Lo esperaba siempre con su Estrella Galicia bien fría y mi mejor lencería. Él era profundamente visual. De esos hombres que primero desnudan con la mirada y después con las manos. Y yo sabía exactamente cómo encenderlo.
No hay nada más peligroso que una lencería bien elegida.
Así le abrí la puerta: tacones negros, elegancia calculada, el corpiño de encaje abrazando mi cintura, el pecho provocador, las medias delineando mis piernas largas y ese liguero que siempre parecía anunciar el comienzo de algo inevitable: la casilla de salida.
Me escondí detrás de la puerta entreabierta. Me encanta ese instante. Escuchar cómo sube la escalera. Imaginar su expresión antes incluso de verla. Sentir cómo el deseo me va recorriendo despacio, como un fuego lento.
Él entra.
Nos sobran las palabras.
Primero llega la mirada. Esa mirada furtiva, oscura, cargada de intención. Después el beso. Profundo. Hambriento. De esos besos que desordenan el cuerpo antes de quitar una sola prenda. Y aunque sigo vestida, ya me siento completamente desnuda frente a él.
Camina hacia el baño. La ducha es casi un ritual entre nosotros.
Yo me apoyo divertida en el marco de la puerta, copa de vino en mano, observándolo mientras el agua resbala por ese cuerpo que tanto deseo. Él sabe que lo miro. Le gusta sentirse observado. Deseado. El agua le cae por el cuello, por el pecho, por la boca entreabierta y entonces empieza el espectáculo.
Se coloca bajo el chorro, deja que el agua entre en sus labios y la escupe lentamente, como quien juega con algo prohibido. Como quien disfruta sabiendo exactamente el efecto que provoca.
Y yo ardo.
Siento el calor acumulándose entre mis piernas mientras recuerdo la primera vez que me llevó hasta ahí. Hasta esa parte de mí que ni siquiera sabía que existía.
Yo, tan correcta. Tan impecable. Tan señora. Tan acostumbrada al control.
¿Iba a permitir algo así?
Todavía recuerdo cómo me agarró suavemente del cuello, obligándome a sostenerle la mirada.
"Abre ".
Y abrí.
Sentí el calor de su mano sujetando mi cuello mientras escupía lentamente en mi boca.Aquel gesto, tan provocador, tan lejos de la mujer correcta que yo creía ser, despertó algo en mí que ya no volvería a dormirse.
No fue vulgar. No fue sucio. Fue otra cosa. Fue entrega. Fue sentir el vértigo delicioso de cruzar una frontera propia. Descubrir que el erotismo a veces vive precisamente ahí: en aquello que jamás imaginaste que podría excitarte.
Entendí entonces que mis límites nunca habían sido físicos. No era el anal (que adoro) ni las fantasías oscuras. Mi verdadera línea era aceptar que dentro de mí también existía una mujer posesiva, transgresora, hambrienta de perder el control por instantes.
Y él él sabía exactamente cómo encontrarla.