Sentí su mirada mientras me acomodaba en la cama balinesa. Estudiaba mi cuerpo. Sonrió. Comenzó la partida.
A media mañana pasé por delante de él con mi traje de baño de redecilla. Lo miré, le sonreí y lo saludé. Era recíproco. Un cuerpo escultural y una seguridad que me sedujeron y me encendieron rápidamente.
Al caer el sol se sentó frente al balcón de mi suite. Entonces decidí salir con mi traje semitransparente, insinuando mi pecho. Mis pezones, duros por la excitación. Nos miramos y sonreímos, cómplices. Él sabía que aquello había sido un regalo.
Preparé una nota: “Me encantaría ir a darte las buenas noches”, y la deslicé bajo su puerta.
A los pocos minutos apareció otra bajo la mía: “Me encantaría”, junto a su número de teléfono.
“Quiero que me veas ducharme desde fuera”.
Mi suite tenía las mejores vistas: tres balcones y una ventana junto a la ducha.
Todo estaba preparado. Él estaba fuera. Empezaba el espectáculo.
Salí a la terraza entrada la noche. Solté los lazos de mi bikini ante su mirada, me giré para que viera mi culo y terminé de desnudarme.
Le hice señas. Debía mirar hacia la siguiente ventana. Me ducharía bajo su mirada. Fue tan sexual y tan erótico que, mientras me enjabonaba y mi mano recorría mi cuerpo, estuve a punto de alcanzar el orgasmo. Me contuve.
Seguía el juego. Él seguía mis indicaciones.
Ahora quiero que me veas en lencería.
- Me vestí de guerrillera y salí para ofrecerle el espectáculo. Esto es lo que te vas a comer (era el mensaje).
Él me observaba con la camisa abierta, mostrando unos pectorales esculpidos a cincel, mientras una mano descansaba en su entrepierna.
“Espérame en tu habitación”, le dije.
Bajé.
Y empezó una noche de siete horas de sexo. Sí, siete. La conexión sexual fue tan brutal que nuestros cuerpos se buscaban una y otra vez.
Lo curioso es que di con un hombre swinger cuyo plan, igual que el mío, era ir solo al Secret aquella noche. Sentirme “en casa”, no juzgada por mi forma de entender el sexo, y saber que tenía frente a mí a un hombre liberado y veterano hizo que conectara aún más.
Se sentó. Quería devolverme el regalo. Entonces, al son de la música, comenzó a desnudarse para mí. Lo miraba con una admiración profunda. Su cuerpo transmitía tanta fuerza, tanto poder, que sentía arder mi entrepierna. Era un espectáculo en sí mismo.
Se reconoció dominante con una mujer sumisa.
“Yo también soy dominante”, le contesté.
Decidimos pactar. Él quería experimentar y yo acepté ceder a ratos, asumiendo una sumisión puntual que, lejos de incomodarme, terminó excitándome.
Quedarán grabados en mi memoria mis squirts, que intentábamos secar entre risas; tenerlo completamente dominado mientras le comía el culo y se rendía ante mi boca; sus cinco orgasmos y los míos, incontables.
La experiencia de ayer me recordó que el cerebro sigue siendo, para mí, el órgano sexual más importante. Mi cuerpo se entrega al placer más intenso delante de quien es capaz de mostrarse auténtico, libre y honesto. Quitarse la ropa es fácil. Desnudarse en otro plano, no. Cuando ambas cosas suceden al mismo tiempo, se genera una conexión que pocos son capaces de entender.
NOTA: Hubo segunda parte. Yo salía al día siguiente del hotel pero él lo haría un día más tarde. Me invitó a quedarme. El relato: "Habitación 206: la respuesta" se quedará, por ahora, en mi privacidad.