El hombre que rompió su sexualidad

El hombre que rompió su sexualidad

Un hombre de sesenta años llamado Roberto caminaba por las calles del centro de la ciudad una noche de verano, con el peso de los años y un matrimonio ya extinguido sobre sus hombros. Viudo desde hacía cinco años, su vida se había vuelto monótona: trabajo en una oficina, cenas solitarias y recuerdos de una juventud que ya no volvería. Esa noche, sin embargo, todo cambió.

Entró en un bar discreto del barrio bohemio, buscando solo una copa. La luz tenue y la música suave lo envolvieron. En la barra, sentada con elegancia, estaba ella: Valeria. Alta, con curvas generosas que el vestido negro ajustado resaltaba sin piedad. Cabello largo y oscuro cayendo en ondas sobre sus hombros, labios carnosos pintados de rojo intenso y unos ojos verdes que parecían prometer secretos prohibidos. Tenía unos treinta y cinco años, pero su presencia era atemporal, magnética.

Roberto no pudo evitar mirarla. Ella giró la cabeza y le sonrió con una mezcla de diversión y desafío. Conversaron. Valeria era directa, ingeniosa, con una voz ronca que lo hizo estremecer. Le contó que era modelo freelance y que acababa de mudarse a la ciudad. Él, nervioso como un adolescente, le habló de su vida gris. La química fue instantánea.

Al salir del bar, ella lo invitó a su apartamento cercano. Roberto dudó solo un segundo. En el ascensor, Valeria se acercó y lo besó con hambre. Sus labios eran suaves, exigentes. Sus manos grandes y expertas bajaron por el pecho de él, sintiendo cómo su corazón latía desbocado.

Una vez dentro del apartamento, la ropa cayó al suelo con prisa. Roberto descubrió el cuerpo de Valeria con reverencia: pechos firmes y naturales, cintura estrecha, caderas anchas y, entre sus piernas, un pene semierecto que lo dejó sin aliento. No era la primera vez que veía algo así en fotos, pero en persona, con el calor de su piel y el aroma dulce de su excitación, fue diferente. Se volvió loco.

—Nunca había... —murmuró él, arrodillándose casi por instinto.

—No tienes que decir nada —susurró Valeria, acariciando su cabello canoso—. Solo siente.

Roberto tomó su miembro con manos temblorosas. Era grueso, venoso, y palpitaba bajo su toque. Lo besó primero con timidez, luego con avidez, lamiendo la cabeza suave y saboreando el precum salado. Valeria gemía suavemente, sus uñas largas rascando su cuero cabelludo. Lo guió, empujando despacio entre sus labios. Roberto chupaba con dedicación, sintiendo cómo su propia polla, aún dura a pesar de los años, se endurecía dolorosamente.

Ella lo levantó y lo llevó a la cama. Lo tumbó de espaldas y se sentó a horcajadas sobre su rostro, ofreciéndole su culo perfecto y redondo. Roberto lamió con devoción, explorando cada pliegue, hundiendo la lengua mientras Valeria se masturbaba encima de él. Sus gemidos llenaban la habitación.

—Fóllame —pidió ella con voz ronca.

Roberto se posicionó detrás. Entró en su culo apretado y caliente con un gemido gutural. Estaba increíblemente estrecho, como si lo succionara. Empezó a embestir con fuerza, sus caderas chocando contra esas nalgas suaves. Valeria se arqueaba, empujando hacia atrás, su propia polla balanceándose dura y goteante debajo.

—Más fuerte, papi... —suplicó.

Roberto se volvió salvaje. La follaba con toda la pasión acumulada de años de rutina. La agarraba de las caderas, sudando, gruñendo como un animal. Valeria se corrió primero, su culo contrayéndose alrededor de su polla mientras chorros de semen salían de ella manchando las sábanas. Eso empujó a Roberto al límite. Se vació dentro de ella con un rugido, llenándola profundamente, temblando de placer.

Después, exhaustos y entrelazados, Valeria lo miró con una sonrisa satisfecha.

—Eres mío ahora, ¿verdad?

Roberto, con el corazón latiendo como nunca, solo pudo asentir. Esa noche marcó el comienzo de una obsesión. Volvía a verla casi todos los días. Se volvió loco por su cuerpo, por su voz, por la forma en que lo dominaba y lo hacía sentir vivo. Dejaba de lado todo por Valeria: cancelaba planes, ignoraba llamadas, solo pensaba en hundirse en ella, en chuparla hasta que rogara, en follarla en todas las posiciones hasta que ambos quedaran destrozados de placer.

En sus encuentros más intensos, Valeria lo ataba y lo cabalgaba con fuerza, su polla golpeando contra el vientre de él mientras lo besaba con brutalidad. Roberto descubrió placeres que nunca imaginó: ser follado por ella con un strap-on mientras le chupaba la verga, o correrse solo con su boca experta tragándoselo entero.

Valeria se había convertido en su adicción. Y él, el hombre de sesenta años que creía que su vida sexual había terminado, se había vuelto completamente loco por ella. Y no quería que eso cambiara nunca.

Publicado por: turel
Publicado: 08/06/2026 20:14
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