El antro del pecado (parte 1/3)

El antro del pecado (parte 1/3)

El coche iba a 4 km/h como mucho, dando tumbos por aquel camino de cabras. Sonó mi móvil. Le dije a mi mujer que contestara, que pusiera el manos libres. Era mi amigo Chema.
        ―¿Qué pasa, chaval? ―contesté yo.
        ―¿Tino?
        ―No, Alfredo Kraus resucitado. ¿Quién va a ser? ―le dije. Soltó una carcajada, y Lydia también.
        ―Qué raro te oigo, ¿dónde estás?
        ―Dentro del coche. Tengo puesto el manos libres.
        ―Ah, coño, ok. ¿Dónde vas? ¿Estás solo?
        Una preguntita comprometida. Mi mujer me miró un segundo con suspicacia. Me sentí como si hubiera cometido un atraco.
        ―No, estoy con Lydia.
        ―Ah, vale, vale, claro... Eh... Buenos días, Lydia ―dijo elevando la voz, saliendo del aprieto.
        ―Hola, Chema, qué tal ―contestó con tonillo jocoso.
        ―Bien, bien, aquí andamos. ―Sonó un poco apurado―. ¿Adónde van? ―preguntó entonces usando el plural. Me adelanté yo.
        ―A la playa del Bollullo. Ya estamos llegando.
        ―¿En serio? Qué moral tienen, macho...
        Chema era un comodón. Para él, bajar aquel acantilado para llegar a la playa era de locos.
        ―Bueno, ¿qué pasa? ¿Para qué me llamabas? ―le pregunté.
        ―Ah, nada, nada. Es que estaba aquí en casa, aburrido, por si querías tomarte una cervecilla por ahí. Pili se fue a una boda de una prima, a Granada.
        ―¿A Granada?
        ―Ah, sí, se casa su prima Rosa ―dijo Lydia en voz baja. Chema lo oyó―. Me lo dijo a principios de esta semana.
        ―Sí, eso, su prima Rosa ―dijo Chema.
        ―¿Y no la acompañaste, jodido? ―le pregunté.
        ―Uf, qué va, no tenía ninguna gana ―dijo soltando un resoplido―. Pues... Pues nada, tío. Llámame después y nos tomamos algo. ¿Regresas muy tarde?
        Miré un instante a mi mujer, que hizo un gesto de negación con la cabeza y la boca.
        ―No, no creo, estaremos unas horitas. Yo no soy muy de tostarme. Te llamo cuando vuelva.
        ―Ok. Pues venga, nos vemos. Que se diviertan. ¡Chao, Lydia! ―volvió a gritar.
        ―Venga, hasta lueguito ―le contestó, y cortó la llamada.
        Estuvimos hasta las tres más o menos. El día comenzó fuerte, pero se nubló bastante a partir de las dos. No hay cosa que me joda más que pasar frío tendido en la arena. Cuando ya estaba en casa, le di un telefonazo a mi amigo mientras veía el final de la Fórmula 1. A Fernando Alonso se le había vuelto a joder el coche.
        ―¿Chema?
        ―No, Pavarotti ―me dijo para devolvérmela.
        ―¿Qué haces? ¿Sigues en casa?
        ―Sí, sí, aquí estoy. ¿Y tú?
        ―En casa también, viendo la tele.
        ―Ok. Oye... eh... ―De pronto, Chema bajó mucho la voz―. Tengo que contarte una cosilla ―me dijo en tono misterioso.
        Era difícil que Lydia pudiera oírme. Estaba en la cocina, fregando platos, pero traté de sonar natural.
        ―Cuéntame, mi niño, qué cosilla.
        ―No, no, por teléfono no. ¿Nos tomamos una cerveza en el Puerto?
        ―Espera ―le dije. Me levanté y fui a la cocina. Me apoyé en el bastidor de la puerta―. Lydia ―la llamé. Ella se giró. Sujetaba el estropajo y un plato con las manos. Cuando me vio, cerró el grifo―. Es Chema ―le dije enseñándole el móvil―. Que si me tomo una cerveza con él. ¿A qué hora es lo de Paqui?
        ―Deberíamos salir sobre las 7, más o menos.
        ―Ok. Estaré un par de horitas ―le dije. Ella asintió y siguió fregando. Mientras regresaba al salón, me puse el móvil en la oreja―. Chema, me visto y te recojo. ¿En media hora?
        ―Venga ―dijo, y colgó.
        Al final fuimos al Taoro. A aquella ahora no había mucha gente. A Chema no le gustaban las multitudes. No quiso decirme nada durante el trayecto. Yo estaba empezando a estar un poco mosca. Quizás fuera mi propia aprensión, pero juraría que le noté un poco nervioso mientras conducía. Algo después, ya sentados frente a dos Doradas bien frías, le seguía notando como preocupado. Me quedé mirándolo. Tenía una sonrisilla misteriosa en la boca.
        ―Suéltalo ya, coño ―le dije―. ¿Qué pasa?
        Volvió a sonreír. Entonces bajó los ojos y se puso a toquetear el vaso cubierto de escarcha, haciéndolo girar.
        ―Eh... ¿Qué tal van las cosas con Lydia? ―preguntó.
        Se hizo el silencio. Yo arrugué el rostro. Lo miré a la cara. Él seguía con los ojos puestos en el vaso.
        ―¿Qué? ―le dije.
        Levantó la cabeza.
        ―Tino, tengo que contarte una cosa, tío, y no me resulta fácil, que lo sepas.
        Nos miramos fijamente. Otro silencio. Estaba empezando a preocuparme.
        ―Ok ―le dije, intentando ponerme en su lugar―. ¿Cómo que cómo van las cosas?
        ―Sí, no sé... ―siguió Chema―. ¿Están... bien?
        ―Pero... ¿a qué viene esa pregunta, tío?
        ―Tino, coño, no te ralles conmigo. Tengo que contarte una cosa, y no sé cómo empezar.
        ―Pues empieza, joder. Venga, que no me rallo.
        ―Te lo pregunto otra vez. ¿Están bien? ¿Las cosas van bien entre ustedes?
        Giré la cara hacia los dos lados, tratando de pensar, extrañado.
        ―Pues... sí, bien, no sé, normal.
        ―¿En todos los sentidos?
        Volví a mirarlo a los ojos.
        ―¿De qué hablas? ¿Qué sentidos?
        Enarcó las cejas e hinchó los pulmones. Estaba empezando a desesperarse, me pareció. Dio un trago a la cerveza. Se quitó la espuma del labio primero con la lengua y después se pasó la mano.
        ―¿Qué tal su... vida sexual?
        Yo abrí los ojos como platos y me quedé parado. Sin mover un milímetro la cabeza, mis ojos fueron de un lado para otro, buscando una respuesta en el suelo del Taoro.
        ―Pero... ¿Cómo? ¿Mi vida sexual?
        ―Y la de tu mujer ―dijo Chema, cansándose―. La tuya y la de tu mujer. Te pregunto que qué tal va su vida sexual. ¿Están bien?
        La cosa iba en serio. Mis ojos volvieron a vagar por el parque. Y de pronto me sentí como pillado in fraganti. Lydia y yo llevábamos meses sin tener sexo. Estuve unos buenos segundos callado, asimilando una realidad que no había querido afrontar. Enarqué las cejas y arrugué los labios. Creo que mi gesto se lo dijo todo a Chema.
        ―Pues... ―dije negando con la cabeza. No me salió nada más.
        ―No muy bien, ¿verdad?
        Levanté la cabeza, más perdido en mis pensamientos que otra cosa.
        ―Bueno, pero... ¿por qué me preguntas tú esto? ―le dije de pronto con un tono bastante áspero―. ¿Es que Lydia y tú... ?
        ―¡No seas burro, coño! ―me soltó―. No, joder, no es eso. Pero ha pasado algo, y lo tienes que saber. Yo estoy... O sea, lo que voy a contarte no te va a gustar un pelo, y yo estoy un poco pringado, pero no me queda más remedio que contártelo.
        Lo volví a mirar a los ojos. Me estaba saturando de verdad.
        ―Chema, suéltalo de una vez, tío. En serio. Venga, lo que sea, habla.
        ―¿Conoces el club Mystique? ―dijo.
        Me quedé a cuadros, no entendía nada. ¿Qué coño tenía que ver ahora ese club conmigo? ¿O con Lydia? Levanté las dos palmas de las manos sobre la mesa.
        ―¿El club de intercambios? ―Chema dijo que sí con la cabeza―. ¿Qué le pasa?
        Yo sabía que Chema iba a ese club. No mucho, pero de vez en cuando se echaba una escapada. Su mujer no lo sabía, pero la vida sexual entre ellos era plenamente satisfactoria. Chema tenía fantasías que no se veía capaz de realizar con ella, sencillamente.
        ―El sábado pasado me pasó una cosa ―me dijo.
        ―¿Fuiste el sábado pasado? ―Chema volvió a asentir―. ¿Qué te pasó?
        Tomó otro trago a la cerveza, esta vez más largo. Cogió impulso y me dijo:
        ―Lydia estaba allí.
        Silencio. Caída del telón. Fundido a negro. El silbido del viento en el desierto de Arizona. Creo que pasaron como quince segundos sin que nadie articulara palabra.
        ―¿Qué? ―pregunté al fin.
        ―Lydia, tu mujer. Estaba allí, en el Mystique.
        Yo abrí los brazos sobre la mesa, como si fuera Jesucristo dirigiéndose al pueblo de Israel.
        ―¿Lydia? ―arrugué la cara―. ¿Pero qué dices, tío? Imposible.
        Daré unos pocos datos sobre mi mujer. Quizás así puedan comprender mi perplejidad. Lydia era lo que se suele decir una mujer "sin tacha": esposa abnegada, servicial y atenta. Además, aunque no fuera de misa de los domingos, era una mujer creyente, y tuvo una educación bastante estricta. De jovencita, pasó por dos colegios de monjas. Yo no podía imaginármela ni remotamente en un club de ese tipo.
        ―Tino... ―me dijo ya bastante harto―. De vez en cuando me fumo un porrito, pero no tengo delirios habitualmente. Te estoy diciendo que...
        ―Ok, vale, vale, joder, perdona ―le atajé―. Pero... ―Me sentía aturdido. No podía creérmelo―. ¿Pero cómo sabes que... ?
        Vaya mierda de pregunta. Lo que en verdad me rondaba la cabeza era que cómo coño la pudo reconocer si estaba en pelotas, como si el estar sin ropa la convirtiera en otra persona. Otra vez permanecimos callados. Creo que Chema me estaba dando tiempo.
        ―La hostia, tío ―dije finalmente―. ¿Pero la viste haciendo... ? O sea... ¿Estaba... ?
        Solté otro resoplido. Me estaba ganando la medalla el mejor periodista del año. Ya no sabía ni qué imaginarme.
        ―La verdad es que estuve a punto de marcharme cuando la vi ―dijo Chema―, pero al final no lo hice.
        Eso echó más carbón en la caldera de mi cerebro. Sí, claro, a punto de marcharse. Ve en pelotas a mi mujer en un club de intercambios y lo que quiere es salir corriendo, ¿no? Y un huevo, menudo morbo tiene la cosa. Entonces pensé en la conversación por el manos libres. ¿Estarían compinchados? Me estaba empezando a emparanoiar.
        ―¿Y ella te reconoció a ti? ―le pregunté―. ¿Estuviste allí... con mi mujer?
        Negó con la cabeza.
        ―No. Precisamente por eso estuve a punto de irme. No quería que me viera. Pero... al final no hizo falta.
        Mi cabeza iba a todo trapo. Me llevé la mano a la frente y comencé a frotármela. ¿Había pasado algo entre los dos? Me estaba desquiciando. Chema ya me había contado alguna que otra vez sus experiencias en aquel club. Mezclar aquello con Lydia me parecía surrealista.
        ―Bueno, entonces estuvo allí el sábado... ―dije, sin más remedio que asimilarlo.
        ―No solo estuvo, Tino ―dijo ladeando la cabeza.
        Yo puse de nuevo los ojos de búho.
        ―O sea, que...
        ―Sí, estuvo interactuando.
        Interactuando. Precioso. La madre que me parió. ¿Y Chema se chupó todo aquello? La cabeza me estaba dando vueltas.
        ―No iba sola ―siguió―. La acompañaba un chico, no sé quién era.
        Hala, por si me estaba aburriendo, aquí tenía otra perlita.
        ―Qué fuerte, tío, en serio. Me va a explotar la cabeza ―le dije negando y mirando hacia un lado, con la mirada perdida―. Pero, pero... ¿qué coño hacía Lydia en el tugurio ese?
        ―Tino, hostias, no seas neandertal. ¿Qué tugurio ni qué leches? Es un local de intercambios, joder. Allí va la gente a... a pasarlo bien, a cumplir fantasías, a disfrutar del morbo y del sexo. No seas cuadriculado. Mira ―me dijo aprovechando el impulso―, yo no sé qué ocurre entre tú y Lydia, pero está claro que ella... no está satisfecha. O ni siquiera eso. Quizás le apetece experimentar cosas nuevas, qué sé yo.
        ―Joder, macho, qué fuerte... ―le dije. Entonces bajé un poco la voz, mirando de reojo las mesas circundantes―. O sea, que... ¿la viste allí... follando?
        No me podía creer que le hubiera preguntado eso.
        ―No sé si quieres que te dé detalles, pero sí.
        Solté un resoplido y me volví a llevar la mano a la frente.
        ―¿Con hombres? ―pregunté desconsolado.
        ―Y con mujeres.
        ―¡Me cago en la puta! ―dije conteniendo la voz―. ¿Y tú te... ? ¿Tú viste... ? La madre que me parió. ¿Serás cabrón?
        ―No sigas por ahí, Tino, joder, deja eso.
        Nos callamos otra vez durante unos pocos segundos. Yo no daba abasto para asimilar lo que me estaba contando. Chema pareció relajarse un poco, dio otro sorbo y retomó la palabra.
        ―Mira, Tino, al grano. Yo estuve a punto de irme, como te acabo de decir, pero aquel local es amplio, tiene infinidad de recovecos, cuartitos y zonas poco iluminadas, así que logré ir esquivándola. Me quedé observando, nada más. Lydia iba acompañada por un tipo. Estuvieron un rato viendo el panorama, paseando, echando un ojo a otras parejas, y luego se metieron en un reservado. Allí estuvo interactuando con su amigo, o lo que fuera, y con otra gente que se fue sumando. Fin de la historia.
        Me volví a quedar pensativo. Las imágenes que yo mismo inventaba se me amontonaban en el cerebro, una detrás de otra. Qué locura. Y aparte del shock, ¿me estaba poniendo cachondo? Cogí mi cerveza, que apenas había tocado, y le pegué un trago gigante.
        ―¿Adónde te dijo Lydia que iba el sábado pasado? ―me preguntó Chema.
       Yo ya estaba resignado. Arrugué los labios y le dije con desgana:
       ―A casa de su madre, que vive por allí cerca, en Arona. ―La mujer se había roto la cadera hacía unos meses y algunos fines de semana Lydia se quedaba con ella para echarle un cabo y ver cómo seguía. Eso era lo que me decía―. Joder, macho...
       ―Estuve dándole muchas vueltas, Tino. No sabía qué hacer. Era una situación embarazosa para mí, pero decidí que tenía que decírtelo.
        ―Ya, ya, supongo... ―le contesté enarcando las cejas, desolado.
        ―Y quiero que sepas que no tengo nada que decir de Lydia. Está en todo su derecho. Si te lo he contado, es solo porque no sé si lo hace porque las cosas no van bien entre tú y ella o si simplemente lo hace porque le apetece. Eso ya tienes que averiguarlo tú.
        ―Ya... ―repetí―. Y la cosa es que... me parece que lleva haciéndolo desde hace un tiempo. Lo de los fines de semana se ha vuelto bastante habitual.
        ―No jodas, ¿sí?
        Yo asentí en silencio.
        ―Vaya mierda ―dije en voz baja. Eché otro trago―. La verdad es que soy gilipollas. No me extraña...
        ―¿Qué? ¿De qué hablas?
        ―Sí, tío, soy gilipollas. Me he despistado.
        ―Tradúceme, Tino, cariño.
       ―Sí, joder. Bueno, en verdad no sé por qué lo ha hecho, pero yo tengo que reconocer que las cosas se han enfriado mucho entre los dos, sexualmente hablando. Es como que... no sé, se había vuelto aburrido. Por lo menos para mí ―dije resignado.
        ―¿Aburrido?
        ―Qué fuerte que yo esté diciendo esto... ―susurré―. Mi mujer está muy buena, tío, y yo he estado haciendo el gilipollas. No sé si ha sido por no molestarla, o si ella no ha querido molestarme a mí o por qué coño.
        ―Explícate mejor, macho, no te estoy siguiendo.
        ―Que sí, Chema, joder. Te digo que mi mujer está muy buena, y resulta que últimamente no hacíamos más que el misionero y cuatro mierdas más. Un aburrimiento. Y lo que te estoy diciendo es que yo me comportaba así porque pensaba que a ella no le gustaba, o sea, que... que yo temía que me viera como un puto depravado si me hubiese mostrado más... más...
        ―Cerdo.
        Solté un resoplido.
        ―Sí, tío, más cerdo ―dije. Lo veía clarito como el agua―. Vaya mierda.
        ―Pues la cosa empieza a tener mucho sentido.
        ―Ya te digo... ―murmuré. Yo seguía con la mirada perdida. Tenía la cerveza delante y no la veía―. Me masturbo a escondidas, ¿sabes? ―le solté. Al decirlo, eché un vistazo alrededor, temiendo que alguien pudiera haberme escuchado. A Chema se le escapó un bufido y se llevó la mano a la boca.
        ―Bueno, a ver, eso tampoco es un crimen.
        ―Y veo porno a tutiplén. Me masturbo a escondidas viendo todo lo que no hago con ella.
        ―Juuuder...
        ―No me lo puedo creer ―mascullé para mí mismo―. Es lo que te digo, he estado haciendo el gilipollas.
        ―Han estado ―atajó Chema―. Los dos. No te eches toda la culpa, no me parece ni justo ni lógico. Igual a Lydia le ha pasado igual, que le daba apuro que pensaras mal de ella.
        ―Pues... no sé, igual tienes razón ―asentí―. Me estoy cabreando, tío.
        ―¿Eh?
        ―Sí, es que me jode. Me he despistado. O nos hemos despistado. Ya ni recuerdo cuándo fue la última vez que se lo comí... ―Chema soltó un chiflido mezclado con una risa contenida―. Pero esto no puede ser, aquí hay que hacer algo, me cago en diez, porque... o sea, lo demás va bien, estamos bien. Yo la quiero y creo que ella me quiere, pero en ese puto asunto nos hemos despistado. Deberíamos haberlo hablado ya.
        Chema estiró el brazo sobre la mesa y me dio una palmadita en el hombro.
        ―No pasa nada, Tino, en serio. Estás totalmente a tiempo de cambiar el rumbo.
        Nos acabamos las cervezas y pedimos un par de ellas más. Seguimos charlando sobre el asunto sin entrar en demasiados detalles. Durante toda la conversación, la cabeza se me iba, me quedaba medio abstraído tratando de asimilar todo aquello. En un par de ocasiones, Chema tuvo que chasquear los dedos delante de mi nariz para traerme de regreso al mundo.
        En la última parte de la charla nos entretuvimos en hablar un poco de mi vuelta a casa. Yo no quería que Lydia me notara nada y le pedí algún consejo a Chema para mantener la calma. Quería ponerle remedio a aquello, pero todavía no sabía cómo.
        Eso sí, noté algo muy curioso en mí desde que tuvimos aquella conversación, algo que me llamó mucho la atención, y es que Lydia, de pronto, había adquirido para mí un extraño magnetismo: aunque estaba cabreado y frustrado por lo que había ocurrido, comencé a verla con deseo. Eso me sorprendió y me gustó a partes iguales.

Publicado por: weissmuller
Publicado: 12/07/2022 13:45
Visto (veces): 412
Comentarios: 3
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Comentarios (3)

rjmencey | 13/07/2022 01:55

Ñosss q forma, un buen amigo y es verdad, gallo que no cuida su corral, otro vendrá... Otra cosa son las fantasías, que es más complicado

weissmuller | 13/07/2022 08:05

No conocía yo ese dicho, pero le va perfecto. 😊

jesusfgil | 12/07/2022 22:28

Gran relato, gracias por compartirlo. Mucha suerte con Lydia... jeje

weissmuller | 12/07/2022 22:31

Gracias, jesus. Pero quedan 2 partes todavía, tú mismo vas a descubrir qé pasó con Lydia. 😉

helena | 12/07/2022 16:06

Un placer leerte de nuevo! Luego lo termino, a ver que hizo Lydia en el club 🙃 Por cierto, no le hagas tanta publicidad al decadente club que tenemos en Tenerife. 🤪 Me alegra que estes de vuelta…😚😚

weissmuller | 12/07/2022 16:50

Jaja, está decadente?? No era por hacerle publi, es q lo necesitaba para mi historia!! 😊 Gracias! 😘

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