Aquella tarde en el trabajo parecía no terminar nunca. El reloj avanzaba lento, pesado, y el aburrimiento se pegaba a la piel. Por pura inercia abrí una app de citas, deslizando perfiles sin demasiado interés hasta que un nombre me detuvo.
Fran.
Diez años sin saber nada de él, y de repente ahí estaba, como si el tiempo no hubiera pasado. Dudé unos segundos antes de escribirle, pero la curiosidad pudo más. Contestó rápido. Demasiado rápido. Y en cuestión de minutos, lo que empezó como un simple “Hola” se convirtió en un intercambio cargado de insinuaciones y fotos que hablaban más de lo que decían.
La tensión crecía con cada mensaje.
—¿Quedamos? —propuso.
No lo pensé demasiado. Al salir del trabajo, con esa mezcla de nervios y expectación que hacía años no sentía, conduje hasta el punto que me indicó. Cuando llegué, me encontré en un aparcamiento de tierra, apartado, casi escondido... un lugar de cruising pero no había nadie. El tipo de lugar donde todo parecía posible y nada demasiado seguro.
Me quedé dentro del coche, observando el silencio, sintiendo cómo la anticipación me recorría el cuerpo.
Entonces apareció.
Sin decir mucho, se colocó a mi lado. Bajé del coche, y en ese instante, sin apenas margen para pensar, la distancia entre nosotros desapareció. Me bajo el pantalón en medio segundo. Su cercanía era directa, urgente, casi eléctrica. Todo ocurrió rápido, con una intensidad que no dejaba espacio para dudas ni para palabras.
El mundo alrededor se volvió difuso. Había movimiento, presencias, miradas que se intuían más que se veían pero nada importaba realmente. Solo ese momento suspendido, cargado de deseo acumulado durante años sin saberlo.
Cuando todo se calmó, la realidad volvió poco a poco.
Nos quedamos hablando, aún con la respiración irregular, como si necesitáramos aterrizar. Fue entonces cuando me di cuenta: no me había reconocido.
Tuve que darle pistas, reconstruir recuerdos, hasta que de pronto su expresión cambió. Se llevó las manos a la cabeza, entre sorprendido y avergonzado y luego, inevitablemente, rompimos a reír.
La tensión se transformó en complicidad.
Antes de irnos, me miró con una sonrisa distinta, más tranquila.
—Espero no perder el contacto contigo otra vez.
Y esta vez, ninguno de los dos parecía dispuesto a dejar que eso pasara.