Cuando he sufrido un castigo de silencio prolongado, me perdía por completo. Lloraba sola, suplicaba en silencio, mi cuerpo temblando de una necesidad que no podía calmar.
Me encerraba en mi habitación, evitando cualquier contacto, ignorando todo y a todos porque mi mundo se reducía a mi Amo, Maxmorbo, esperando cualquier gesto, cualquier palabra, cualquier señal que rompiera su silencio absoluto.
Le suplicaba incluso haciendo un video desnuda, con mi collar de sumisa, ofreciendo mi cuerpo, mi vulnerabilidad, rogando por su atención y él permanecía implacable, dejándome arder en esa desesperación exquisita.
Cada minuto sin su voz era un tormento que me desgarraba, un fuego que mezclaba dolor y deseo, miedo y excitación, hasta que ya no sabía dónde terminaba uno y empezaba el otro.
Cuando finalmente decide romper su mutismo, una orden a su gusto me devuelve a su mundo, un mundo donde cada gesto suyo me domina por completo, donde cada segundo de espera se convierte en un recuerdo que me hace temblar y desearlo aún más.
Ese silencio ese castigo tan cruel me enseñó que su control sobre mí es mi mayor placer y mi peor agonía, y que por más que me duela, mi deseo por él crece con cada segundo de sumisión.