Lucas abrió los ojos con un gemido suave. La luz del sol se filtraba por una ventana que no reconocía. El techo era blanco, alto, con molduras elegantes. Este no era su pequeño apartamento desordenado. Intentó incorporarse y sintió algo extraño: un peso en el pecho, suave y pesado, que se movía con su respiración. Su mano subió instintivamente y rozó una piel sedosa. Dedos delicados, uñas más largas. Un escalofrío lo recorrió.
—¿Qué coño pasa?
Su voz. Era más alta, melodiosa, con un timbre femenino que lo dejó helado. Se levantó de la cama de un salto y corrió hacia el espejo del baño. Lo que vio le robó el aliento.
Una mujer hermosa lo miraba. Cabello castaño oscuro cayendo en ondas suaves hasta la mitad de la espalda. Rostro ovalado, pómulos altos, labios carnosos y naturalmente rosados. Ojos grandes de color avellana con largas pestañas. La piel era impecablemente suave, sin rastro de barba ni poros visibles. Bajó la mirada: pechos firmes y llenos, cintura estrecha, caderas anchas y redondeadas, piernas largas y tonificadas. Entre sus muslos, nada. Solo una suave montañita y unos labios delicados que ya empezaban a humedecerse por la excitación y el shock.
Lucas —o quien fuera ahora— tocó sus nuevos pechos. Un gemido involuntario escapó de su garganta cuando sus dedos rozaron los pezones, que se endurecieron al instante, enviando ondas de placer directamente a su vientre.
—Joder soy soy una mujer.
Su mente seguía siendo la misma. Recordaba perfectamente su vida como Lucas: las noches persiguiendo mujeres en bares, las conquistas, el deseo crudo por curvas femeninas. Seguía gustándole las mujeres. Pero ahora ahora era una de ellas.
Se sentó en el borde de la cama, separando ligeramente las piernas. Sus dedos exploraron con curiosidad y creciente lujuria. Deslizó un dedo entre sus pliegues y encontró una humedad caliente y resbaladiza. El clítoris, pequeño y sensible, respondió con una intensidad que nunca había experimentado. Gimió más fuerte, frotando en círculos lentos mientras se miraba en el espejo del armario. Ver ese cuerpo hermoso masturbándose lo ponía aún más cachondo.
—Soy lesbiana ¿verdad? —susurró entre jadeos—. Me siguen gustando las mujeres pero ahora soy una.
El orgasmo llegó rápido y brutal. Sus piernas temblaron, sus pechos subían y bajaban con fuerza mientras un placer líquido y profundo la inundaba. Se corrió con un grito agudo, mojando sus dedos y muslos internos.
Pasaron las horas. Se vistió con la ropa que encontró en el armario: un vestido ligero que se ajustaba perfectamente a sus nuevas curvas. Salió a la calle, aún aturdida.
Y entonces lo notó.
Las miradas.
Cuando era Lucas, tenía que esforzarse para llamar la atención. Ahora, las mujeres lo miraban abiertamente. Una morena atractiva en la cafetería le sonrió con descaro mientras pedía su café. Sus ojos bajaron sin disimulo a sus pechos y caderas. En la librería, una rubia alta con gafas se acercó con la excusa de recomendarle un libro, rozando deliberadamente su brazo. Su mirada era hambrienta.
Esa misma tarde, en un bar pequeño, conoció a Carla.
Carla era alta, de cabello negro corto y actitud segura. Se acercó directamente.
—Perdona, pero no podía dejar de mirarte. Eres impresionante.
Lucas (ahora Elena, como leyó en su nuevo DNI) sintió un cosquilleo entre las piernas. La atracción era la misma de siempre, pero ahora era mutua de una forma nueva y eléctrica.
Terminaron en el apartamento de Carla. Apenas cerraron la puerta, las bocas se encontraron con urgencia. Carla la besaba con hambre, sus manos recorriendo las curvas de Elena con avidez. Le bajó los tirantes del vestido y liberó sus pechos, chupando y mordiendo los pezones con maestría. Elena gemía sin control, arqueándose.
—Eres tan suave tan perfecta —susurró Carla mientras bajaba por su vientre.
Se arrodilló frente a ella y le separó las piernas. Su lengua experta encontró el clítoris hinchado y lo lamió con dedicación. Elena enredó los dedos en el cabello negro de Carla, empujando sus caderas contra esa boca caliente. El placer era distinto, más profundo, más envolvente. Sentía cómo se mojaba cada vez más, cómo sus jugos corrían por los muslos de Carla.
—Quiero correrme en tu boca —suplicó Elena con voz temblorosa.
Carla introdujo dos dedos en su interior, curvándolos mientras succionaba el clítoris. Elena explotó. Un orgasmo intenso, casi doloroso de tan bueno, la hizo gritar y convulsionar. Sus paredes internas apretaron los dedos de Carla mientras se corría abundantemente.
No fue la única vez esa noche. Carla le enseñó lo que significaba ser deseada como mujer. La folló con un strap-on grueso mientras le besaba los pechos, haciéndola correrse una y otra vez. Elena descubrió que le encantaba ser penetrada, que le gustaba sentir cómo la llenaban, y que seguir deseando mujeres no la hacía menos mujer. Simplemente era lesbiana. Y le fascinaba.
Al amanecer, tumbada desnuda junto a Carla, Elena sonrió con los labios hinchados de tanto besar.
Su antigua vida como hombre parecía lejana. Ahora tenía un cuerpo que volvía locas a las mujeres, y una sexualidad recién descubierta que pensaba explorar muy, muy a fondo.
Y pensaba empezar esa misma mañana.
turel | 27/06/2026 20:33
Me gusta llevar al limite mis relatos, como una forma de autoanálisis de los deseos más ocultos de cada uno