Hay encuentros que no empiezan cuando las personas se ven
empiezan mucho antes, en la mente, en la anticipación.
En el mío, hay una regla clara desde el principio:
en el primer tiempo mando yo.
No se trata de prisa.
Se trata de ritmo.
Imaginen la escena: dos miradas frente a frente, una distancia contenida y alguien en medio que marca el compás. No hay contacto inmediato, solo presencia, observación y esa tensión que va creciendo poco a poco, casi sin darse cuenta.
Porque lo interesante no está en lo evidente.Está en lo que se retiene.
En acercarse lo justo en retirarse en el momento exacto en sostener una mirada un segundo más de lo necesario. Todo se construye desde ahí: desde el control, desde la espera, desde el deseo que no termina de resolverse.
Hay momentos para acercarsey momentos para simplemente observar.Y curiosamente son estos últimos los que más encienden.
Cuando la tensión alcanza su punto, ya no hace falta hablar. El espacio se reduce, las distancias desaparecen y lo que antes era contención se transforma en conexión.
Y entonces todo cambia.
Porque después llega otro momento.
Otro ritmo.
Otra forma de vivir la experiencia.
Un segundo tiempo donde el control se diluye
y solo queda dejarse llevar.
Volar.
Perderse.
Y compartir, sin reservas, todo lo que se ha ido construyendo poco a poco.
Porque al final
no se trata solo de lo que ocurre.
Sino de cómo se llega hasta ahí.
PD. Esto es el preludio de un gran partido.