Hoy vengo a contarles el chisme con un venezolano, jeje. Este hombre está casado con una mujer y me contactó para probar los masajes que hago. Le expliqué los tipos de masaje y me dijo que le encantaría, pero que tenía que ser en un sitio mío (imposible, porque no tengo) o algún día que su mujer y las niñas no estuvieran en casa.
Llegó el día que ambos estábamos esperando: la mujer en el trabajo, las niñas en el cole y los dos con la mañana libre. Se quitó la camiseta y el pantalón, se quedó en bóxer. Le dije: “Quítatelo todo, que es mejor para no mancharlo de aceite”. Y claro, si quería masaje tántrico, necesitaba que todo estuviera a la vista, pensé yo.
Se tumbó en la camilla. Empecé como siempre por los pies, subí poco a poco por las pantorrillas, los muslos por detrás y cada vez que me acercaba a los glúteos le rozaba el perineo. Me encanta hacer eso porque los clientes se ponen burros perdidos y empiezan a respirar como animales.
Le masajeé los glúteos sin prisa, pasé a la espalda y estuve un buen rato ahí para que se relajara y se le soltara cualquier nudo. Le toqué el cuello y las orejas un ratito. Cuando terminé la parte trasera, bajé otra vez a los glúteos, le abrí las dos nalgas exponiendo su asterisco (que creo que era virgen porque nunca le habían hecho nada) y empecé a trabajárselo con la lengua. Se puso un poco tenso al principio, pero enseguida se entregó gimiendo como una perra.
Mientras le comía el culo le toqué el perineo y noté su polla durísima, así que se la manoseé un poco al mismo tiempo. Cuando ya lo tenía bien abierto y mojado le dije: “Date la vuelta”. Se giró y estaba empalmadísimo. Pasé de su polla de momento y seguí con el masaje delantero: piernas, abdomen, pecho, brazos, cuello e ingles.
Cuando llegué a la ingle vi que estaba a punto de explotar. Con el aceite en la mano empecé a frotarle el cabezón de su polla circuncidada. Gimió fuerte, le di vueltas con la palma abierta sobre el glande y de repente me apartó la mano y soltó unos chorros enormes de leche.
Pensé: “Bueno, él ya sabe que también hago mamadas”. Me la metí en la boca un rato. Como seguía dura dije: “Vamos a por la segunda corrida, Tony, esta vez con la boca, tú puedes”. Empecé despacito, luego subí el ritmo, me la sacaba, la pajeaba, la volvía a meter, la lamía por todos lados, haciendo todo lo que se me ocurría.
Noté que se ponía rígido, la respiración se le volvió loca y los gemidos cada vez más fuertes y seguidos. Aumenté el ritmo y la presión, sentí que estaba a punto y me aparté. Se corrió por segunda vez (menos cantidad pero quedó bien vacío y relajado). Recogí mis cosas, me fui y todavía me escribe para repetir porque está encantadísimo.