Mi primer viaje a Tenerife

Mi primer viaje a Tenerife

Entregada en la oscuridad canaria: dos lobos y una presa consentida.

Mi primer viaje a Tenerife: capitulo 1
 
Viajaba a Tenerife por dos nuevos amigos que había conocido en la página web. Mi vuelo llegaba de noche, pero no me preocupaba: ellos pasarían por mí al aeropuerto.

Quedé en ir con un short de mezclilla corto que apenas cubría mis muslos y una playera ligera, fresca para el calor isleño. Solo llevaba un cambio de ropa en mi mochila; era solo un fin de semana, pero sabía que no necesitaría mucho más.

Ellos irían de mezclilla igual, con playeras negras, para que los reconociera fácilmente entre la multitud. Los vi de inmediato: altos, con sonrisas lobunas que me aceleraron el pulso. Los saludé con un abrazo torpe, y me llevaron al coche. En el camino, se desviaron hacia un bar cercano para un trago rápido, rompiendo el hielo con charlas superficiales sobre el vuelo y la isla.

Pero el coche decidió traicionarnos en medio de la carretera desierta. Se paró en seco, tosiendo como un animal herido. Mientras uno de ellos revisaba el motor bajo la luz de la luna, el otro se sentó conmigo en el asiento trasero. Platicamos para disipar mi timidez: anécdotas divertidas, risas que flotaban en el aire salino. El calor de la noche se colaba por las ventanillas abiertas, y yo sentía sus miradas rozándome como una caricia preliminar.

Al fin, el motor rugió de nuevo, pero ya era tarde. Llegamos al bar justo a tiempo para un trago más. No hablábamos mucho; las palabras sobraban ante esas miradas cargadas de promesas. Yo evitaba sus ojos por nervios, pero entre sorbos de ron con cola, empezaron a tomarme las manos, a trazar círculos suaves en mis brazos. De repente, una mano se desvió hacia mis piernas desnudas, subiendo con lentitud tortuosa hasta mi espalda. Un escalofrío me recorrió, y supe que el juego había comenzado.

Al terminar el trago, me dijeron que no me preocupara: en casa tenían cerveza fría y podíamos continuar allí. Accedí, de todas formas me iba a quedar con ellos. Ya en el coche, me invitaron a sentarme en el asiento del copiloto. De vez en cuando, sus dedos rozaban mis muslos, o me daban palmaditas juguetonas en la cabeza, como si yo fuera un premio que ya les pertenecía.

Llegando a la casa —una villa apartada con vistas al mar negro—, me enseñaron todo con prisas: la cocina, el salón, mi habitación. Sin perder tiempo, sacaron las cervezas del refrigerador, frías y condensadas. Empezamos a beber, y el hielo se derritió por completo. Sus miradas se volvieron penetrantes, como cuchillos calientes; sus manos, inquietas, no se reservaban ya. Uno se colocó detrás de mí mientras yo estaba sentada en una silla, abrazándome por la espalda. Sus palmas se posaron en mi abdomen, subiendo con deliberada lentitud hasta mis pechos. Me quedé muda, el aliento atrapado en la garganta, mientras sus dedos delineaban mis pezones endurecidos bajo la tela.

El otro se arrodilló frente a mí, sus caricias en mis piernas ganando fuerza, ascendiendo hasta el borde del short. No podía hablar; el deseo me había robado la voz. Empezó a besar mis muslos, sus labios húmedos y calientes dejando huellas de fuego. "Eres tan bonita", murmuró contra mi piel, mientras el de atrás metía las manos bajo mi playera, apretando mis pechos con una presión que me hizo jadear. Me besaba el cuello, su aliento alcohólico rozándome la oreja: "¿Estás lista? ¿Empezamos?".

Miré hacia otro lado, el corazón martilleándome, y afirmé con un sutil movimiento de cabeza. Volteó a ver a su amigo y le hizo una señal: *vamos*. Me quitó el sujetador con un tirón experto, dejándolo sobre la mesa como un trofeo. Se sentó en el sofá, observando, mientras el otro se ponía de pie detrás de mí. Yo seguía sentada, sin saber dónde posar la mirada, el cuerpo en llamas. Sus manos rozaron entre mis piernas, besándome el cuello con urgencia. Luego, deslizó los dedos bajo el short —tan corto que no opuso resistencia— y bajo mis bragas. "Ya siento que te está gustando", susurró, mientras yo notaba la humedad traicionera entre mis pliegues.

Tomó mi mano y la guió a su pantalón abultado. "A mí también me gusta". Se bajó el pantalón lo justo, sacó su polla erecta y dura como hierro, tomó mi cabeza por la nuca y me pidió que abriera la boca. Obedecí, el sabor salado invadiéndome mientras la chupaba, succionando con torpeza inicial que pronto se volvió instinto. Él metió la mano bajo mi playera de nuevo, pellizcando un pezón, mientras su amigo observaba desde el sofá, tocándose por encima del pantalón con ojos hambrientos.

El de rodillas se incorporó, subió mi playera para lamer y morder mis pechos expuestos, sus dedos hundiéndose en mi coño empapado. Se bajó más el pantalón, abrió mis piernas con fuerza y apartó el short a un lado. Me folló suave al principio, lento, su polla abriéndose paso como una invasión dulce. Solo podía sentir esa dureza pulsante entre mis muslos, el roce contra mi clítoris enviando ondas de placer.

Miré al frente y crucé miradas con su amigo, que se desabrochaba el pantalón y sacaba su polla para masturbarse, los ojos fijos en cómo me penetraban. No pude sostenerla; alcé la vista al techo mientras él aceleraba, follándome más duro, el sonido de piel contra piel llenando la habitación.

Cuando volví a mirar, su amigo se ponía de pie y se acercaba. Se colocó a un lado, bajó el pantalón y tomó mi cara: "Abre". Se la chupaba a él mientras el otro me embestía sin piedad. De repente, el de atrás se incorporó, dio un trago largo a la cerveza y empezó a desabrochar mi short. Me tomó del brazo, me puso de pie e inclinó sobre la mesa. De un tirón, bajó el short y las bragas hasta mis tobillos. Sentí un par de nalgadas ardientes, y luego su polla me invadió de nuevo, esta vez con rudeza, follándome profundo mientras su amigo se ponía enfrente para que siguiera mamándosela.

Empezaron a hablar entre gemidos, riendo con voz ronca: "Esto vale cada centavo, la inversión perfecta". Tomaban tragos de cerveza entre embestidas, disfrutando como reyes. Uno en mi boca, el otro en mi coño, sincronizados en un ritmo que me hacía temblar.

De repente, un calor líquido me inundó por dentro; un gemido gutural escapó de él. La sacó, me dio una nalgada final y le dijo a su amigo: "Ya puedes usarla, es toda tuya". Se fue al sofá con una cerveza en mano, exhausto pero sonriente, mientras el otro se ponía detrás. Volví a sentir esa dureza abriéndose camino, follándome con avidez renovada.

Hablaban de mí como si fuera un secreto compartido: "Qué rica", "Sí, está tan estrechita". De pronto, le pidió a su amigo que se acercara. No entendí por qué, pero ellos sí. Él tomó mis manos, se sentó frente a mí y las sujetó fuerte con una, tapándome la boca con la otra. "Tranquila, solo respira. Te va a gustar, solo dolerá un poquito al principio".

El de atrás sacó su polla de mi coño, abrió mis nalgas con manos firmes y rozó su glande contra mi ano virgen. Cuando comprendí, el pánico se mezcló con la excitación. La metió lentamente, centímetro a centímetro, el ardor inicial como un fuego que se expandía. "Ya casi entra, agárrala, no la sueltes", jadeó el de enfrente, calmándome con susurros. "Ya entró", gruñó el otro, y empezó a follarme el culo con embestidas controladas, el dolor cediendo a un placer prohibido y oscuro.

Eso enloqueció al de enfrente; se puso de pie, metió su polla en mi boca y guió mis manos a sus nalgas. "No vayas a morder", advirtió con una sonrisa perversa. Así, uno en mi culo, el otro en mi boca, mientras el semen del primero se escurría de mi coño, tibio y pegajoso por mis piernas. Minutos después, sentí el calor en mi trasero, un gemido ahogado, y él besó mis nalgas enrojecidas: "Qué rico".

Segundos más tarde, el otro se corrió en mi cara, chorros calientes salpicando mi piel. Me besó la cabeza: "Qué rico". Tomaron papel, me limpiaron con ternura inesperada —la cara, el culo, el coño—, me subieron las bragas y el short, y me sentaron entre ellos en el sofá, flácida y satisfecha.

"¿Te gustó?", preguntaron al unísono. Asentí, el cuerpo aún vibrando. Uno me acarició el pelo: "Todo el fin de semana será así".

Me llevaron a mi cuarto; tomé una ducha caliente, el agua lavando el sudor y el deseo, y me metí en la cama con un vestidito ligero para dormir.

Horas después —no sé cuántas—, una mano se coló entre mis piernas, despertándome con un roce insistente. "Shhh, no hagas ruido", susurró una voz familiar, y uno de ellos empezó a follarme despacio, su palma cubriéndome la boca. "Shh, calladita". Se puso sobre mí, abrió mis piernas y me penetró con embestidas suaves, su aliento en mi oído: "Qué rico, sí... no te muevas, no hagas ruido". Minutos de placer silencioso, y terminó con un beso en los labios antes de irse.

Pero al abrir la puerta, su amigo esperaba. "Está bien rica", murmuró el primero, y se fue. El segundo me vio tendida, piernas abiertas, el vestidito subido como una invitación. Se subió a la cama, abrió más mis muslos y me folló duro, posesivo. "¿Te gusta?", gruñó, como si estuviera enojado con mi placer. Me giró boca abajo, sujetó mis manos en la espalda: "Ya sabes, no te muevas". Abrió mis nalgas y me penetró el culo de nuevo; dolía, me retorcía, y una nalgada fuerte me inmovilizó. "Que no te muevas", repitió, follándome hasta el final, y se fue sin más.

A la mañana siguiente, me despertaron con promesas de un paseo. Nos subimos al coche; no sabía a dónde íbamos. Tras minutos en la carretera, se desviaron por un camino solitario, polvoriento y rodeado de pinos. Pararon, se pasaron al asiento trasero conmigo. Me tocaron con urgencia, subiéndome la falda. Uno se masturbaba mientras me hacía un oral devorador, su lengua explorando mis pliegues con maestría; el otro acariciaba mis pechos, pellizcando pezones mientras yo le chupaba la polla, saboreando su dureza venosa.

Después de un rato, abrieron la cajuela, me inclinaron sobre ella y bajaron mis bragas. Me follaban por turnos en un juego perverso: un temporizador de tres minutos cada uno. "El primero que termine, pierde". Estuve expuesta al aire libre, el culo al viento, siendo embestida una y otra vez, el sol calentando mi piel mientras gemía contra la madera.

 Duró una eternidad hasta que uno se corrió, jadeante. Me subieron al asiento trasero; el ganador se montó conmigo y me folló todo el camino de vuelta, sus caderas chocando con las mías al ritmo de los baches. El perdedor manejaba, ignorando mis suspiros.
No se dieron cuenta de que mis bragas quedaron olvidadas en el polvo de aquel lugar salvaje.

El último día, antes de mi vuelo, me preguntaron si podíamos jugar algo brusco y perverso. Accedí, el pulso acelerado por la anticipación.

El juego era una simulación de secuestro. Me fui a dormir tranquila, pero a mitad de la noche me despertaron: una mano tapó mi boca, me ataron pies y manos con cuerdas suaves pero firmes, y me subieron al coche. Me metieron en la parte trasera, cubriéndome con una cobija áspera que olía a ellos.

Tras minutos de viaje tenso, llegamos a un lugar abandonado: una cabaña diminuta, casi un cuarto polvoriento con una cama vintage en el centro. 

Me pusieron boca abajo, atada a los postes, el corazón latiéndome como un tambor.

 Empezaron a azotarme el culo: primero con palmas abiertas que resonaban como truenos, dejando mi piel rosada y sensible; luego, uno se quitó el cinturón, el cuero silbando antes de morder mi carne. 
Mi trasero ardía, rojo e hinchado, cada golpe un estallido de dolor que se fundía en placer.

Pararon solo para follarme: por turnos, al mismo tiempo, en coño y boca, en culo y manos. Horas de embestidas incesantes, sudadas, hasta que mi cuerpo dejó de lubricar por sí solo. 
Empezó a doler de verdad, pero ellos lo notaron y sacaron lubricante: un chorro frío y viscoso vertido directo en mí, seguido de penetraciones renovadas que me hacían gritar contra las sábanas raídas.

Al fin, exhaustos, me desataron, me limpiaron con paños húmedos y me hicieron mimos: besos suaves en las magulladuras, caricias que calmaban el fuego. Me ducharon entre los dos, sus manos gentiles enjabonando mi piel adolorida, y me vistieron con ternura.

Fuimos por algo de comer —tapas calientes en un restaurante costero—, y agradecí la visita con una sonrisa cómplice.

 Me llevaron al aeropuerto, y así regresé: con el culo marcado por los azotes, un coño adolorido por follar como nunca, doliéndome al sentarme. 

Pero había sido emocionante, excitante, una experiencia maravillosa que espero repetir con ellos algún día.

Published by: placerescanarios
Published: 09/11/2025 02:07
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Comments: 5
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Comments (5)

lectormorboso | 24/01/2026 12:14

Escríbeme por privado

mujercita78 | 06/12/2025 12:26

Me encantó. Escribes muy bien ☺️

placerescanarios | 06/12/2025 21:52

Muchas gracias

rmcf222 | 20/11/2025 22:51

Que ganas tengo de follarme a 2 peninsulares con sus novios.

doramas-almeida | 20/11/2025 21:03

cómo he disfrutado gracias

placerescanarios | 24/11/2025 00:09

Gracias 😊

mikitfe | 20/11/2025 18:12

Vaya relato puro morbo gracias por compartir!

placerescanarios | 24/11/2025 00:09

Gracias, próximamente segunda parte

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