El antro del pecado (parte 2/3)

El antro del pecado (parte 2/3)

Los primeros momentos tras regresar del Taoro fueron los más difíciles, por aquello de que no me lo notara. Verla provocaba que me vinieran a la mente mil imágenes. Poco a poco lo fui normalizando y logré pasar el trago, aunque seguía estando muy resentido con ella. Esto fue lo más difícil de ocultar. 
         Por supuesto, también traté de ocultar el modo en que la veía ahora. Daba igual donde estuviera, ya fuera en la cocina, sentada a mi lado en el coche, acostada en la cama, o arreglando las plantas del jardín en chanclas y pantaloncito corto: la miraba con rabia, pero también con codicia y con lujuria. Su cuerpo se había convertido para mí en una fruta prohibida, sabrosa y burbujeante. La espiaba regar las plantas desde la ventana de la cocina y me la imaginaba en el puto Mystique ese, haciendo lo que jamás me habría imaginado, y eso me ponía realmente rabioso y... cachondo. ¿Quién lo entendía?
         Así fueron pasando los días. Mi cabeza seguía centrifugándolo todo sin parar, hasta que tomé una decisión. Ese sería mi siguiente paso. No sabía muy bien por qué quería hacerlo, pero era lo que me nacía. Tenía que hablar con Chema. Yo lo vi el sábado. Lo volví a llamar al móvil el jueves siguiente, por la tarde.
         ―¿Qué, ocupado? ―le pregunté.
         ―No.
         ―¿Dónde estás?
         ―En la oficina, apagando los ordenadores. Voy ahora al gimnasio.
         ―Ah, ok. Es que quería hablarte de un asuntillo.
         ―¿Ah, sí? ¿Asuntos sucios? ¿Drogas, mujeres?
         En otro momento le habría seguido un poco el juego, pero esta vez dije secamente:
         ―Voy a ir al Mystique.
         Silencio. Nadie dijo nada durante unos segundos.
         ―No me jodas ―soltó Chema al cabo.
         ―Sí, voy a ir. Este sábado.
         ―Hostia, ¿este sábado?
         ―Sí... ―dije, y esperé a que Chema llegara solito a la conclusión.
         ―O sea, ¿eso significa que... Lydia piensa ir a ver a su madre otra vez?
         ―Exacto.
         Otro pequeño silencio. Oí cómo crujía un sillón de cuero. Chema debía haberse sentado tras su mesa.
         ―¿Cuándo te lo dijo?
         ―Ayer mismo. Y nada, me he vuelto a cabrear. Quiero verlo con mis propios ojos. Esto no puede ser.
         ―Qué fuerte... ―murmuró Chema. La cosa debía tener mucho morbo, de ahí su reacción―. ¿Estás seguro, tío?
         ―Completamente.
         ―Pero... ¿qué pretendes, Tino? ¿Vas a montarle un número allí?
         ―No, no, qué va, ¿estás loco? Nada de eso.
         ―¿Entonces?
         ―No sabría decirte muy bien por qué, pero siento que tengo que ir. Tengo que verla.
         ―Pues... no sé, Tino, como tú lo veas.
         ―Pero yo no tengo ni idea de cómo es aquello, Chema, necesito que me cuentes cómo funciona. Sé que me has dicho alguna vez que está la zona de copas con la disco y luego la parte interior, con sus taquillas y tal.
         ―Eso es. Con la entrada tienes un par de consumiciones. Te pasas allí un ratito, ves el ambiente, y luego, cuando te apetezca, vas a la taquilla, te cambias y pasas a la parte de adentro.
         ―Ya... ―murmuré―. Mira, a mí lo que realmente me preocupa es saber cómo hacer para que ella no me reconozca, ¿sabes? Ella no puede que saber que yo estoy allí. No quiero eso.
         ―Cero problemas, no es difícil, Tino. Llévate un antifaz.
         ―¿Un antifaz?
         ―Claro. Allí se ven muchos. Las chicas rara vez van desnudas del todo. Verás corsés preciosos, lencería, antifaces, medias y tacones. Vas a flipar. Así que tú cómprate un antifaz y te lo pones cuando entres al local. Coge también una toalla para ponértela en la cintura, si quieres taparte un poco, y ya está. Allí hay muchas zonas en penumbra, no te costará pasar desapercibido.
         ―Pues... suena bien ―le dije aliviado―. ¿Será suficiente con eso?
         ―Yo creo que sí. Péinate de otra manera. Ponte gomina, yo qué sé. Además, es que vamos a ver, Tino, ¿qué probabilidad hay de que Lydia se imagine que tú vas a estar allí en pelotas espiándola tras una cortina?
         ―Ya... Me parece que ninguna ―dije―. Sí, creo que tienes razón. Por cierto, Chema, ¿cuándo... ? ¿A qué hora la viste allí?
         ―Yo diría que era sobre la una, no sabría decirte bien. Sé que ella entró después que yo, y yo llegué algo más tarde de las doce y media.
         ―Ok, pues... eso era lo que quería decirte. Me comen los nervios, ¿sabes?
         ―Joder, no es para menos ―me dice―. Es heavy la cosa, ¿eh?
         ―Quién me habría dicho a mí que me vería envuelto en algo así... Pero la vida te sorprende.
         ―Es lo que hay, chaval. Pues, oye, llámame el sábado y me cuentas, para saber si todo sigue en marcha.
         ―Ok, tío, te llamo.
         ―Qué fuerte... ―volvió a decir―. Venga, nos vemos.
         ―Chao.

         Lydia se fue a casa de su madre el viernes por la tarde, tras salir del trabajo. Estuvo en casa unas horas, se duchó, cenamos juntos y se marchó en su coche. Cuando se despidió de mí en el salón, se acercó a darme un beso arrastrando una pequeña maletita de viaje de color fucsia con ruedas, una que usaba cuando estaba un par de días fuera de casa. Al verla, me pregunté si ahí dentro habría algún tipo de lencería que yo no había visto todavía. Me excité al pensarlo.
         El sábado por la mañana me acerqué a Santa Cruz a comprar el antifaz. Primero pensé ir a una tienda de disfraces, pero luego me decidí pon un sex shop. Había que asegurar el tiro, y supuse que allí tendrían algo apropiado. Y vaya si lo tenían. Los había de todos los colores y formas y para todas las necesidades. Escogí uno negro y severo, aunque muy elegante, que me ocultaba ampliamente la cara. Luego fui a una boutique y me compré unos zapatos negros acharolados, un pantalón gris muy oscuro, prácticamente negro, y una camisa de seda de cuello, también de color gris, pero muy clarito. No era plan de que Lydia me reconociera por la ropa.
         Sobre las ocho llamé a Chema y le puse al tanto. Todo seguía según lo planeado. Me deseó buena suerte y me dijo que intentara relajarme y disfrutar de la experiencia. Ya, como si fuera fácil...
         Decidí que me acercaría al Mystique bastante pronto. Antes de preocuparme por cualquier otra cosa, quise disponer de tiempo para adaptarme al ambiente, ver cómo era aquello. Así es que salí con antelación de mi casa y llegué al club a las doce y diez. Le hice caso a Chema y me peiné el pelo hacia atrás, con gomina. Confiaba en que todo saliera bien, aunque estaba muy nervioso.
         Aparqué en una zona ligeramente apartada del local. Solo faltaba que Lydia lo viera. Sentado en el asiento del coche, respiré profundamente unas pocas veces y me bajé. Me dirigí a la puerta del club, donde me recibió el portero. Me hizo pasar, pagué la entrada y me coloqué el antifaz.
         Al entrar, la gama de colores de los neones me golpeó en la cara. Los había por todas partes y de todos los colores: rojos, violetas, azules, verdes... El ambiente era estridente, pero muy cálido. También había asientos, mesitas, taburetes y pufs de escay o con estampados de filigranas repartidos por toda la estancia, todos de colores llamativos. De fondo sonaba una música bastante agradable. Desde luego, el ambiente era muy apropiado para... la función que supuestamente tenía aquello. Me acerqué a la barra, me senté en un taburete y pedí una copa.
         Aún no había mucha gente, pero ya pude ver que algunos salían o entraban por una zona estrecha, una especie de pasillo, por donde luego vi que estaban las taquillas. En esta amplia sala de entrada donde se encontraba el bar, había chicos y chicas aún vestidos, tomando su bebida. Algunos, los menos, llevaban muy poca o ninguna ropa.
         Una chica que salió de la zona de taquillas hizo que se me atragantara el sorbo de vodka que acaba de echarme. Era bastante alta, con el pelo negro muy largo y liso. Tenía puesto un pequeño antifaz rojo y negro con piedrecitas brillantes y algunas plumitas. Llevaba unos guantes negros de tul, transparentes, que le llegaban hasta el codo; en el torso, una especie de corsé blanco brillante como el satén con detalles de encaje negro, cerrado a la espalda con un cordón trenzado. Los pechos los llevaba por fuera, desnudos. Unas medias negras le cubrían sus largas piernas hasta mitad de muslo, donde un liguero las unía a unas pequeñísimas bragas de encaje rojo. Llevaba también zapatos de charol con un tacón no apto para caminar por adoquines. Quizás más tarde, pensé yo, pudiera ver a aquel exótico animal teniendo sexo ante mis narices. Sentí un pellizco de excitación en el cuerpo.
         No quería perder demasiado tiempo antes de pasar a la zona interior. Mientras tomaba mis consumiciones, observaba aquí y allí a los clientes que iban llegando. La mayoría charlaba tranquilamente en los pequeños reservados. Algunos se besaban o se hacían caricias bastante subidas de todo. Una pareja muy elegante, sentada en unos sillones que hacían esquina, se metía mano y se besaba usando sus lenguas a la vista de todos. Él le había subido la corta falta que llevaba y le acariciaba sobre las bragas.
         El alcohol ya me estaba haciendo efecto y, aparte de relajarme, sentí que me subía el deseo sexual. Me tomé el último sorbo de vodka y pedí una última copa para pasar al interior. Fue entonces, al levantarme del taburete y disponerme a pasar a las taquillas, cuando la vi. Lydia acababa de entrar en el Mystique. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. «Rediós... », me dije. La tía iba espectacular. «Hay que joderse» .
         Entonces me detuve. Pensé que si me echaba a andar en ese momento me cruzaría con ella, y temía que me reconociera, así que volví a pegar mi culo al taburete. «Cálmate, tío. Sigue a lo tuyo, no hay manera de que te reconozca», me dije, tratando de tranquilizarme. El corazón me pasó de cero a cien en un instante, pero lo curioso era que, aunque la situación me ponía nervioso, también me excitaba, y mucho.
         La seguí observando por el rabillo del ojo. Iba acompañada, pero no reconocí a su pareja. En ese momento, bajaban los dos escalones que daban a la sala. Ella llevaba un vestido de noche ceñido, color púrpura, que yo jamás había visto. Tenía un escote muy pronunciado, con una especie de fruncido. El vestido iba sujeto con unas tiras finísimas, lo que dejaba sus hombros completamente al descubierto. Estaba increíble.
         Tenía su melena castaña y ondulada recogida con varios pasadores. Se había comprado para la ocasión unas sandalias abiertas de color plateado, de tacón altísimo, con algunas tiras que le cruzaban el empeine. Tampoco las había visto en mi vida, y le quedaban de maravilla. Se había pintado las uñas de color rojo cereza, igual que las de sus manos. Y todo eso lo había hecho para venir aquí, a este club, para... «Vaya tela... ».
         Cuando se acercaron a la barra, miré al tipo con más atención. Iba trajeado, muy elegante. Tenía su pelo color pajizo cortado a máquina por los lados y más largo por encima, con un flequillo muy moderno. Cuando comenzaron a hablar y observé sus gestos, caí en la cuenta. «Pero, ¿qué coño... ?», me dije. Era Francesco. «¿Pero este tío no era gay, joder?» Francesco era uno de sus mejores amigos, y mantenían una buenísima relación desde que se conocieron en la universidad. Y sí, era gay, hasta donde yo sabía. Por lo que parecía, la noche me tenía preparadas más sorpresas.
         Tenía pensado marcharme a las taquillas, pero me quedé observándolos un rato más. Los vi charlar distendidamente, se hacían bromas. En ocasiones se dieron algún pico en la boca, mientras la mano de él la tomaba por la cintura. Luego dejaron la barra y se movieron por la sala. Estuvieron incluso unos minutos en la pista de la disco, donde mi mujercita se marcó un baile de lo más sensual, algo que me puso bastante cachondo. La jodida disfrutaba con todo aquello, le gustaba exhibirse, cualquiera podía verlo.
         Yo todavía tenía que echar un vistazo al interior, y me entraron las prisas. No quería que nada me pillara desprevenido. Además, el hecho de tener que andar desnudo por ahí me preocupaba, no sabía cómo iba a reaccionar, o cómo debía comportarme. ¿Y si tenía una erección? Nunca había hecho algo parecido antes. Así es que me fui para las taquillas, adelantándome a mi mujer.
         Allí tenía todo lo que necesitaba, tal como me dijo Chema. Me desvestí, me calcé unas cholas, me até una toalla a la cintura para no sentirme tan expuesto, me puse la llave de la taquilla en la muñeca y me fui para adentro con mi copa, mi antifaz y mis pelos engominados. «Adelante, campeón».
         Durante unos instantes el corazón me batió con fuerza, pero sinceramente ya no podía reconocer con claridad si es que estaba nervioso o si era por la propia excitación. La situación me daba un morbo del carajo. El alcohol, todo hay que decirlo, seguía ayudándome.
         No sé si es que el ambiente termina atrapándote, pero debo confesar que me gustó lo que vi, la decoración, la iluminación, la disposición de los sillones, las camas, las cortinas, las divisiones. Todo te invitaba al... pecado.
         Paseé durante unos minutos por las distintas dependencias. Predominaban los tonos rojos y negros. Había cuartitos por todas partes, habitáculos más oscuros, con sus amplios asientos; había también muchas camas, con sus cojines, y una gigante, todas rodeadas de cortinajes; había una zona de jacuzzis, y cuartos con utensilios para el sado. Aquello era Gomorra, la hostia.
         Mientras paseaba, iba echando ojeadas a través de mi antifaz. En uno de los rinconcitos en penumbra, una pareja bastante joven se masturbaba mutuamente mientras se comían las bocas. Los observé a cierta distancia. Todavía no sabía qué podía y qué no podía hacer allí. Me fijé en el comportamiento de otros hombres que observaban la escena. Aunque eran muy discretos y silenciosos, llegaban a ponerse bastante cerca de la pareja.
         La chica tenía las piernas abiertas, con los pies apoyados en el borde del sillón, y su vulva estaba completamente expuesta a los espectadores. El chico le metía dos dedos. No cabía duda de que estaban disfrutando de ser vistos. Uno de los hombres, de hecho, se masturbaba mientras los miraba sentado a unos metros de aquellos chicos.
         Yo me estaba poniendo duro, y mi toalla ya no podía ocultar lo evidente. ¿Y si en alguna otra esquina había alguna chica mirándome, fijándose en mi erección? Para mi sorpresa, esa idea me puso más cachondo. ¿Qué me estaba pasando? Lo que más me temía estaba sucediendo, y sin embargo ahora no me parecía para tanto. Por un lado, el hecho de estar empalmado en medio de otra gente me ponía nervioso, pero por otro me excitaba. Esto era algo completamente nuevo para mí.
         Un poco más allá, en una de las camas, un grupito de tres, dos hombres y una mujer, pasaron dentro y comenzaron a besarse y a tocarse sobre la cama. Enseguida se congregaron alrededor unos pocos observadores, casi todos hombres, pues el grupito decidió dejar las cortinas abiertas. No cabía duda de que el ver y el ser vistos era un plus de excitación en un local así. Me acerqué un poco y seguí tomando pequeños sorbos a mi copa. Esta tontería, tener la copa de vodka en la mano, me hacía sentir algo más cómodo. Era como una excusa para decir: «No estoy aquí simplemente mirando».
         Encontré un buen ángulo de visión a unos metros de aquel grupito y me apoyé en una columna. A los pocos minutos, pude ver cómo la chica, arrodillada frente a los dos hombres, que permanecían de pie sobre el colchón, comenzaba a hacerles sexo oral, sujetando una polla con cada mano. Y entonces ocurrió algo que todavía sigue sorprendiéndome. La escena me puso tan cachondo que poco a poco fui deslizando mi mano sobre la toalla, hasta que comencé a tocarme. Tenía unas ganas tremendas de masturbarme.
         Mientras me tocaba, sorprendí a mi derecha, en otro recoveco, a una chica rellenita y de piel blanca que también observaba al grupito, pero que de vez en cuando me echaba a mí miradas intermitentes. Llevaba zapatos de tacón y ropa interior, aunque se había descalzado y se había sentado sobre un sillón rojo de escay, con las piernas ligeramente abiertas. Se acariciaba la vulva sobre las bragas. También se sacaba un pecho, se pellizcaba el pezón y se lo chupaba ella misma con la punta de la lengua. Fue esa chica la que hizo que yo metiera finalmente mi mano por la abertura de la toalla y me sacara la polla. Me excitaba muchísimo que me viera hacerlo. Comencé a masturbarme alternando miradas al trío de la cama y a ella.
         Esta escena hizo que se me fuera el santo al cielo. De hecho, fue justo en ese momento, con la polla en una mano y la copa en la otra, cuando vi aparecer a Lydia y a Francesco. Los vi a cierta distancia, pero casi me da algo. Mi mujer venía casi desnuda. Seguía llevando las sandalias plateadas y se había puesto un conjunto de ropa interior de encaje rojo que me dejó noqueado. La tela era tan transparente que se le veían claramente los pezones y el vello del pubis. Francesco, por su parte, iba completamente desnudo, tan solo con las cholas. Tenía un físico envidiable, el cabrón.
         Por un momento, al verlos, no supe qué hacer. El corazón se me disparó. Me vi de nuevo atrapado en aquel juego perverso de nerviosismo y excitación por sentirme observado. Me producía un morbo tremendo tener a Lydia tan cerca mientras me masturbaba frente a la escena del grupito y de aquella admiradora rellenita.
         Respiré con fuerza, traté de serenarme y decidí seguir tocándome. Lydia y Francesco avanzaron por la estancia. Veía por el rabillo del ojo sus cuerpos reflejándose en las baldosas negras y brillantes del suelo. Seguían hablándose en voz baja, sonreían. Echaban ojeadas aquí y allí. También se percataron de mi presencia, pero siguieron avanzando. Cuando se aproximaron a la zona del trío, se detuvieron a observar. Francesco la rodeó con el brazo por la cintura. Poco después, su mano descendió y comenzó a acariciarle las nalgas. Yo sentí un pellizco de rabia, pero también me puse más duro.
         Tras unos instantes, los vi dirigirse a la zona del jacuzzi. «¿Mi mujer se va a desnudar completamente para meterse en él?», pensé. Mientras se alejaban dándome la espalda, pude observar las formas redondeadas de Lydia. Las braguitas rojas se perdían en medio de sus nalgas, que se bamboleaban al caminar. Pude observar las miradas de los hombres posándose sobre ella.
         No sé si finalmente se dieron un pequeño baño, porque aparecieron pocos minutos después. Entonces vi que los dos pasaban a otro de los reservados y se echaban sobre la cama. El corazón se me puso a cien. Desde donde yo estaba, los perdí de vista, así que seguí observando un poco más al grupito de tres. En ese momento, la chica se había tendido en la cama, con las piernas abiertas, y uno de los hombres le comía el coño. Por su parte, ella le hacía una paja al otro y se metía de vez en cuando su polla en la boca.
         Sin embargo, aunque yo los miraba, mi atención estaba puesta en otra parte. No podía dejar de pensar qué estaba ocurriendo en el otro reservado. Además, a cada instante que pasaba, veía que se acercaba un nuevo observador y se detenía por las inmediaciones, entre ellos, el animal exótico que vi a mi llegada, aquel de las piernas infinitas y el corsé blanco. Iba acompañada de un tipo aún más alto que ella, con el cuerpo fibroso. Él la tomaba por la cintura, le acariciaba y le apretaba las nalgas. Se besaban intermitentemente, agitando sus lenguas como si fueran dos espadas. Yo seguía sin ver nada de lo que ocurría allí dentro, y la curiosidad me estaba reconcomiendo. Era el momento de moverse.

Publicado por: weissmuller
Publicado: 12/07/2022 21:37
Visto (veces): 234
Comentarios: 4
A 22 personas les gusta este blog
Comentarios (4)

jesusfgil | 14/07/2022 19:39

Uff muy buen material Weissmuller. Cada expresiva y detallada descripción, cada tilde y exclamación me hacen la boca agua jeje... gracias por el relato. Ahora a por la tercera parte.

weissmuller | 14/07/2022 20:02

Jaja, ánimo, t qedan unas poquitas descripciones más 😁. Gracias. 👍

gofio | 13/07/2022 15:51

Relatas muy bien. Gracias por compartirlo.

weissmuller | 13/07/2022 16:02

D nada, gofio. 😊 Gracias 👍

indio57 | 13/07/2022 07:32

Deseando que llegue la tercera parte.

weissmuller | 13/07/2022 08:07

😊 Ya está subida, indio. A esperar q la publiquen.

rjmencey | 13/07/2022 02:18

Relato que engancha, descriptivo... el desenlace ?

weissmuller | 13/07/2022 08:05

Me alegro, rj. Ya estoy en ello.

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