Tenía 62 años cuando decidí que era hora de dejar atrás mis miedos y probar lo que siempre había fantaseado en silencio. Entré en una página especial, buscando un amo de verdad. Probé con tres, pero ninguno logró tocar esa parte profunda de mí que pedía algo más hasta que apareció él: Maxmorbo.
Su primera llamada me desarmó. Esa voz grave, segura, me hizo mojarme al instante. Apenas habían pasado unos minutos y ya estaba obedeciendo, acariciándome como me ordenaba, con la respiración entrecortada mientras él disfrutaba de escucharme gemir.
—Quiero que te desnudes ahora mismo —me ordenó.
Y yo lo hice. Temblando, con el teléfono en la mano, me quité la ropa lentamente. Mis pezones estaban duros, mi cuerpo ardía, y mis dedos no podían dejar de deslizarse entre mis labios húmedos.
—Eres mía —susurró—. Quiero que abras bien las piernas y te imagines mi lengua recorriéndote.
Cerré los ojos y lo vi: su boca en mi sexo, lamiéndome con fuerza, devorándome mientras yo me retorcía de placer. No tardé en gemir alto, sin vergüenza, sintiendo que me corría obedeciendo solo a su voz.
Desde ese momento ya no hubo marcha atrás. Quería ser usada, atada, follada como él quisiera. Quería que me tomara sin piedad, que me hiciera gritar, que me enseñara lo que era realmente ser una sumisa.
El día llegó. Habíamos hablado tanto, me había hecho correrme tantas veces con solo su voz y sus órdenes, que mi cuerpo ardía por conocerlo de verdad. Fui al lugar que me indicó: su casa un lugar discreto, un aire cargado de misterio.
Cuando abrió la puerta y lo vi, mi respiración se cortó. Alto, seguro, con esa mirada dominante que me atravesaba como si ya supiera todo lo que me hacía vibrar. No me dio tiempo a decir nada: me sujetó de la barbilla, me obligó a mirarlo a los ojos y murmuró:
—Ahora sí eres mía.
Me besó con fuerza, sin permiso, mordiéndome los labios mientras sus manos recorrían mi cuerpo como si me conociera de siempre. Me empujó contra la pared y de un tirón arrancó mi blusa, dejando mis pechos al descubierto. Sus dedos pellizcaron mis pezones duros, haciéndome gemir con una mezcla de dolor y placer.
—Ponte de rodillas —ordenó con un tono que no admitía réplica.
Obedecí temblando, sintiéndome suya de verdad. Me agarró del pelo, sacó su polla y la acercó a mis labios. Olía a deseo, a puro sexo. La tomé en mi boca, primero despacio, luego más profundo mientras él me guiaba con la mano en la nuca. Me hacía tragarla, gemir ahogada, con lágrimas de placer corriéndome por las mejillas.
—Buena perra —susurró mientras me follaba la boca sin piedad.
Cuando ya estaba desesperada por aire, me levantó de un tirón, me dobló contra la mesa y me abrió las piernas. No hubo caricias suaves: me penetró de golpe, con fuerza, haciéndome gritar. Su polla llenándome era lo que había soñado tantas noches. Me sujetaba fuerte de la cadera y me embestía una y otra vez, cada vez más profundo, mientras yo solo podía gemir y suplicar que no parara.
—Di que eres mía —me gritó al oído.
—¡Soy tuya! —jadeé, sintiendo cómo mi orgasmo estallaba en oleadas intensas que me hicieron perder el control.
No se detuvo. Me folló hasta dejarme exhausta, con el cuerpo temblando, sudado, marcado por sus manos. Cuando al fin se corrió dentro de mí, con un gruñido animal, me sujetó fuerte contra su pecho y me susurró al oído:
—Ahora lo sabes ya no hay marcha atrás