Saray no pudo aguantar más (parte 2/2)

Saray no pudo aguantar más (parte 2/2)

NOTA: Este relato consta de 2 partes. Esta es la última.

Sin venir a cuento, puse la pausa con el mando a distancia. Saray se giró hacia mí.
          ―¿Qué haces?
          Yo sabía que en su casa había otro salón, pues hacía unos años la habían ampliado, y ahora ocupaba toda la planta del edificio. Me quedé mirando alrededor, preguntándome si sería este en el que... Puse una sonrisa maligna.
          ―¿Es aquí donde te sientas por las noches cuando nos ponemos a... ?
          No me hizo falta acabar la frase. Ella sabía que me refería a nuestras sesiones de cibersexo por WhatsApp, en las que acababa tocándose, metiéndose los dedos y corriéndose. La sonrisa le llegó a las orejas, aunque trató de reprimirla. Dijo sin mirarme:
          ―Cállate, anda, y dale al play.
          No le hice caso.
          ―¿Es aquí o no?
          Sin mirarme, y usando ese retintín que pone uno para zanjar una conversación, me dijo:
          ―Que síii. Dale al play de una vez.
          Nervios.
          Ya eran cerca de las once. La peli se reanudó, y los toqueteos de su pie y las caricias también, pero volví a pararla a los pocos minutos, justo cuando los protagonistas practicaban un baile en un garaje. Es una escena ligeramente erótica, en la que Lawrence lleva licras y ropa de algodón muy ajustada. Saray hizo un chasquido con la boca, fingiendo un fastidio que no existía:
          ―¿Y ahora qué pasa?
          ―Nada ―dije tranquilamente. Volví la cara hacia ella, le observé el cuerpo―. Es que me vino ahora a la mente aquel día cuando...
          Un pequeño silencio.
          ―¿Cuando qué? ―dijo sin girarse hacia mí, aunque la imagen de la tele estuviera detenida.
          ―Cuando... cogiste la zanahoria.
          Dio una palmada sobre el cojín.
          ―¿Te quieres callar y darle al play? ―dijo, continuando con su falso fastidio. Su sonrisa la delataba.
          Fue una noche en la que se quedó sola. Se había puesto a ver vídeos en una web porno, en el móvil ― yo desconocía que viera esas cosas. Me sorprendió cuando me lo dijo―, y no pudo aguantarse más. Se fue a la cocina, cogió una zanahoria de la nevera y regresó al sofá en el que ahora estábamos echados los dos. Por supuesto, cuando me lo contó a través de un mensaje, una noche, me excité tanto que aproveché la coyuntura para seguir calentándonos mutuamente con otra de nuestras conversaciones picantes.
          ―¿Qué pasa? ¿Es que no te acuerdas ya? ―le insistí.
          Había apartado de nuevo la cara, pero se le seguía escapando una sonrisilla. Sus mejillas comenzaban a ponerse rosadas.
          ―Sí que me acuerdo, pesadito. ¿Quieres hacer el favor de poner la peli?
          Era solo una pose, un papelito que tenía que representar delante de mí, pero se estaba poniendo tan cachonda como yo.
          Sin que ella se diera cuenta, me miré la entrepierna. Estaba comenzando a notar la presión bajo mis pantaloncitos, cosa que me excitaba todavía más al tenerla a ella tan cerca, por el morbo de que me lo notara. Para colmo, los pantalones eran de esos grises de algodón, que apenas pueden ocultar nada. Pero yo no podía parar.       
          ―Esa noche no pudiste aguantarte... ―continué yo.
          Otro chasquido con la lengua. Pegó más su cara al cojín que estaba abrazando.
          ―¿Te puedes callar un poquito? Solo un poquito, anda.
          Le estaban entrando los calores. Sin embargo, su pie no dejaba de toquetearme la pierna. Eso me excitaba.
          ―Chica, ¿qué quieres? Es que cada vez que me lo imagino, tú ahí, echada en el sofá, con las piernas así, y con eso metido...
          Se llevó las manos a la cara. Estaba más roja que un tomate. Yo me estaba poniendo duro, y la cosa empezaba a notárseme.
          ―¿Cómo lo hiciste? ―le insistí―. ¿Te echaste las bragas hacia un lado, o... ?
          Yo conocía la escena al dedillo, ella me la había explicado perfectamente, pero la estaba repitiendo en voz alta para martirizarla. Así fue justamente, se echó las bragas hacia un lado y empezó a metérsela.
          ―Me estás poniendo atacada, que lo sepas. Eres un capullo.
          ―Solo estoy intentando recordarla, mi niña, no es para tanto. Como estoy aquí sentado me vienen las imágenes, ¿qué quieres que le haga?
          ―Ya, ya, claro, pobrecito, le vienen las imágenes...
          ―Por cierto, me dijiste que esperaste un poco, porque estaba muy fría, ¿verdad?
          Se tomó un segundo para contestar, y cuando lo hizo usó el tonito de fastidio.
          ―Síii, estaba muy fríiia. Y cállate de una vez. Dame el mando ―pidió sin mirarme, alzando la mano. No le hice ni caso.
          ―Eso me dijiste. Pero conseguiste calentarla, ¿no?
          Volvió a tomarse su tiempo.
          ―Que sí, pesado, la calenté un poquito antes de... eso.
          ―¿Y cómo la calentaste?
          Otra vez, yo lo sabía todo, pero quería oírlo de nuevo de su boca.
          ―Me la puse entre...
          Había cogido impulso, pero no se atrevió terminar la frase.
          ―¿Entre qué? ―pregunté exagerando mi expresión de curiosidad.
          ―... las tetas.
          Se estaba excitando, no había más que verla. Me quedé mirándola en silencio. Luego, dije:
          ―Vaya, vaya, qué ingeniosa...
          Aprovechando otra vez que ella no me veía, eché un vistazo a mi paquete. Tenía los pantalones deformados, era imposible ocultarlo, lo que empeoraba aún más las cosas, porque eso me excitaba muchísimo. Fue entonces cuando ella despegó su cara del cojín, fingiendo que estaba harta, y la giró hacia mí con decisión para reprenderme otra vez con aquel tonillo de falsa exasperación. Pero no le salió bien, pobrecita. Comenzó a pronunciar una frase, pero se detuvo a medio camino, justo cuando observó con el rabillo del ojo mi pantalón abultado.
          ―Bueno, ¿qué? ¿Vas a darle de una vez a... ? ―dijo, y aquí sus ojos se posaron sobre mi erección. Hasta su voz cambió, se volvió más seria e insegura. Retiró los ojos de allí e intentó terminar la frase como pudo―. ¿Vas a darle al play o no?
          ¿Te puede tocar una mirada? Yo la sentí en ese momento, justo "ahí". Tragué saliva, me repuse y seguí con el juego.
          ―¡Que ya le doy, mi niña!, ¡espera un segundo! ¿Qué prisa tienes?
          La voz tampoco me salió como yo quería, empezaba a estar demasiado excitado. Le hice caso y puse de nuevo la peli en marcha. Incluso bajé un poco el volumen, pero Saray no me dijo nada.
          Los protagonistas siguieron con la escena del baile. Mis ojos estaban fijos en la pantalla, pero apenas distinguía las imágenes: mi atención estaba en otra parte. 
          ―Aquella noche debías tener muchas ganas de sentir una... ―dije en voz baja.
          Silencio. Noté que se ruborizaba aún más. Su pie continuaba acariciando mi pierna. Deslicé mi mano y tomé la suya por la muñeca, que reposaba sobre el cojín. Tiré hacia mí, muy despacio. No se resistió. La posé sobre el pico de mi excitación. Al principio no reaccionó, la mano se posó allí, flácida, pero de pronto se reactivó y comenzó a moverse por su cuenta, a acariciar la dureza. Me puso como una moto.
          Mi corazón empezó a bombear con fuerza. Ninguno decía nada. Yo rozaba con las yemas de los dedos el brazo que me acaricia. Su mano palpaba cada vez con mayor interés, la cerraba en torno a mi polla, aplastando la tela. Me incliné despacio hacia ella, mi cara cada vez más pegada a la suya. Acerqué mi boca a su oído.
          ―¿De qué tenías ganas? ―le pregunté susurrando. La voz me salía temblorosa. Paseé mis labios por delante de su boca, solo rozándola―. Dímelo.
          La vi luchando por hablar. No se atrevía. Debía estar temblando por dentro. Finalmente, cogió fuerza y susurró:
          ―De una polla...
          Nos besamos despacio. Enseguida salió su lengua a buscarme. Su mano me atrapaba ahora la erección sin miramientos por encima del pantalón. Sin dejar de comernos las bocas, deslicé la mía y cogí la suya, la llevé por debajo de mi ropa e hice que me aferrara de nuevo. El contacto me estremeció. Comenzó a masturbarme.
          Mientras la seguía besando y paseando mis labios húmedos por toda la piel de su cara, tiré de mi pantalón y mis calzoncillos hacia abajo, dejándole espacio libre para que me manipulara a gusto. Me ponía a 100 sentir su mano al tiempo que nos rozábamos las bocas y las lenguas. 
          De vez en cuando, ella desviaba los ojos y me miraba la polla. Se sentía a gusto así, recostada sobre mí, sin urgencias de ningún tipo. Yo le retiraba el pelo de su cara, le acariciaba la mejilla. Poco a poco, Saray fue deslizando su cabeza sobre mi vientre, acercándose a mi erección, hasta que la vi sacar la puntita de la lengua para lamer la ranura de mi glande. Cerré los ojos de gusto, pero solo un instante, porque no quería perderme nada.
          Comenzó a dar pequeñas lamidas a la punta, haciendo círculos con su lengua. Luego abrió la boca y se la metió dentro. Sentí el calor invadiéndome el glande. Me estremecí. Le coloqué el pelo tras la oreja y me incliné ligeramente hacia delante para verla mejor.
          ―Oh, así... chupa ―susurré.
          Mientras lo hacía, yo le acariciaba la cabeza, la mejilla, ponía mi mano sobre la suya, con la que me aferraba la polla. Continuó mamándome unos minutos, a placer, haciendo esos ruiditos característicos de la succión. Yo me dejé llevar, disfrutando de cada centímetro de su boca.
          Luego se incorporó y volvimos a besarnos, sin dejar de masturbarme. Sentí el sabor de mi humedad en su saliva. Despacio, llevé mi mano entre sus muslos. Le subí el camisón y la acaricié sobre sus bragas. La sentí muy caliente y húmeda.
          Comencé a masajearla sobre la tela. Seguimos así unos instantes, lamiéndonos los labios con las puntas de las lenguas y masturbándonos mutuamente. Luego metí mi mano bajo sus bragas. Deslicé el dedo medio por su raja. Palpé. La tenía completamente mojada. «Qué rico, Dios». Volví a acercar mi boca a su oído.
          ―Te la metiste por aquí, ¿verdad? ―dije, nuestras bocas casi pegadas.
          ―Sí... ―susurró.
          ―¿Lo volverías a hacer para mí?
          ―Uf... ―dijo.
          ―Anda... ―seguí―. Déjame ver cómo lo haces.
          La seguí hurgando con el dedo, y empecé a notar sus pequeños gemidos mientras nos besábamos.
          ―Voy a buscar una ―dije decidido.
          No pudo hablar, la excitación la tenía paralizada. Me levanté del sofá, con aquella erección aparatosa, y me fui a la cocina. Busqué en la nevera. Abrí un cajón y cogí una zanahoria apropiada. Regresé a su lado, con mi bulto a pleno rendimiento. Una manchita de humedad apareció en la tela de mis pantalones.
          Me volví a pegar a ella. Sujeté la zanahoria entre las dos manos, cubriéndola con los puños, tratando de calentarla.
          ―Está muy fría ―le dije. Luego la tomé por la base, mostrándosela, y le pregunté―: ¿Te gusta así?
          Era bastante gordita. 
          ―Sí me gusta ―dijo con un hilo de voz.
         Me miró a los ojos, su cara frente a la mía, estiró su brazo y me buscó de nuevo la polla bajo la ropa. Me excitaba ver esa iniciativa en ella. Mientras me masturbaba, acerqué la zanahoria a su cara, pasé la punta por sus labios. Ella sacó la lengua y comenzó a lamerla. Luego se la metió en la boca y comenzó a mamarla, desafiándome con ojos lujuriosos.
          Los minutos pasaban, y la zanahoria se iba templando. La saqué de su boca, la deslicé por su escote y la comencé a meter entre sus tetas, varias veces, arriba y abajo. Luego le bajé el camisón y le saqué los pechos por fuera del sujetador. Empapé la punta de la zanahoria con saliva y me puse a rozarle los pezones. Saray seguía masturbándome. Su mano se manchaba cada vez más con mi humedad.
          Entonces me incliné sobre ella y comencé a mamarle las tetas, chupadas intensas, tragándome los pezones. Me lo había confesado muchas veces: podía llegar a correrse si le chupaban los pechos con destreza. Sentí que se estaba poniendo como una moto con mis chupadas. La mano con la que me masturbaba se detenía por momentos, entorpecida por el placer.
          Pasaron unos instantes. Me acerqué una vez más a su oído.
          ―Enséñame cómo lo hiciste ―jadeé.
          Cerró los ojos un segundo y se mordió el labio. 
          ―Uf, joder... ―dijo, excitada de solo pensarlo.
          Estábamos dando otro pasito, uno nuevo y más excitante. Yo no le había visto aún la vulva desnuda. Sería la primera vez, y eso me puso loco. Lo estaba deseando.
          Me fui deslizando muy lentamente, observando sus reacciones. Vi que se dejaba hacer. Me arrodillé frente a ella, sobre la alfombra mullida que había frente al sofá. Le agarré las bragas bajo el camisón y tiré muy despacio. Saray fue alzando las piernas. Las deslizó por en medio de la prenda y volvió a bajarlas, poniéndolas una a cada lado de mi cuerpo, ligeramente abiertas.
          Sin dejar de mirarnos, me llevé las bragas a la nariz y aspiré su humedad. Me puse duro como una piedra. Ella no salía de su asombro de verme hacer algo así.
          Cogí de nuevo la zanahoria y se la puse delante. Ella la tomó con su mano derecha. Yo arremangué su camisón y le abrí las piernas. Observé su rico coño con deleite. Por fin lo tenía delante. Saray se dejaba crecer el vello sobre la vulva. Siempre me excitaron más así que totalmente rasuradas, y ella lo sabía. Estaba disfrutando de la expresión de mi cara mientras saboreaba su vulva con los ojos.
          Noté que su cuerpo temblaba de excitación. Seguía mirándome con deseo, cachonda perdida. Yo había comenzado a masturbarme, preparándome para lo que vendría.
          Saray se metió la zanahoria en la boca, la embadurnó de saliva y la llevó despacio hasta su entrada. Introdujo la punta y la cabrona soltó un quejidito, «ah», solo para provocarme.
          Comenzó a metérsela, e instintivamente alzó un poco las piernas, acomodándose sobre el sofá. Mientras se la metía, empezó a pellizcarse los pezones con su mano izquierda. Menudo cuadro. Yo no sabía ni para donde mirar. Tenía que dejar de tocarme, no podía aguantar tanta excitación, y no quería correrme aún.
          Saray se puso a martirizarme los oídos con sus gemidos y jadeos. Cerraba los ojos y se mordía los labios mientras aumentaba el ritmo de su mano derecha, taladrándose el coño. Enseguida, una babita de flujo comenzó a aparecer por los bordes de su vagina, y la zanahoria se había vuelto brillante. Yo estaba comenzando a sentir la llegada del orgasmo, y dejé de tocarme.
          Estaba a punto de correrse, podía verlo. Me levanté del suelo y me coloqué a su lado, pero casi de frente, dándole espacio para que pudiera continuar follándose con la zanahoria. Con la mano, acaricié su cara y le retiré el pelo hacia atrás. Se le estaba humedeciendo la piel. Me acerqué a su oído.
          ―Aquella noche... no pudiste aguantarte, ¿verdad? ―la provoqué mientras pegaba mi boca a la suya, tragándome sus gemidos.
          ―No... ―dijo en un jadeo―. Necesitaba... sentir una polla.
          Me dejó k.o. Algunas expresiones pueden lograr que me corra, y esa casi lo consiguió.
          Me incliné sobre ella y comencé a comerle el cuello, a sobarle y a mamarle las tetas con fuerza, a pellizcarle los pezones húmedos. Enseguida sus gemidos se intensificaron, la zanahoria continuó entrando y saliendo de su coño con frenesí, hasta que se corrió de gusto. Observé su cara de placer. Era un poema. Cerraba los ojos y tragaba saliva. La piel de su cara y de su pecho brillaban de sudor.
          Esperé unos instantes, dejándole espacio para que se recuperara. Me acurruqué a su lado. Poco después, comenzamos de nuevo a besarnos, muy despacio, usando las puntas de las lenguas. Empecé a acariciarla por el cuerpo. Ella enseguida me buscó la polla bajo la tela. Yo bajé mi mano y le palpé la vulva empapada. Tras tocarnos durante unos segundos, le dije:
          ―Déjame comértela.
          Me miró a los ojos. Noté la excitación en su rostro, pero también sus dudas.
          ―Uf... qué fuerte ―dijo con un susurro. Yo estaba empezando a salivar―. Vale ―añadió finalmente.
          Me puse de nuevo de rodillas, alcé ligeramente sus piernas y acerqué mi cara. Me envolvió con su olor. Dios, qué cachondo me puso. Empecé a mamarla.
          No habían pasado ni cinco segundos y ya había comenzado a sobarse las tetas y a pellizcarse los pezones. Yo la besaba sobre los labios, se los chupaba, le metía la punta de la lengua en la raja, le metía los dedos. Sabía que ella no podría aguantar mucho. Saray me había confesado que su escena favorita de las pelis porno, esa que usaba para correrse, era la de cunnilingus. Se ponía como una moto, y ahora me tenía a mí allí, entre tus piernas, realizando lo que más le gustaba.
          Enseguida su pelvis comenzó a moverse arriba y abajo, sus quejidos y jadeos inundaron el salón y mis oídos, y el orgasmo le llegó sin remisión, con temblores de piernas y de pelvis incluidos.
          Me puse de pie, me incliné sobre sobre ella, apoyando los brazos a ambos lados de su cuerpo, y la besé en la boca.
          ―Qué rico lo tienes ―susurré. Ella volvió a ruborizarse, de nuevo aquella risa nerviosa―. Qué ganas tengo de metértela ―seguí, solo por martirizarla, porque yo sabía que eso no podría ser.
          ―Uf, cállate ―me susurró tapándose la cara.
          Seguía paseando mi boca por su cara húmeda. Ella me la buscaba con la suya, sacaba su lengua. Entonces se me ocurrió algo, otro de nuestros trucos.
          ―Hagamos una representación ―le dije. Ella me miró con un brillo de excitación en los ojos―. Solo por ver cómo sería. Déjame, anda ―le rogué. Ella ya conocía esas "representaciones". Eran una excusa, un modo de hacer algo como si fuera una versión fake―. ¿Vale? ―le rogué.
          ―Vale ―dijo sin estar muy convencida.
          ―Date la vuelta.
          Saray, despacio, insegura pero excitada como una mona, se puso a cuatro patas, abriendo un poco las piernas y apoyándose sobre el respaldo del sofá. Yo le subí el camisón, descubriéndola hasta la mitad de la espalda, y admiré su culo grande y redondo, su vulva húmeda y abierta, preparada para mí. Me situé detrás de ella, me agarré la polla hinchada y comencé a pasarla por el medio de su raja. Ella soltó un quejido y su cuerpo se estremeció por el contacto.
          ―No, no... ―dijo―. Para...
          ―Tranquila, no voy a hacer nada.
          En cuanto notó que solo frotaba mi glande por toda la humedad de su entrada, se tranquilizó. Es lo único que pretendía, martirizarla hasta el límite, pero mi jugada estaba siendo una total tortura para mí, tenía unas ganas tremendas de metérsela.
          Luego deslicé mi polla hacia abajo, subí las manos y la sujeté por sus generosas caderas. Comencé a moverme despacio hacia delante y hacia atrás, haciéndola rozar contra su clítoris. Fui incrementado el ritmo poco a poco, empujándola con fuerza, como si realmente estuviera penetrándola.
          Los choques de su culo contra mí me ponían enfermo, ver toda aquella carne vibrando con mis empujones era criminal. Y entonces, ¿qué es lo que veo? Saray lleva su mano derecha por debajo de su cuerpo y aplasta mi polla contra su coño. Del placer que me produce, levanto un instante la cara al techo del salón, con los ojos apretados. 
          Continúo follándomela de este modo fake, disfrutando de lo lindo con el sándwich que forma mi pene con su mano y su vagina. También observo que ese mismo frotamiento contra su clítoris está poniendo a Saray como loca. De hecho, justo en ese momento, oigo que exclama en un jadeo:
          ―Joder... qué ganas de tenerla dentro.
          Al oír aquello, sentí un escalofrío recorrerme todo el cuerpo. Me quedé clavado, inmóvil. Entonces tragué saliva y, rebosando de excitación, le pregunté:
          ―¿Quieres que... probemos un poquito? Solo por ver cómo es...
          Hubo un instante de silencio. Saray dejó caer su cabeza hacia abajo, martirizada por las dudas y la excitación, y se llevó la mano a la cara. Luego se giró hacia atrás y, mirándome con el rabillo del ojo, dijo:
          ―Venga, solo un poquito.
          Sentí un nuevo estremecimiento. Me agarré la polla, con mano temblorosa, y la coloqué frente a su entrada húmeda. Empujé despacio, muy despacio, hasta que la tuve toda dentro.
          ―Oh... ―gimió―. Joder, qué gorda...
          Me moví hacia atrás muy lentamente y luego se la volví a meter hasta el fondo, todo a cámara lenta. Saray se llevó de nuevo la mano a la cara.
          ―Uf, mi madre... ―dijo.
          ―Dios... qué rico, qué caliente lo tienes, baby ―dije yo, mi cuerpo pegado a su culo.
          Volví a hacerlo una vez más, movimientos profundos y lentos, y luego me salí de ella. Sin soltarla de las caderas, le dije:
          ―Bueno, ya está... ¿O quieres que siga?
          Tras una breve pausa, contestó:
          ―Hazlo otra vez ―dijo con la voz agitada.
          Yo estaba temblando de gusto, desesperado por continuar. Se la ensarté de nuevo, esta vez más fuerte, a fondo, varias veces.
          ―¿Así? ―jadeé.
          ―Sí... Sí, así. Sigue.
          Yo la obedecí sin pensarlo ni un segundo. Empecé a moverme con decisión, haciendo chocar su culo contra mí, con fuerza.
          ―¿Así te gusta? ―volví a preguntar, mi voz mezclándose con los golpetazos de la carne.
          ―Oh... joder... ―jadeó ella, que ya se había llevado una mano a las tetas para sobárselas―. Sí, así, fóllame.
          Y me la follé. Me la follé fuerte, atrayéndola hacia mí por las caderas y llegándole todo lo más adentro que podía. Entonces oí nuevos gemidos y jadeos, nuevos sonidos que todavía no habían salido de su garganta hasta ahora. La penetré a fondo, gozando no solo del mero placer sexual, sino de estar transgrediendo un nuevo límite que lo hacía todo más excitante aún.
          Saray, mientras recibía mis embestidas, se llevaba la mano alternativamente al clítoris y a los pechos, sin dejar de repetirme: «Así... así, fóllame», hasta que finalmente se corrió, justo cuando los chorros de mi orgasmo le bañaron el interior de su coño.
          Nos desplomamos sobre el sofá, sudorosos y agitados. Durante unos instantes, no se oyó otra cosa que nuestras respiraciones. Cuando nos hubimos recuperado un poco, nos miramos a los ojos, los dos con el desconcierto en nuestras caras. Tras un pequeño silencio, le pregunté:
          ―¿Qué acaba de pasar?
          Ella negó con la cabeza, la incredulidad instalada en su rostro.
          ―No lo sé ―dijo.
          Nos quedamos así un buen rato, abrazados y desconcertados, pero muertos de gusto.
          ―Bueno, voy a darme una ducha ―dijo finalmente Saray, levantándose.
          Cuando se alejaba hacia el baño, giré la cara hacia mi lado. Allí seguía la zanahoria, en el sofá, brillante aún de su flujo. Se me escapó una sonrisa.
          Esa noche, dormimos juntos en su cama de matrimonio, lo que no dejaba de tener su morbo. Poco antes del amanecer, volvimos a hacerlo. Era de esperar, porque un pasito lleva al siguiente, y la mente se adapta, inventa y...
          Sobre las doce y media llegué a mi casa. Ella debía estar en el aeropuerto sobre la una y media. Poco antes de esa hora, le envié un mensaje:
 
          [13:11] Yo:
          Todo bien, baby?

          [13:12] Saray:
          Todo perfectamente, nene.

          [13:12] Yo:
          Me alegro                     
          Buen viaje. Un bso.

          [13:12] Saray:
          Gracias.
          Chao, bso.
         

Publicado por: weissmuller
Publicado: 19/07/2022 18:53
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Comentarios: 3
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Comentarios (3)

canarioo1983 | 31/07/2022 21:51

Amigo tengo una amiga q se llama Saray y me paso algo igual pero cortamos mucho antes xq su pareja se dio cuenta, q envidia de relato

weissmuller | 31/07/2022 22:14

Pues vaya palo... 😁. Supongo q fue bonito y excitante mientras duró. Saludos, y gracias.

cachorritafina | 25/07/2022 18:04

El mejor relato de esta página ... que bien escribes. Me puso a mil

weissmuller | 25/07/2022 18:31

Muchas gracias, cachorrita. Me alegro d q t haya gustado. 😊 Saludos.

loveftv | 20/07/2022 17:51

Mmm... q rico escribes... aunque me quedé preguntándome si era una zanahoria del país (cónicas) o de las q vienen en bolsa de plástico (cilíndricas)

weissmuller | 20/07/2022 19:42

Jajaja, en serio?? Digamos q justo la intermedia, casi cilíndrica y bien gordita, q es como le gustaban. 😛 Y gracias x el cumplido, loveftv. 😉

loveftv | 20/07/2022 20:10

Escribes muy muy bien. Sigue así

weissmuller | 20/07/2022 21:26

Gracias 😊

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