Eran las dos de la mañana cuando le di el alto. Su coche iba haciendo eses y, en cuanto se bajó, vi que no era solo el alcohol; tenía esa mirada de quien busca problemas y yo estaba deseando dárselos. Era joven, con unas curvas que el vestido apenas lograba contener y una cara de fresca que pedía guerra.
—Contra el coche. Ahora —le solté con mi voz de mando, la que no admite réplicas.
Se dio la vuelta con una sonrisita chula, pero se le quitó de golpe cuando escuchó el "clac" de mis esposas cerrándose en sus muñecas. La pegué contra el metal caliente del motor de mi patrulla y me pegué a su espalda. Sentí cómo temblaba, pero no de miedo, sino de pura excitación. Le agarré el pelo, tirándole la cabeza hacia atrás para susurrarle al oído:
—Hoy no te vas a ir con una multa, te vas a ir bien servida.
Le subí el vestido sin ninguna delicadeza, dejando su culo blanco expuesto a la luz de los focos. No llevaba bragas. La tía ya iba chorreando, sabía perfectamente lo que le venía encima. Me desabroché el cinturón, me saqué la polla y la sentí saltar, ansiosa por entrar. Sin avisar, le metí dos dedos por su raja bien húmeda para prepararla y ella soltó un gemido que me puso la sangre a mil.
—Cállate y abre las piernas, que te voy a enseñar cómo folla la ley —le gruñí.
La penetré de un solo viaje, seco y profundo. Ella soltó un grito que se perdió en la oscuridad de la carretera mientras yo la agarraba con fuerza de las caderas, marcando el ritmo que a mí me daba la gana. Cada embestida hacía que su cuerpo golpeara contra el capó, un sonido rítmico de carne contra metal que me ponía más animal todavía.
La dominaba por completo; sus manos esposadas no podían hacer nada más que apretarse mientras yo le daba estopa desde atrás, llenándola por completo, disfrutando de cómo se estrechaba a mi alrededor cada vez que la embestía con rabia.
—Dime de quién es esta polla, ¡dímelo! —le exigí mientras le daba un azote que dejó la marca de mi mano en su nalga.
—Es tuya, oficial... ¡Es toda tuya! —balbuceó ella, totalmente ida.
Apreté los dientes, le agarré las coletas con fuerza para que no se moviera y terminé dentro de ella con una descarga que me dejó vacío. Me quedé un segundo ahí, disfrutando de sus espasmos, antes de sacarla y ver cómo mi rastro le bajaba por los muslos. Le quité las esposas, le di un último cachete y la mandé de vuelta a su coche.
—Circule, señorita. Y que no te vuelva a pillar... o repetimos el registro