Lo que tú quieras, ama
Hay preguntas que llegan demasiado pronto.
¿Y tú? ¿Eres ama? Sonreí. La respuesta fácil habría sido un sí o un no. Pero la verdad era mucho más incómoda: no lo sabía.
Soy una mujer acostumbrada a dirigir mi vida. Tomo grandes decisiones. Organizo, resuelvo, lidero. Fuera del dormitorio nadie cuestiona mi autoridad. Antes las grandes decisiones, hasta quien está por encima de mí, me pregunta.
Sin embargo, el deseo obedece a leyes distintas, y aún estaba descubriendo las mías.
Recordé entonces una sesión con mi diosa.
El fotógrafo me pidió que le sujetara el cuello. Lo hice con cuidado, casi con miedo. Toda una vida educada para medir la fuerza, para no incomodar, para no sobrepasar el límite.
-“Más fuerte”, me dijo el fotógrafo. Obedecí. Apreté un poco más.
-“Más”.
Y fue entonces cuando apareció una mujer que yo no conocía. Sentí la tensión de mis manos, la firmeza de mi cuerpo y una intensidad que me obligó a detenerme.
Después tuve a mi diosa frente a mí, con sus piernas abiertas. La acerqué sujetándola por los muslos con fuerza para traerla hacia mí. Durante un instante deseé tener un cuerpo distinto, uno que me permitiera penetrarla. No fantaseé con ser un hombre, fantaseé con la idea de poseerla.
Aquella escena siguió conmigo durante semanas. Quería averiguar si realmente era dominante o ama.
Decidí comprar arnés y dildo, látigo y unas cuerdas. Sentí que, por primera vez, empezaba a poner nombre a una parte de mí que llevaba demasiado tiempo esperando. No era una escalada en el mundo liberal, no era subir de nivel. Era un reconocimiento. Era decirle a esa parte de mí: “adelante”.
Aquella intuición encontró su respuesta.
-“Lo que tú quieras, ama”. La frase me recorrió mucho antes de tocarme el cuerpo. Lo vio en mi mirada y lo volvió a repetir
-“Lo que tú quieras, ama”. Él comenzó a desvestirse.
- ¿Qué haces?, le pregunté. Se quedó inmóvil.
-“Yo diré cuándo”. No levanté la voz. No hizo falta. El verdadero poder no necesita imponerse. Bastaba con sostener la mirada.
Me acerqué despacio. No tenía prisa. Hay encuentros en los que el deseo consiste precisamente en retrasar todo aquello que parece inevitable.
Él seguía esperando una orden. Aquel fue el verdadero hallazgo de la noche. Yo dirigía la escena, eso fue lo excitante.
Después de recorrerlo con mi boca aún vestido, cual gata, me detuve en su pantalón. Le quité el cinto despacio, mientras lo miraba desafiante. Le desnudé lo suficiente para azotarlo con su cinto doblado. Sentí mi coño arder y mi cuerpo vibrar de deseo.
Durante mucho tiempo pensé que mi fortaleza pertenecía únicamente a mi vida cotidiana: al trabajo, a las responsabilidades y a las decisiones difíciles. Me equivocaba. La misma mujer que lideraba fuera también quería hacerlo dentro. Y, por primera vez, dejé de pedir permiso para serla.
Él deseaba verme con el arnés. Me dijo
-”Ama, fóllame mi ama”. Le tapé los ojos. Mi primera envestida iba a ser solo sentida. Me ofrecía su culo por primera vez, su primera vez. Él, tan heterosexual, declarado no bicurioso, deseaba lo que era sentir una polla por detrás.
Así fue. Mi boca lo preparó. Nada más excitante que lamer y escupir, sabiendo que el otro espera ser penetrado. Sumiso, a cuatro patas.
Mis manos en sus nalgas, apretándolas, llevándolas contra mí de forma intencionada. Empezó a gemir. Y con sus gemidos me lo follaba más fuerte, más canalla.
Decidí ejercer más poder, el del ritmo. A veces rápido, a veces lento, y a veces, la retiraba.
– “Vuelve a pedirme que te folle”, le dije.
-“Fóllame, mi ama”.
Escupí su culo, y volví a penetrarlo.