasando un verdadero momento crítico y tú pensando en Darío... ¡si al pobre le daba igual!, jajaja. ¡Petite solo hay una! xD

lapetitemort | 24/08/2021 15:31

A ver... Ella estaba gozándose el masaje, el marido sabía lo que le venía encima porque se lo buscó... Y a ese pobre masajista lo metieron en medio, lo calentaron y se quedó con las ganas... La víctima es él!!! XD

rjmencey | 23/08/2021 23:34

Uff jugar al límite... y hubo un tercer Spa Edén ? Jejejjeje

sr-wallace | 23/08/2021 23:39

Ya t hubiese gustado un tercer spa, eh, mencey? Jajaja. Parece q he dejado colgado a más d uno x aqí... xD ¡Saludos!

rjmencey | 23/08/2021 23:43

Si, ya has abierto la caja de Pandora y como bien has dicho, una brecha en sus pensamientos...

morenito27 | 23/08/2021 22:35

Y ya estas? Aquí tiene que aver 3 parte no me puedo quedar así no no no

sr-wallace | 23/08/2021 22:40

Jajajaja, ¡¡me parece q t acabo de hacer una putada, morenito!!

morenito27 | 23/08/2021 22:44

Ante todo gracias !! Pero Dios mío que enganche ! Jajaja , hablame por privado porfavor

morboso9 | 23/08/2021 22:04

El relato es muy antiguo, es bueno y divertido

sr-wallace | 23/08/2021 22:09

Supongo q está todo inventado. Ya lo dice más abajo dulcecaramelo. Un saludo, gracias.

cuckold33 | 23/08/2021 20:33

El mejor relato!!!!

sr-wallace | 23/08/2021 20:38

Jajajaja, ¡¡muchas gracias, cuckold!!! Un placer. ;-)

dulcecaramelo | 23/08/2021 20:13

Un relato espectacular, felicidades.Una fantasía muy recurente entre hombre, soy masajista y ya he perdido la cuenta de los hombre que me han pedido que le haga eso a su mujer.

sr-wallace | 23/08/2021 20:18

Muchas gracias, dulcecaram. Juer, ¿en serio? Yo me figuraba que era frecuente la cosa, pero no sabía que tanto. ¡Pues a veces te lo pasarás pipa! xD Un saludo.

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