Hay miradas que son una cuenta atrás.
Lo nuestro no fue un flechazo; fue una combustión lenta, de esas que duran años y te van consumiendo los huesos sin que te des cuenta. Nos conocimos hace una eternidad. Por aquel entonces, las circunstancias no acompañaban y yo fingía que solo existía una bonita amistad. Pero cada vez que nos saludábamos, su perfume se me quedaba clavado en la ropa todo el día, como una condena.
Pasaron los años, cambiamos de vida, de parejas... pero el hilo invisible seguía ahí. Cada vez que nos veíamos, la tensión en el aire se podía cortar con un cuchillo. Una risa de más, un roce "accidental" de rodillas bajo la mesa, esa forma suya de mirarme los labios cuando creía que yo no me daba cuenta. Estábamos jugando con fuego en un almacén de pólvora.
Hasta que anoche el almacén saltó por los aires.
Estábamos a solas en su salón. Una excusa cualquiera, una noche normal. Pero la atmósfera estaba cargada, como esos días de verano justo antes de que rompa una tormenta eléctrica. Tras un par de copas, el silencio se volvió demasiado pesado.
Ella estaba sentada en el sofá, con las piernas cruzadas. Me acerqué a hablarle y, al moverme, mi mano rozó su muslo. Ninguno de los dos se apartó. Nos quedamos congelados, mirándonos a los ojos, escuchando nuestras propias respiraciones.
—Llevamos demasiado tiempo fingiendo, ¿no? —susurró. Su voz vibró directamente en mi estómago.
No respondí con palabras. No hacían falta. Le agarré la nuca y la besé.
Dios, ese beso. Tenía el hambre acumulada de media vida. Soltó un gemido ahogado que me volvió loco y se aferró a mi espalda como si se estuviera ahogando. Nos caímos sobre el sofá, desmantelándonos la ropa a manotazos, rompiendo algún botón por el camino. No había espacio para la delicadeza; era una puta necesidad biológica.
Su piel: Estaba ardiendo, suave pero tensa por la anticipación.
El ritmo: Frenético. Mis manos memorizaban cada curva que llevaba años imaginando, y ella arqueaba la espalda, buscándome con una urgencia salvaje.
La entrega: Cuando por fin nos fusionamos, el mundo exterior desapareció. Fue un estallido de sudor, jadeos y arañazos en la espalda. Nos follamos como si el mañana fuera una mentira, con una violencia hermosa, cambiando de postura en un desorden de sábanas deshechas, buscando el límite de lo que el cuerpo humano puede soportar. Cada embestida llevaba el peso de mil fantasías contenidas.Llegamos juntos al borde del abismo, perdiendo el control en un orgasmo que nos dejó temblando, vacíos y pegados por el sudor en mitad de la cama destrozada.Pensé que después de eso la tormenta habría amainado. Qué equivocado estaba. Tras unos minutos para recuperar el aliento, se dio la vuelta, me miró con los ojos oscuros de deseo y me susurró al oído algo que cambió el juego por completo...