El antro del pecado (parte 3/3)

El antro del pecado (parte 3/3)

NOTA: Este relato consta de 3 partes. Esta es la última.

Me fui acercando poco a poco, con la toalla deformada por mi erección. Lo primero que vi fue el cuerpo de una mujer, pero no era el de Lydia. De hecho, lo que vi fue su culo. Estaba arrodillada, inclinada hacia delante, con las piernas ligeramente abiertas, lo que dejaba su vulva expuesta. Avancé un poco más. Entonces vi las piernas flexionadas de mi mujer, una a cada lado de aquella chica: le estaba comiendo el coño. Era bastante joven. Lydia se había descalzado y ya no llevaba la ropa interior.
          Seguí desplazándome hasta que encontré una buena panorámica de la escena. Desde allí, podía oír los jadeos de Lydia, que disfrutaba con los lametazos y chupadas de la joven. Francesco estaba a su lado, de rodillas pero erguido. Lydia sujetaba su polla y trataba de masturbarlo, aunque no lo hacía de manera coordinada, porque se estaba muriendo de gusto. Él parecía dirigir la escena: acariciaba la cabeza y la espalda de la muchacha y le masajeaba las tetas a Lydia. Yo tenía los ojos como platos. Entonces me llevé la mano a la cintura, me quité la toalla, que dejé caer sobre un puf, y comencé a masturbarme a placer. Se me mancharon enseguida los dedos con mi humedad.
          La pelvis de mi mujer comenzó a moverse arriba y abajo, estimulada por la boca hambrienta de aquella jovencita. Sus gemidos y jadeos inundaban la estancia. Eran un perfecto reclamo para otros clientes, que seguían llegando y colocándose discretamente por las proximidades. La mayoría de los hombres, con claras erecciones, se tocaban sin ningún pudor.
          Entonces Francesco se inclinó sobre la chica y le susurró algo al oído. Ella, por los gestos que hacía, pareció estar de acuerdo. En un instante, se puso detrás, embadurnó con saliva la entrada de su vagina y comenzó a follársela. Sus empujones impedían a la joven usar su boca con eficacia. Eso le dio un respiro a Lydia, que se incorporó sobre sus codos para observar a sus acompañantes. A los pocos segundos, la chica había dejado de chupar y alzaba su cara con los ojos cerrados, disfrutando de las embestidas de Francesco. Me fijé especialmente en sus nalgas, que eran abundantes y vibraban con los topetazos. Me puso realmente duro, así como sus jadeos.
          Luego, Lydia salió de debajo del cuerpo de la jovencita y se puso a su lado, de rodillas. Le acariciaba la espalda, la cabeza, se inclinaba para besarla en la boca, ahogándole los gemidos, le acariciaba los pechos colgantes y vibrantes, le mesaba su melena rubia, larga y lisa, se inclinaba para buscarle el clítoris y masajeárselo mientras su amigo la seguía penetrando. Se la veía realmente entretenida.
          En ese momento, el acompañante de la mujer del corsé blanco comenzó a acariciarle los pechos, que los llevaba por fuera. Ella le agarró la polla con su mano enguantada y empezó a masturbarlo. Se besaban en la boca de vez en cuando. Yo no sabía ni para dónde mirar. Me gustaba la forma en que ella usaba su lengua. La hacía vibrar muy rápido, me ponía muy cachondo.
          Lydia dejó un poquito en paz a la muchacha y comenzó a quitarse los pasadores del cabello, mientras Francesco continuó follándosela. Su melena ondulada cayó sobre sus hombros. Comenzó a mesársela de manera provocativa, a llevarse los dedos a la boca, a acariciarse el clítoris y los pechos, que siempre me dije que eran idénticos a los de Anita Queen, la actriz porno. Me producía un morbo brutal estar observándola, verla exhibiéndose de aquel modo, provocándonos a todos, sin ella saber que estaba siendo pillada totalmente in fraganti.
          Entonces sucedió algo que me dejó frito. Lydia continuó con sus gestos provocativos y poco a poco fue cambiando su postura, deslizándose sobre el colchón lentamente, hasta que se colocó junto a la chica, justo en la misma postura, a cuatro patas. La cabrona se ofrecía provocativamente a Francesco para que la penetrara. Contoneaba su culo y abría sus piernas como una gata en celo, ofreciendo su vulva. Por poco me corro viendo aquello.
          Al verlo, Francesco se salió de la rubita y se la clavó a mi mujer, que soltó un quejido en cuanto la tuvo dentro. Ella comenzó a mover su cuerpo adelante y atrás, acompasándolo a los empujones de Francesco, que la tenía bien sujeta por las caderas. Los estampidos de las nalgas me ponían como loco, lo mismo que los gemidos de Lydia. 
          Con el corazón bombeándome a 1000 por hora, temblando un poco por la excitación, dejé el vaso sobre una mesita y comencé a meneármela con ganas. Veía los pechos de Lydia moverse como dos flanes temblorosos, la carne de sus nalgas vibrando con las embestidas. Me estaba poniendo enfermo.
          Y entretanto, en un lateral, los dos animales exóticos se fueron poniendo cada vez más cachondos, tanto que ella, en una de esas, se puso de cuclillas frente a él, manteniendo el equilibrio con aquellos tacones de infarto, y comenzó a masturbarlo a todo trapo con las dos manos, sin quitarse los guantes. El tipo empezó a mover la pelvis frenéticamente, como si estuviera follando, y la tableta de su abdomen se marcaba con los movimientos. Siguieron así hasta que el tipo se corrió sobre sus tetas, soltando gruñidos de placer. Fue tremendo. Los espectadores no se perdieron ni un detalle de la escenita, y yo tampoco. Al acabar, ella volvió a ponerse de pie, se limpió los pechos con una toallita, le comió la boca al tipo y se colocó a su lado para continuar observando a los tres de la cama. Él le pasó un brazo por los hombros.
          Ahora era la jovencita quien martirizaba a Lydia mientras Francesco se la follaba: le abría las nalgas con las dos manos y observaba cómo entraba y salía su polla; llevaba una mano por debajo y le masajeaba el clítoris; se situaba a su lado y le acariciaba las tetas o le pellizcaba los pezones; le sujetaba la cara y le comía la boca. Continuó con ese martirio hasta que Lydia se corrió de gusto. Los sonidos que emitía mientras le llegaba el orgasmo me pusieron a 1000. Jamás había escuchado antes aquellos gemidos y aquellos jadeos desgarrados. Tuve que venir al Mystique para oír algo así. Me parecía increíble.
          Lydia se dejó caer sobre la cama. Tenía la espalda brillante de sudor, lo mismo que Francesco. Luego, lentamente, se dio la vuelta y se puso boca arriba, con la cabeza sobre un cojín. La chica hizo lo mismo y se puso a su lado. En cuanto Lydia se hubo recuperado, comenzaron a besarse, a acariciarse lentamente los pechos. Francesco se situó al lado de la jovencita y le empezó a acariciar la vulva. Era un momento de calma.
          Entretanto, él iba echando vistazos discretos al público. Había cinco o seis hombres, alguna chica y la pareja de animales exóticos. Vi que Francesco se inclinaba de vez en cuando sobre ellas para susurrarles algo, se hacían gestos, asentían. Lydia y la jovencita también miraban al público. Daba la impresión de que hacían planes.
          De pronto, él se quedó mirando a uno de los espectadores, un chico alto, de piel morena, con el pelo tupido y muy negro, ondulado. Al mismo tiempo acariciaba el vientre de la rubita, como ofreciéndosela, como diciendo: «Mira lo que tengo aquí, ¿te gusta?». Ella sonrió, como si estuvieran compinchados. Entonces él llevó una mano a su vagina y comenzó a tocarla. Le hizo un gesto al chico con el rostro, alzando las cejas: «Mira qué rico. ¿Por qué no se lo comes?». El muchacho pareció comprender, se echó sobre la cama, entre las piernas de la chica, le abrió la vulva con los dedos y empezó a lamérsela. Ella no tardó en ponerse a tono. Cerró los ojos y se dejó hacer. Con su mano acariciaba el cabello del chico, apretándolo contra sí mientras se lo comía. Pronto, su pelvis comenzó a moverse, haciendo subir y bajar la cabeza del muchacho.
          Mientras los observaba, Lydia se tocaba los pechos y se acariciaba el clítoris con las piernas abiertas, retorciendo su pelvis, pasándose la lengua por los labios. Era toda una provocación. Claramente mi mujercita necesitaba una polla. Sus ojos también se paseaban discretamente entre los chicos del público. Vi que se fijaba particularmente en uno de pelo castaño y piel lechosa, no muy alto pero fornido, con los pectorales y los brazos bien definidos. Sentí una punzada de celos, de rabia y... de excitación. «Qué pedazo de zorra».
          Fui comprendiendo que en aquel lugar no cabía dar pasos en falso, ni ser irrespetuoso. Sin el consentimiento de la persona, no había nada que hacer. Pero Lydia continuó mirando al chico, enviándole señales, así que él se fue aproximando despacio a ella, hasta que se encontró a su lado. Entonces abrió un poco más las piernas y le ofreció la vulva, tocándose y retorciéndose. La señal era clara, así que el tipo se echó sobre la cama y empezó a comerle el coño.
          De nuevo volvieron los gemidos por partida doble. Las dos mujeres disfrutaban de las bocas de los tipos, quienes las penetraban con los dedos al mismo tiempo. Ellas alzaban sus piernas flexionadas, ponían los pies en punta por encima de sus espaldas, con los empeines estirados al máximo, muertas de gusto.
          Francesco, por su parte, había estado echando miradas picantes al chico que tenía justo al lado. Parecía haber un entendimiento. Entonces extendió un brazo, tanteándolo, y comenzó a acariciarle el muslo. El muchacho aceptó el gesto y se aproximó un poco más, así que la mano siguió deslizándose hasta que le agarró la polla erecta. Comenzó a masturbarlo. El chico alzó la cabeza al cielo del Mystique y cerró los ojos. Al ver su reacción, Francesco soltó un jadeo ahogado, como si hubiese encontrado un tesoro, y se sentó en el borde del colchón.
          Empezó a hacerle una mamada. Se ayudaba con una mano y se la metía bien adentro. Debía estar haciéndolo de maravilla, porque el tipo enseguida parecía estar muriéndose de gusto y su abdomen se retorcía de lo lindo. Pronto llegaron los jadeos roncos, los movimientos convulsivos y el orgasmo. Francesco se tragó todo el semen, llevando al joven a lo máximo del placer. Tras correrse, ambos se miraron y se sonrieron. El chico se inclinó hacia abajo y lo besó en la boca. Parecían muy compenetrados. Entonces Francesco se puso de pie y le dijo algo al oído. El chico asintió y volvió a besarlo. Se tomaron de la mano y salieron del reservado. Mientras salían, Francesco giró la cabeza e hizo un gesto a Lydia, sonriendo. Vi cómo se dirigieron a la zona de jacuzzis.
          Sobre la cama, el tipo que estaba sobre mi mujer se había ido deslizando hacia arriba y ahora le estaba comiendo la boca. Su polla, de un tamaño bastante por encima de la media, colgaba tiesa entre sus piernas y rozaba la vulva jugosa y húmeda de Lydia, que seguía con las piernas flexionadas y abiertas, recibiendo a aquel hombre. Mientras se comían las bocas, ella le pasaba la mano por el pelo y le acariciaba la cara. Luego él empezó a pasarle la lengua por el cuello y a mamarle las tetas. Volví a escuchar aquellos gemidos matadores de Lydia. Me ponían loco.
          En ese momento, observé perplejo cómo asomaba la mano de mi mujer por entre sus piernas y buscaba a tientas el rabo del tipo. «Lo estabas deseando, pedazo de puta», me dije. Dios mío, cómo me puso ver aquello. Se la agarró con el puño y la dirigió a su entrada. «Eso es, métetela bien dentro, zorra. Qué ganas tenías... » El hombre, al sentir el contacto de su mano, comenzó a mover su pelvis hacia delante hasta que se la clavó dentro. En ese instante, mi mujer soltó otro gemido que casi logra que me corriera.
          Yo no dejaba de tocarme. Tenía la mano manchada de mi flujo, que en ocasiones me chupaba y me tragaba. La otra pareja de la cama, quizás viendo lo que sucedía, se animó a hacer lo mismo. De nuevo, comenzaron los gemidos endiablados. Las piernas de las dos mujeres se alzabas flexionadas, recibiendo los empujones de aquellos dos machos, cuyas espaldas comenzaban a brillar por el sudor. Uno de los espectadores, que no pudo aguantar más, se corrió mientras observaba la escena desde un lado de la cama. El tipo que acompañaba a la chica del corsé le acariciaba ahora los pechos de manera obscena y le masajeaba la vulva sobre las bragas.
          Desde donde yo estaba, veía claramente entrar y salir la polla de aquel tipo dentro del coño de mi mujer. Tras unos instantes, un cerco brillante y blanquecino comenzó a formarse en torno a su vagina. Cuando se acumuló lo suficiente, una lágrima de ese flujo comenzó a resbalar por la piel del perineo hasta alcanzarle el ano. «Dios, estás más cachonda que una perra».
          Los empeines completamente estirados de mi mujer me revelaban que se estaba muriendo de gusto. Sus jadeos y gemidos de placer me taladraban los oídos. No podía aguantar más aquella visión. Sujeté la toalla con una mano y me masturbé con la otra hasta que me corrí, echando el semen sobre la tela. Justo después, llegaron a mis oídos los quejidos del orgasmo de Lydia, seguidos de los gruñidos de su pareja, que se descargó dentro de ella al mismo tiempo.
          Tras esto, yo sentí que ya había tenido suficiente. Mientras veía cómo el tipo salía de dentro de mi mujer e intercambiaban algunas palabras, yo me quité los restos de semen de las manos, me sequé el sudor y me dirigí a la taquilla. Luego me di una buena ducha, volví a vestirme y fui en busca de mi coche.
          Eran las cuatro y cuarto de la mañana. Durante todo el trayecto de regreso a casa, las imágenes no dejaron de golpearme ni un segundo. Lo que había vivido era una locura, algo muy intenso que me costaría asimilar, pero no me sentía mal. Tenía una sensación extraña en el cuerpo. Cuando decidí venir al Mystique, no supe muy bien por qué lo hacía, pero ahora comenzaba a tener una idea. Empezaba a intuir lo que iba a hacer a continuación. Todo se forjó en mi cabeza mientras conducía hacia mi casa, absorto, con la mirada completamente perdida en las líneas de la carretera.
 
          Esa noche me costó dormirme, tenía demasiadas cosas en la cabeza. Me desperté bastante tarde, sobre las once. Pasé la mayor parte del día en casa, intentando relajarme, aunque la cabeza no paraba de darme vueltas. No dejaba de pensar en Lydia. Por la tarde me fui a hacer algo de ejercicio al gimnasio. Necesitaba moverme, quemar energía.
          Cuando estaba en los vestuarios, después de haberme dado una ducha, sonaron varios mensajes de WhatsApp en mi móvil. Lo saqué de la mochila. Uno era de Chema. Le contesté.
 
          Chema [17:22]
          Todo bien? Cómo fue eso, chaval?
 
          Yo [17:24]
          Todo bien, tío. Muy muy heavy. Pero ya t contaré mañana.
          T doy un toque a mediodía, ok?
 
          Chema [17:25]
          Me dejas con la intriga, pero ok ;-)
          Venga, ya hablamos mañana.
          Chao.

          Yo [17:26]
          Chao.
 
          El otro mensaje era de Lydia. Ya había regresado.
 
          Lydia [17:22]
          Estoy en casa. Dónde estás?
 
          Yo [17:28]
          En el gym. Ya he terminado, me acabo de duchar.
          Ya voy para allá.

          Lydia [17:25]
          Ok. Pues ahora t veo.
          Voy a planchar un poco.

          Yo [17:26]
          Hasta ahora.
 
          Tardé unos treinta minutos más. Al llegar, la llamé desde la puerta de la entrada.
          ―¿Lydia?
          ―¡Estoy aquí! ―gritó.
          Primero fui a la solana y saqué la ropa sucia de la mochila. Luego fui a la cocina, abrí la nevera y le di un buen trago a una botella de agua. Con ella todavía en la mano, y con la puerta abierta, me quedé un instante mirando los azulejos de la pared, pensativo. La volví a poner dentro y cerré la nevera. Entonces me acerqué al cuarto de planchar, andando muy despacio.
          Al llegar, me quedé en el umbral, con las manos en los bolsillos. Lydia estaba de pie, frente a la mesa, dando la espalda a la puerta. Llevaba puestas unas pantuflas de estar por casa, abiertas en el talón, unos pantaloncitos de algodón de color celeste, muy cortos, que le resaltaban la forma redonda de sus nalgas, y una camisola sin mangas, color rosa pastel. No llevaba sujetador, y los pezones, que le bailaban al mover la plancha, se le marcaban bajo la tela.
          No dije nada. Me quedé allí de pie, observándola. Le miré los tobillos desnudos, las piernas, el culo redondo, donde se le metía un poquito la tela de los pantalones. Me costaba imaginar que esta fuera la misma persona que pocas horas antes había visto en el Mystique...   
          Lydia se extrañó de que siguiera callado. Sabía que yo estaba allí, observándola. Detuvo la plancha y se giró. Se me quedó mirando un instante. Sonrió insegura.
          ―¿Qué? ―dijo.
          ―Nada.
          Seguí inmóvil. Ella se dio la vuelta despacio, extrañada, y continuó planchando. Yo me fui acercando por detrás, muy lentamente. Me quedé justo a su espalda. Le miré los pechos por encima del hombro, los mechones traviesos en el cuello. Tenía el pelo recogido descuidadamente con un pasador. Estaba tan cerca que podía olerla. Me excitó. En verdad, todo su cuerpo me excitaba ahora más que nunca. Era como estar frente a una persona distinta.
          De pronto, las imágenes de ella disfrutando en el club regresaron en tromba a mi mente, y al tenerla ahí frente a mí, y percibir su olor, sentí de nuevo la rabia invadiéndome por dentro, y también la excitación. Estaba decidido, pasara lo que pasase.
          Entonces saqué mi mano derecha del bolsillo, muy despacio, y la posé en su culo. Al sentir el contacto, Lydia detuvo la plancha y giró levemente el cuello. Deslicé la mano despacio, apretándole la carne, disfrutando.
          ―¿Qué... qué haces? ―preguntó.
          Tardé en contestar. Seguí saboreando sus nalgas con la mano.
          ―Nada ―dije con toda tranquilidad.
          Me pegué más a ella, mi paquete tras su culo. Estaba teniendo una erección. Deslicé la mano hacia arriba, por su cintura, la llevé por delante y le agarré un pecho, a placer. Lo sentí caliente, suave, más delicioso que nunca. Noté la inquietud de Lydia, que seguía inmóvil. Esto era nuevo para ella.
          Giró más el cuello, pero no llegó a mirarme. Decidió seguir callada. Yo continué disfrutando de sus pechos un instante más, regodeándome. Luego me separé de ella, me eché de nuevo la mano al bolsillo y fui rodeándola, despacio. Ella comenzó de nuevo a planchar. No dijo nada.
          Le di la espalda y me acerqué a una pila de ropa que había en un lado, sobre una mesa. Cogí una pieza sin saber muy bien qué estaba haciendo. Solo quería tener algo en las manos. Entonces, dije con toda la calma del mundo:
          ―¿Te gustó cómo te comieron el coño?
          El siseo de la plancha se detuvo de nuevo. No se oyó ni una mosca. Silencio total. Pasaron varios segundos. Es muy difícil para una persona mentir cuando su propio cuerpo se estremece por la verdad de una frase. Yo sabía que Lydia buscaba una respuesta, una palabra que la sacara del aprieto.
          ―¿Que? ―probó.
          Con la prenda en la mano, me giré muy despacio y la miré directamente a la cara, con el rostro sereno. Repetí de nuevo la frase, pero más lentamente, casi haciendo pausas entre las palabras.
          ―Que si te gustó... cómo te comieron... el coño ―dije, y volví a darme la vuelta.
          La plancha seguía sin moverse. Lydia estaba bloqueada, escogiendo una salida. Pasaron varios segundos más.
          ―Pero... ¿qué dices? ―titubeó―. ¿A qué viene esto? ¿Qué te pasa?
          Me tomé de nuevo mi tiempo. Disfrutaba viéndola luchar. Cogí otra pieza de ropa y comencé a toquetearla. Lydia seguía parada. Yo seguí cerrando el cerco:
          ―El Mystique ―dije en voz baja―, el sábado. ¿Te suena?
          Ahora oí cómo dejaba la plancha sobre la mesa y la apagaba apretando el interruptor. Tras ese clic, el silencio se volvió tan espeso que podía tocarse. Esperé un instante. Luego volví a girarme y la miré. Lydia agachó la cabeza, atrapada.
          Yo no estaba enfadado con ella, pero estaba rabioso por la situación. Y ahora también estaba excitado, muy excitado. Levantó la mirada y me buscó los ojos. No tenía nada que decir. Sus mejillas estaban comenzando a mancharse de rojo.
          ―Estuve allí ―le dije.
          Sus ojos se abrieron con asombro. Caminé hacia ella muy despacio. Cuando estuve justo delante, levanté la mano derecha y comencé a rozar con los dedos uno de sus pezones. Luego alcé la izquierda y la llevé a su nuca. La aferré por el pelo, con suavidad, pero firmemente, echando su cabeza hacia atrás para descubrir su cuello.
          ―Te vi, Lydia... ―continué en voz baja―. Lo vi todo.
          Ella me mantuvo la mirada. Vi en sus ojos que intentaba encontrarme en aquella sala del Mystique, pero no lo conseguía. Era un animal acorralado. No tenía mucho más que hacer. Vi cómo se agitaba su respiración por momentos, como subía y bajaba su pecho. Comprendió que ya no tenía nada que perder, lo mismo que yo. Y fue entonces cuando percibí de nuevo su sensualidad, aquella actitud provocadora que descubrí en el club. Me miró retadora y pronunció con una especie de jadeo:
          ―¿Todo?
          La deseé. Me vinieron todas las imágenes juntas, en avalancha, y la deseé más que nunca. Apreté el puño con el que le asía la melena y la atraje hacia mí, su cara a cinco centímetros de la mía.
          ―¿Tenías muchas ganas de polla? ―le dije lentamente, mirándola con codicia.
          Ella me sostenía la mirada, entreabriendo su boca. Dios, qué duro me estaba poniendo. Sentí la provocación en sus ojos. Entonces me acerqué y le comí la boca, me tragué su aliento. Quise comérmela a ella, literalmente.
          Mientras la besaba, metí mi mano por debajo de su camisa y le agarré los pechos, con rabia, con obscenidad. Sin dejar de comérmela, deslicé la mano y la metí bajo sus bragas. Le acaricié el coño con la palma de la mano, y luego le introduje dos dedos en la vagina. Los moví en su interior y los impregné de su olor. Dejé de besarla un instante y me los llevé a la nariz, a la boca... Quería tragármela a ella.
          Esa tarde acabamos haciéndolo de un modo como yo no recuerdo que ocurriera jamás. Aún era pronto para saber lo que iba a suceder en adelante entre Lydia y yo. Quizás ella perdiera el interés por sus noches de pasión clandestina, o quizás yo me animara a compartir sus fantasías en el Mystique. Teníamos muchas cosas de las que hablar, y todo eso estaba por averiguar. De lo que estaba seguro era de que a partir de ahora ya no volvería a verla de la misma manera.
          Y me gustaba mucho más esta Lydia que la anterior.
          Y no solo eso: también me gustaba más esta versión de mí que la antigua.
          Gracias, Chema.

Publicado por: weissmuller
Publicado: 13/07/2022 07:58
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Comentarios: 9
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Comentarios (9)

canarioo1983 | 31/07/2022 10:05

Señor, me quito el sombrero posiblemente el mejor relato que he leído aquí y sobre todo me gusta la forma en la que haces que uno se meta en el lugar del protagonista, muchas gracias y espero leer el siguiente

weissmuller | 31/07/2022 10:33

Joer, qué bueno. 😊 Muchas gracias, canarioo, me encanta q lo hayas pasado bien. Un saludo. 👍

jesusfgil | 14/07/2022 22:54

Lo peor que de momento no haya parte 4, gracias por la lectura y la peculiar reflexión sobre el tridente celos-pasión-sexo. La de secretos que deben guardar las paredes del Mystique...

weissmuller | 14/07/2022 23:30

Ese tridente es una combinación perfecta para infinidad d fantasías, jesús. 😉 Me alegro d q lo hayas pasado bien. Gracias x comentar. Saludos. 👍

morenotf38 | 14/07/2022 10:05

Buen relato, te hace repasar en la mente, todo el ambiente del mystique, desde que llegas a su recepción es sitio enigmatico donde la lujuria y las fantasías sexuales se dan cita durante la noche y parte de la madrugada, en sus salas la tensión sexual se siente en el ambiente, los jadeos, los gemidos hacen que se te disparen las hormonas a mil, sencillamente gomorra o la ciudad del pecado. Ire las veces que se puedan.

weissmuller | 14/07/2022 10:58

Veo q sabes d lo q hablas, morenotf 😁. Suena bien: "la ciudad del pecado". Gracias, un saludo.

tinerfenocachond | 13/07/2022 23:15

Enhorabuena por los relatos!

weissmuller | 13/07/2022 23:18

Muchas gracias, tinerfeño. Ya me di cuenta d todos tus me gusta 😊. Un saludo! 👍

sinlimite | 13/07/2022 17:29

Maravilloso, lo he disfrutado con avidez!!!

weissmuller | 13/07/2022 17:32

Muchas gracias, sinlimite, perfecto!!! 😁😁

indio57 | 13/07/2022 13:10

Buena desicion por tu parte. ¡Felicidades pareja!

weissmuller | 13/07/2022 13:19

Gracias, indio. 👍 😊 Un saludo. 👋

buscoprimeravez | 13/07/2022 12:43

Me ha encantado la historia y me he puesto súper cachondo pues deseo que mi mujer me haga cornudo y pillarla follandose a otros tíos.

weissmuller | 13/07/2022 13:18

Esa fantasía es potentísima, y t comprendo perfectamente. Espero q tengas oportunidad d llevarla a cabo. 😉 Gracias, y un saludo.

buscoprimeravez | 13/07/2022 13:20

Ojalá pronto pues ardo en deseos de ser cornudo.

juantomas | 13/07/2022 12:03

Menuda historia, genial. Espero poder seguirla

weissmuller | 13/07/2022 12:27

Acaba ahí, juan. 😉 Gracias, saludos.

rjmencey | 13/07/2022 12:03

Uff que aguante, que control de la calma, que mente abierta, es algo que todos pensamos, pero lo diferente es verse en tu lugar y momentos. Que silencio frio al sacar la verdad y que polvo tuvo que ser ... la cabeza a mil... Gran relato, me parece bien escrito, engancha por la intriga

weissmuller | 13/07/2022 12:26

😊 Gracias, rj, me alegro d q lo hayas pasado bien. Un saludo. 👍

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