Antes era una mujer normal y corriente, con deseos y secretos ocultos. Pero bajo su mirada y su poder, me transformé.
Como sumisa, entrego mi cuerpo y mi mente a mi amo, pero con una chispa de mí que sigue siendo propia. Cada orden, cada caricia, cada pellizco en mis pezones o azote en mis caderas despierta en mí un temblor delicioso: dolor que arde y placer que consume. Mis gemidos son su tributo, mis suspiros su música, y mi corazón late lleno de amor, devoción y deseo por complacerle. El sexo se convierte en un juego de poder y entrega, donde cada roce y cada roce prohibido me hace suplicar y rendirme solo un poquito, disfrutando de la tensión entre obedecer y sentirme viva por mí misma.
Como esclava sin embargo, no queda nada de lo que fui antes. Todo mi ser le pertenece: mis pensamientos, mis temblores, mis lágrimas de placer o de dolor, incluso mi lujuria más salvaje. Cada azote que marca mi piel, cada beso que me quema, cada juego sexual que él decide, me consume y me eleva. Mi cuerpo se arquea para él, mis labios gimen su nombre, mis manos se buscan para ofrecerle más. La tristeza, el dolor, el amor y el deseo se mezclan hasta convertirse en un fuego que solo él puede encender. Me siento viva solo en su control, excitada solo en su placer, y feliz solo en mi completa rendición.
Concluso mia :
En mí, la sumisa disfruta del juego del placer y la obediencia, del dolor que despierta lujuria, de la entrega que mantiene un núcleo propio.
La esclava, en cambio, se pierde por completo en su amo, transformando la obediencia en éxtasis, el dolor en amor, y el sexo en adoración total. Cada instante, cada caricia, cada gemido y cada temblor me recuerdan quién soy ahora: suya en cuerpo, mente y alma, ardiente, devota y completamente entregada.