La lentitud se fue al diablo en cuanto la ropa terminó de caer al suelo. El juego de la seducción intelectual dio paso al calor puro, denso y directo. Paula ya no se movía con calma; el deseo la había encendido y sus ojos oscuros ahora brillaban con una urgencia salvaje.
Jaime la miró, despojado de toda timidez, devorando con los ojos su cuerpo desnudo. La madurez de Paula, combinada con la espectacularidad de sus formas y su realidad como mujer trans, era un imán que borraba cualquier rastro de los veintiún años de diferencia. Solo quedaban dos cuerpos hambrientos.
Ella lo empujó suavemente hacia atrás, obligándolo a tumbarse en la cama gigante. Se colocó sobre él, dejando que su pecho rozara el de Jaime, inundándolo con su aroma y el calor de su piel sudorosa.
Las manos de Paula, bajaron directas, sin rodeos, buscando la polla de Jaime. Cuando sus dedos expertos lo rodearon, él soltó un gemido ronco, arqueando la espalda por la intensidad del estímulo.
La respuesta de Jaime, perdiendo el control, la agarró de las caderas con fuerza, hundiendo los dedos en su carne firme, pegándola a su pelvis. El roce de sus pollas excitadas, húmeda y calientes, creó una fricción eléctrica que amenazaba con hacerlos estallar antes de tiempo.
—Muérdeme, hazme lo que quieras, pero hazlo ya —gimió Paula al oído de Jaime, perdiendo por completo la compostura madura, entregada al instinto.
Jaime la giró con un movimiento rápido, impulsado por la fuerza y la energía de sus veintiún años. Ahora era él quien estaba arriba, mirando cómo Paula se abría para él, con las piernas separadas y la respiración totalmente rota.
El primer empuje fue profundo, directo, arrancándole a Paula un grito ahogado que se clavó en las paredes de la habitación. Jaime empezó a moverse con un ritmo rápido y pesado, metiéndose a fondo en ella, mientras Paula envolvía sus piernas largas alrededor de la cintura del joven para recibirlo aún más adentro.
Cada embestida los hacía sudar, los colchones crujían y la habitación se llenó del sonido húmedo y rítmico de sus cuerpos golpeándose. Paula echó la cabeza hacia atrás, con el pelo alborotado sobre las sábanas, guiando el ritmo de Jaime con las manos en sus glúteos, exigiéndole más fuerza, más velocidad.
—Me voy a correr, Paula... ya —jadeó él, con los músculos en tensión, acelerando las embestidas en un último esfuerzo ciego.
—Conmigo, Jaime, no pares, ¡conmigo! —gritó ella, apretando los músculos internos, las uñas clavadas en los hombros del chico mientras sus caderas se sacudían en espasmos violentos.
El estallido fue brutal y unísono. Paula se arqueó de golpe con un gemido largo y agudo, atrapada en la primera oleada de un orgasmo que le hizo sacudir todo el cuerpo. En ese mismo segundo, Jaime descargó toda su juventud dentro de ella con una serie de sacudidas eléctricas, hundiéndose hasta el fondo una última vez. Ambos quedaron congelados por unos segundos, unidos por la fuerza del espasmo y el olor a sexo de la habitación.