Saray no pudo aguantar más (parte 1/2)

Saray no pudo aguantar más (parte 1/2)

[22:02] Saray:
Bonsoir, nene...
 
          Oí la llegada del mensaje justo al entrar en mi piso. Había dejado el móvil sobre la mesa del salón. Regresaba en ese momento de haber ido a correr. Con las manos sudorosas, abrí la aplicación, leí el mensaje y contesté:
 
          [22:03] Yo:
          Hello, señorita...
 
          De señorita no tenía nada, estaba casada desde hacía 15 años y tenía dos hijos, pero nos hablábamos así, con esa confianza, a partir de que comenzamos a tener conversaciones picantes a través de WhatsApp, por las noches, cuando su familia estaba ya roncando a pierna suelta. Tardó unos minutos en responder.
 
          [22:07] Saray:
          Q haces?

          [22:07] Yo:
          Sudar, y tú?

          [22:08] Saray:
          Sudar? Q habrás estado haciendo...

          [22:08] Yo:
          Vengo ahora mismito de correr, malpensada.

          [22:09] Saray:
          Del Juan Pablo II?
 
          Yo solía ir a ese parque, uno que estaba muy cerca de su urbanización.

          [22:09] Yo:
          Yes.

          [22:10] Saray:
          Q niño tan saludable.

          [22:10] Yo:
          Para q veas...
          Bueno, baby, q me cuentas?
 
          Desde que comenzó aquella especie de relación cibersexual entre los dos, Saray empezó a llamarme "nene", y yo la llamaba "baby", un mote que me confesó que le gustaba mucho.
          Se podría decir que fui yo quien la introdujo en el arte del cibersexo, pues ella apenas tenía idea del submundo que se ocultaba en internet. Le tenía cierto miedo, como si fuera un espacio oscuro lleno de peligros y tentaciones. Jamás había pisado una sala de chat, no tenía ni idea de cómo funcionaba una aplicación de citas y no tenía redes sociales. Fue toda una revelación para ella descubrir lo intensos que podían llegar a ser sus orgasmos a partir de una mera conversación escrita.
 
          [22:11] Saray:
          Quieres quedarte a dormir en mi casa mañana?
 
          ¿Perdona? Me quedé boquiabierto al leer aquel mensaje. Era la primera vez que me proponía algo así. ¿Yo? ¿Quedarme en su casa... a dormir? No podía creérmelo.
 
          [22:11] Yo:
          Repíteme eso de nuevo.
 
          [22:12] Saray:
          Jajajaja, tonto!

          [22:12] Yo:
          Vacilándome, no?
          Serás capulla...

          [22:13] Saray:
          No te vacilo.
          Quieres?
 
          Volví a quedarme frío. ¿Lo decía en serio? Yo conocía a su marido, y en alguna ocasión había compartido un café o un almuerzo con ellos, pero poco más. Meterme en su casa me generaba bastante aprensión, especialmente después de que se iniciara aquella... relación picante y clandestina entre los dos.
 
          [22:13] Yo:
          Pero... Y tu familia?

          [22:13] Saray:
          Voy a estar sola.
 
          Saray estaba saboreando ese momento, podía notárselo. Esos mensajitos escuetos, el tono misterioso...
 
          [22:14] Yo:
          Sola, sola?

          [22:14] Saray:
          Sí...

          [22:14] Yo:
          Uf, no sé, Saray...
 
          Ella conocía perfectamente mis temores. De hecho, cada vez que teníamos cibersexo por WhatsApp le decía que no se olvidara de borrar la conversación. Parecía que me preocupaba yo más que ella. Llegaba a ponerme un poco pesado, la verdad, y no tenía por qué, pues Saray sabía muy bien lo que se hacía. Es más, era muy improbable que nadie sospechara nada de ella, en ningún aspecto de su vida. Era una mujer muy honesta, y actuaba siempre con franqueza y con naturalidad.
 
          [22:15] Saray:
          Voy a estar todo el fin d semana sola.
          No t preocupes, nene.

          [22:15] Yo:
          Dónde han ido?
          Tú t imaginas q vinieran de pronto pq se les hubiera olvidado algo?
          Me moriría directamente.

          [22:16] Saray:
          No están aquí.
          Ayer cogieron un avión.
          Se han ido a los apartamentos de sus padres, en Fuerteventura.
          Yo iré para allá el domingo.

          [22:16] Yo:
          Vaya...
          Pues... en ese caso, supongo que podría, jeje.
 
          Le dije que sí, pero seguía generándome un poco de ansiedad meterme en su casa. Nuestro "secreto" no solo se reducía a nuestras conversaciones picantes por WhatsApp. La relación de amistad que teníamos venía de muy lejos, duraba ya más de 20 años.
          Entre Saray y yo surgió una especie de tonteo inocente desde la misma universidad, donde nos conocimos. (Ella ya salía con su actual marido, por cierto.) Años después, llegamos incluso a trabajar en la misma empresa, un gabinete de psicopedagogía, y allí nuestros tonteos siguieron subiendo de tono.
          Por ejemplo, yo podía acercarme a su despacho, cuando estaba sola, colocarme a su espalda, tras la silla giratoria en la que estaba sentada, y decirle:
          ―¿No crees que ese escote es demasiado... generoso? ―En ese momento ella dejaba de pulsar el ratón y se quedaba inmóvil, apenas un leve giro de su cabeza―. Te veo el sujetador desde aquí.
          Ella, soltando un resoplido mezclado con una risa ahogada, se echaba apurada las manos al cuello de la camisa y se tapaba, aunque no había realmente nada que tapar. Yo lo hacía por fastidiarla.
          ―Vete de aquí, anda ―me decía empujándome, sin volverse si quiera.
          Poco a poco, nuestras tonterías fueron aumentado de intensidad. Una vez, por la noche, cuando hacíamos alguna hora extra para terminar un proyecto, se me ocurrió la idea de gastarle una broma un poquito más heavy. Yo le había contado acerca de una relación que estaba manteniendo con una mujer comprometida. Entre otras cosas, le dije que solíamos hacer juegos, adoptar roles, y que yo estaba pensando utilizar algún juguete. Le hablé de que quizás comprara un consolador de silicona, de esos con forma de pene. Esa noche, puse una bolsa de tela sobre su mesa, ligeramente enrollada, como si ocultara un tubo o algo parecido, y le dije:
          ―Ya lo compré.
          Ella dejó de mirar la pantalla del ordenador y fijó sus ojos en la bolsa. Estoy seguro de que se imaginó el juguetito del que le había hablado. Saray abrió su boca con asombro, luego la cerró, se mordió el labio, desvió la mirada hacia su pantalla y dijo:
          ―No te creo.
          ―¿No? ¿Por qué? Anda, sácalo ―le dije.
          No paraba de sonreír, nerviosa. Negaba con la cabeza, como diciendo «qué cabrito es». Noté que se ruborizaba, era algo que me encantaba. La curiosidad se la estaba comiendo.
          Yo estaba seguro de que no había visto ninguno en vivo en toda su vida. Entonces, en un impulso, sin pensarlo más para poder atreverse, se abalanzó sobre la bolsa, la desenrolló y dejó caer sobre la mesa lo que había dentro. No era más que un cilindro de plástico de unos 20 centímetros, hueco.
          ―Idiota ―dijo sin poder reprimir su sonrisa. Se llevó las dos manos a la cara, sofocada―. Qué nervios acabo de pasar...
          Yo también sentí la tensión sexual. Me eché a reír mientras volvía el cilindro a la bolsa.
          ―Anda, sal de aquí ―dijo, abanicándose la cara con la mano.
          ―Te lo habías creído, ¿eh?
          ―Cap... pullo ―dijo riendo. Siempre se contenía mucho cuando soltaba un taco.
 
          [22:16] Saray:
          Vienes sobre las 7?
          Podemos ver una peli o algo.

          [22:17] Yo:
          Vale.
          T gusta Mario Salieri?
 
          Yo me imaginaba que no sabía quién era.
 
          [22:17] Saray:
          No sé quién es.

          [22:18] Yo:
          Un director d cine porno.

          [22:18] Saray:
          Idiota!!
          Ya hablaremos mañana.
          Chao, nene.

          [22:18] Yo:
          Jajajaj, chao.
 
          Esa conversación fue un viernes por la noche. El sábado siguiente nos volvimos a escribir para concretar el plan.
          Me presenté en el portal de su casa a las ocho. Yo seguía teniendo una sensación rara en el cuerpo, una mezcla de nervios y excitación: nervios, porque no podía evitar pensar que podría presentarse alguien en su casa de improviso, y excitación, porque..., bueno, no hace falta que explique por qué.
          Por supuesto, Saray se encargó de dejarme claro que «no iba a pasar nada», refiriéndose a nuestros jueguecitos. Qué gracia tenía, siempre hacía eso para sentirse más tranquila. Si se daba por sentado que nos veríamos para que "ocurriera algo", se ponía atacada de los nervios. «Que sí, mi niña», replicaba yo, siguiéndole el rollo.
          Era lógico que pensara de ese modo, porque a las sesiones de cibersexo le siguieron nuevas aproximaciones en vivo, algo que a los dos nos sorprendió muchísimo. Era realmente curioso, como si escapara de nuestro control. Antes de que sucediera nada entre los dos, nos hubiese resultado impensable que pudiera haber ocurrido algo así, tanto las conversaciones picantes como todo lo demás. Pero así son las cosas: cada pasito te lleva al siguiente, y la mente se adapta, inventa nuevas jugadas, y no se la puede frenar.
          El cibersexo dio lugar a que una tarde cualquiera, en mi casa, en una de sus visitas para tomar el té a mediodía tras el trabajo, yo acabara sacando aquel juguetito que utilicé tiempo atrás con mi amante ―el consolador con forma de pene―, nos sentáramos en el sofá del salón y acabara llevándolo bajo su falda para palpar su vulva sobre las bragas, metiéndolo entre sus abundantes pechos, por encima de su camisa, y paseándolo por delante de su boca para que lo lamiera y lo chupara. Cuando ocurrían estas cosas, nos quedábamos perplejos, sin saber muy bien cómo habíamos llegado a eso.
          Bueno, ¿y en qué punto estábamos ahora? De momento todo se limitaba a tocamientos, besos y felaciones, y siempre mediante juegos y artificios: ella se hacía la dormida en mi cama y yo "abusaba de ella", o le ponía un antifaz y le daba a probar distintos "sabores y texturas", o nos poníamos en plan didáctico y nos echábamos un rato en la cama para que ella pudiera ejercitarse en el "masaje oral", etc.
          Aunque yo sí le había chupado los pechos, aún no había saboreado su sexo con mi boca, y la penetración, por descontado, estaba fuera de nuestro alcance por el momento. Eran pasos "demasiado fuertes" para ella, me decía.
          Yo siempre respeté sus ritmos, nunca traté de presionarla, aunque es verdad que a veces, en el ardor de algunas situaciones, resultaba difícil contenerse, tanto por su parte como por la mía. Pero yo comprendía que era ella la que se encontraba en una situación comprometida y la que debía marcar la pauta.
          Sé que puede resultar extraño que Saray tuviera tantas reticencias para "tirarse al agua" de una vez, pero había varias razones por las que las cosas fueron avanzando tan paulatinamente entre los dos.
          La primera es que todo empezó de manera inocente, y nunca se nos pasó por la cabeza, a ninguno de los dos, que fuera a pasar nada, sinceramente lo digo. Y la segunda, y esta era clave, es que existía el temor siempre acechante de que surgieran los remordimientos y el arrepentimiento por su parte.
          Saray había tenido una educación estricta y religiosa, y no le resultaba fácil transgredir ciertos límites, por pequeños que fueran. Su conciencia podía jugarle malas pasadas. Yo conocía todo esto, y fui el primer sorprendido cuando comenzaron a suceder "cosas" entre los dos, como aquellas sesiones de cibersexo por WhatsApp. De hecho, generalmente al día siguiente de que hubiéramos tenido algún jueguecito sexual en mi casa, yo solía enviarle un mensaje preguntándole: «Oye, ¿va todo bien?», temiendo que hubieran aparecido los temidos remordimientos. «Perfectamente, nene», me respondía, lo cual me tranquilizaba.
          Pero no siempre fue así. En una ocasión, tras una temporada en la que tuvimos algunos encuentros más seguidos, me confesó que se estaba sintiendo un poco mal, que estaba teniendo pensamientos de culpa, y que temía que su marido le notara algo. Ahí tuvimos que poner el freno, aunque es verdad que al final todo eso fue pasando y regresamos a nuestros juegos habituales.
 
 
          Toqué el botón del portero automático. Todavía no había empezado a oscurecer. Estábamos a finales de julio, hacía bastante calor y los días eran largos.
          ―¿Sí?
          Yo traté de impostar la voz:
          ―Buenas tardes. Soy de Seur, señora, soy el repartidor.
          ―¿Perdone?
          ―Le traigo un paquete. El remite es Mario Salieri ―le digo.
          Oigo que suelta un resoplido seguido de su risa.
          ―Este niño es tonto... Anda, anda, sube, Salieri.
          Me recibió vestida con un traje estampado, muy veraniego, de color blanco con flores rojas. El escote era de esos cuadrados, con dos o tres botones. Le hacía un busto estupendo. Además, Saray tenía una cinturita bastante fina acompañada de unas caderas la mar de pronunciadas. El hecho de que hubiese cogido algunos kilos últimamente volvía el conjunto todavía un poco más peligroso.
          Nos dimos un par de besos.
          ―Joder, qué bien huele. ¿Qué estás haciendo? ―le pregunté olfateando el aire.
          ―Nada, una tontería. ¿Tienes hambre?
          ―Uhm... podría picar algo, sí. ―Le puse una cajita de metal en la mano―. Toma.
          ―¿Y esto? ¿Qué es? ―me pregunta mirándola.
          ―Frutas del bosque. Infusión.
          Le encantaban las infusiones, y las tenía de todos los sabores y colores. La agitó un poco para oír el sonido.
          ―¡Anda, qué rico! Gracias. ¿La quieres probar?
          ―Sí, después nos preparamos un par de tazas.
          Me acerqué al salón a dejar la cartera, las llaves, y un pequeño bolso donde había metido algo de ropa de estar por casa. Nos fuimos a la cocina y nos sentamos a la mesa. Estuvimos charlando un buen rato de todo y nada. El olor que percibí al entrar era una tortilla de calabaza. La había cortado en taquitos. Estaba buenísima.
          Le comenté que me sorprendió su iniciativa para que yo pasara la noche allí.
          ―¿Por qué no? ¿Qué tiene de malo? ―me dice muy convencida.
          Anda, mírala qué resuelta ella. ¿Acaso no puede invitar a un amigo a su casa? Ya, claro, como si lo hiciera todos los días.
          ―Absolutamente nada, mi niña, está usted en todo su derecho ―le dije complaciéndola.
          Después de más de una hora de cháchara, Saray se levantó y me dijo que iba a su cuarto a ponerse más cómoda. Era un momento novedoso para mí y para ella. Era... ¿cómo decirlo?, excitante.
          ―Oye, ¿preparo la infusión ahora?
          ―Ah, vale, venga ―me dice, y se va para su cuarto.
          La oí trajinar en el baño. Me dio tiempo de preparar la infusión, de llevarla al salón en una bandeja, de ponerme mi pantaloncito corto y mi camiseta y de apoltronarme en aquel sofá gigante en forma de L, de color azul, a juego con las cortinas.
          Puse la tele. Saray llegó minutos después. Cuando la vi entrar, debo confesar que me llevé una impresión. La miré de arriba abajo.
          ―Tú no te cortes, ¿eh?, a tu aire ―me dijo al verme escanearla.
          Tenía razón, era absolutamente indiscreto. Con ella, para más inri, lo hacía adrede.
          ―¿Qué quieres, mi niña? No estoy acostumbrado a verte así.
          Se había puesto un camisón sin mangas, pero no de esos holgados, sino uno que tenía un pequeño fruncido en la cintura y que hacía que se le pegara ligeramente al cuerpo, resaltando sus formas. Se había puesto un sujetador blanco. Aparte de las tiras en los hombros, la holgura del camisón me permitía ver alguna parte del encaje. También traía unas zapatillas de franela de estar por casa. Escaneé sus andares hasta que se sentó a mi lado en el sofá.
          ―Qué bien huele ―dijo señalando las tazas con la infusión.
          ―Súper. Y sabe mejor todavía, ya lo probé.
          Se descalzó y se sentó con las piernas recogidas, en la posición de loto. Me fijé en sus uñas bien cuidadas. Las tenía pintadas de un morado muy oscuro. Cogió una taza y tomó un sorbo.
          ―Me encanta ―dice. Echó un ojo a la tele―. ¿Qué ves?
          ―Nada, estaba zapeando.
          ―¿Ponemos una peli?
          ―Vale.
          Me puse a trastear con el mando. Busqué el menú de la Paramount para ver lo que había. Estábamos de suerte. Esa semana estaban poniendo Heat, de Al Pacino y Robert de Niro, y El lado bueno de las cosas, de Jennifer Lawrence y Bradley Cooper. Yo había visto las dos. Aunque la primera era un peliculón, pensé que Saray igual no quería ver tiros, así que nos decidimos por la segunda. Además, Jennifer estaba tremenda en esa peli, e hizo un papelón de óscar.
          Vimos la tele recostados en el sofá. Cada vez nos íbamos poniendo más cómodos. Ella se fue colocando de lado, con un cojín apretujado contra el vientre. Con la punta de un pie me toqueteaba la pantorrilla, y con las yemas de los dedos de una mano me acariciaba el interior del antebrazo, que yo le ofrecía, pues me encantaba. Yo comenzaba a sentir la tensión sexual en el aire.

Publicado por: weissmuller
Publicado: 19/07/2022 18:53
Visto (veces): 268
Comentarios: 1
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Comentarios (1)

jesusfgil | 21/07/2022 11:54

Top in crescendo...

weissmuller | 21/07/2022 12:11

Eso es bueno. Espero q siga creciendo. 😉

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