El museo, temprano por la mañana, estaba casi vacío. Mejor, porque, a cuenta de la pandemia, estaba un poco paranoico.
Así que allí estaba yo, disfrutando del silencio y de cierta libertad. En una de las salas del sótano estaba él: joven, un poco más alto que yo, ojos azules, elegantemente trajeado y... aburrido.
No puedo decir cómo era su boca, porque la mascarilla no me permitía verla. Lo saludé al entrar y lo miré a los ojos. Un poco más de lo que era cortesía. Y él me sostuvo la mirada. Unos ojos muy expresivos. Paseé por la sala, menos interesado por las obras que por el chico, que me seguía con la mirada y caminaba por la sala aparentemente distraído. Igualmente, de la manera más inocente de lo que fui capaz, me toqué el paquete y esperé por su respuesta. Un poco después él hizo lo propio.
Me acerqué a los servicios del museo, nervioso y excitado. Apenas medio minuto después apareció él. La forma del pantalón indicaba que estaba amorcillado. Lo saludé con la cabeza y, sin perder tiempo, comencé a acariciarle el paquete por encima del pantalón. La respuesta fue casi inmediata: se le puso muy dura. Le abrí la cremallera de la bragueta y exploré lo que allí había. Llevaba un slip que le bajé como pude para llegar hasta aquella polla maravillosa y sus dos acompañantes. Comencé a masturbarlo despacio, apretándola también suavemente. Su respiración se aceleró y yo con ella. El prepucio subía y bajaba dejando al descubierto un glande que me hubiera encantado chupar, pero...
Unos segundos más tarde su cuerpo tembló, y un chorro de semen voló por el lugar. Abundante y cálido. Cuando paró de sacudirse, se la solté y, guiñándole un ojo, me acerqué al lavabo a limpiarme cuidadosamente las manos.
Le acaricié la espalda al salir mientras él se la volvía a guardar para regresar a su puesto de trabajo.
La exposición me encantó.
lp50nudista | 29/08/2023 14:18
Siempre hay que ir a museos...