¿Quién te ha dicho que tú eres el director de esta película?

¿Quién te ha dicho que tú eres el director de esta película?

Era una pareja recomendada. En este mundo, pronto descubres que una puerta abre otra puerta. Una conversación lleva a un encuentro. Un encuentro te presenta a otro. Así, casi sin darte cuenta, empiezas a formar parte de una red invisible de confianza.
Con ellos todo empezó igual de sencillo. Intercambiamos apenas unos mensajes. Los justos para acordar aquella cerveza.
Todavía me recuerdo bajando con mi vestido corto y mis tacones. Ella fue la primera en verme. Avisó a su marido de que yo había llegado. También fue la primera en levantarse para recibirme. Empiezo a descifrar códigos. Ante una pareja, es la mujer quien acoge primero a la unicornio.
Me senté tranquila y los observé. Mi naturalidad hizo de las suyas.
"Tienes unos ojos preciosos." Le dije a él.
Después miré a ella con complicidad. Qué morboso me parece piropear a alguien delante de su mujer o de su marido. Tan descarado en cualquier otro contexto y tan permitido en este. Cuánto lo disfruto.
La conversación fluyó. Mi curiosidad natural hizo el resto. Pregunté por ese universo que apenas empezaba a descubrir. Como un iceberg, era muy consciente de todo lo que todavía permanecía bajo el agua: los clubes de día, las normas, las campanas que marcan límites, las fiestas privadas...
Después de preguntar qué estaba permitido, qué no y cuáles eran las fantasías pendientes de cada uno, mi mente ya preparaba gran parte del guion.
Siempre respeto los límites ajenos. Precisamente por eso sé que el verdadero juego suele estar en lo psicológico.
"Yo lo que quiero es que ustedes empiecen enrollándose entre sí mientras yo miro.", dijo él. Era una fantasía bastante habitual. Tan esperable tan aburrida...
Lo miré sonriendo.
"¿Y quién te ha dicho que tú eres el director de esta película?", le dije.
El ajedrecista contemplaba perplejo una jugada que no había previsto.
Miré a su mujer, divertida.
"Hoy mandas tú."
Las parejas me merecen un respeto enorme. Son un ecosistema propio, con sus códigos, sus equilibrios y sus acuerdos. No me nace ocupar el lugar de dominante en ese contexto. Sin embargo, me resultó maravilloso empoderar a aquella mujer.
Ella me contestó, pícara:
"Yo te sigo."
"Lo vamos a atar. ¿Tienes con qué?"
Me miró sorprendida. Después sonrió.
"¿Atarlo?"
"Sí."
Parte de mi ropa interior terminó sujetando sus manos.
"Date la vuelta.", le ordené.
Cuando terminé de inmovilizarlo, la primera consigna para mi nueva compañera de placer y batalla quedó clara:
"Vamos a jugar en las mismas condiciones. Sin manos. Solo con la respiración y la boca."
El espectáculo comenzó.
Una a cada lado de su espalda.
Verla deslizarse sobre él mientras buscaba mi mirada me resultaba profundamente excitante. Sin haberlo planeado, habíamos organizado una pequeña revolución en el dormitorio de su propia casa.
Me encanta desafiar las expectativas.
"¿Y entonces? ¿Te cambiaron el guion de la película?", lo desafié.
"Está mirando", me dijo ella.
Sonreí.
"No. Mirar tampoco está permitido. Ahora solo siente."
Decidí cubrirle los ojos. Mientras ella buscaba algo con lo que hacerlo, mi mente fue más rápida.
"Con mi vestido. Así también me huele."
Terminó de pie, con las manos atadas y los ojos cubiertos, completamente entregado a lo único que aún conservaba: las sensaciones.
Nosotras marcábamos el ritmo.
Hubo un instante en que la cercanía de ella estuvo a punto de romper todos mis esquemas. Aquella mezcla de complicidad, deseo y juego psicológico era inesperadamente intensa. Morbosa, conectó conmigo, y su lengua y la mía, recorríamos al unísono el cuerpo de su marido.
Lo observé inmóvil. Todo lo que sucedía a su alrededor le pertenecía y, al mismo tiempo, ya no le pertenecía. No le faltaba placer. Dos mujeres volcadas sobre él. No le faltaba deseo. Solo le había arrebatado una cosa: el poder sobre la situación. Su guion premeditado.
Decidí cambiar de plano. Me coloqué debajo de él, obligándolo a abrir las piernas con las mías para disfrutarlo. Su mujer, divertida, apoyó su cuerpo sobre mi muslo mientras seguía recorriendo el pecho de su marido. Sentí su calor. Tensé el cuádriceps y empecé a mover la pierna para que cabalgara sobre mi muslo mientras yo me lo comía a él, sosteniendo el ritmo.
Su primer orgasmo llegó. Él solo pudo escucharlo. Había llegado el momento de ir devolviéndole, poco a poco, sus sentidos: primero la vista, luego las manos y, finalmente, parte del guion.
En mi memoria quedaron dos imágenes imborrables de aquel encuentro:
La primera, tenerlos a cada uno ocupando uno de mis pechos. Sin duda, una de las estampas más eróticas que me vuelve a regalar el mundo swinger.
La segunda, mucho más explícita: poder recorrer con mi boca el coño de ella mientras su marido la penetra, hasta ver cómo él  ralentiza ese maravilloso movimiento para deleitarse con el recorrido de mi lengua y de mis labios en ambos. Para una mujer bisexual, comer ambas cosas en el mismo “plato”  o “bocado” es el mejor manjar.
NOTA:  No busco ser la protagonista de películas ajenas. Dirijo la mía. Ahora, quien me invita a su intimidad sabe que una parte del guion no está aún escrito.

Published by: purepleasurex
Published: 12/07/2026 16:35
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