Buenas, queridos lectores, hoy les contaré la historia del maduro de los cristianos, uno de esos encuentros que se quedan grabados. Me contactó por la app de Wapo, preguntando directamente por los masajes que ofrezco. Le expliqué con todo detalle los diferentes tipos: el relajante, el profundo, y los que más eligen la mayoría, el masaje tántrico y el edging. Él seleccionó el combo de tántrico con edging.
Preparé mi camilla portátil, el aceite de almendras dulce, toallas grandes y limpias, lubricante adicional y me dirigí a los cristianos en guagua. El camino se me hizo largo imaginando ya el momento. Al llegar a su casa, un lugar discreto, monté todo el espacio; puse música suave con ritmo sensual y le indiqué que se desnudara completamente.
Él accedió y me preguntó si yo también podía quedarme sin ropa. Acepté, quitándome la mía despacio. Se tumbó boca abajo en la camilla y comencé el ritual. Primero una pierna, luego la otra. Aplicaba aceite caliente en las manos y las deslizaba desde los tobillos hacia arriba, trabajando los gemelos con firmeza, subiendo por los muslos con movimientos profundos. Al llegar a la zona alta del muslo rozaba suavemente el perineo y los testículos de forma accidental para provocar alguna reacción. Funcionó: él empezó a gemir de manera inconsciente y cada vez que repetía el roce se encendía más el ambiente entre nosotros.
Continué con los glúteos, masajeándolos con dedicación, amasando la carne con las manos abiertas. De vez en cuando separaba las nalgas con cuidado para exponer el ano al aire fresco de la habitación. Cada vez que lo hacía, él elevaba las caderas de forma instintiva, separándolas más. Lo dejé bien preparado y caliente.
Pasé a la espalda. Trabajé primero un lado completo, desde el hombro hasta la cintura, presionando los puntos de tensión. Luego el otro lado. Me coloqué en la zona de su cabeza, subido en la camilla, y masajeé desde arriba hacia abajo recorriendo toda la columna. Cada vez que bajaba hasta los glúteos los separaba de nuevo, pasaba los pulgares con suavidad por los bordes y volvía a subir. Repetí este movimiento varias veces, lento y continuo. Su respiración se volvía cada vez más agitada por la excitación acumulada.
Decidí que era el momento de avanzar. Bajé hasta los glúteos, los separé y acerqué mi rostro. Empecé a explorar con la lengua todo su ano. Primero lametones suaves alrededor, luego círculos más intensos, introduciendo la punta con delicadeza. Al sentir el contacto de mi lengua en su ojete se estremeció con un gemido profundo e intenso. Jugué un buen rato, moviendo la lengua con dedicación mientras él balanceaba las caderas hacia atrás para intensificar las sensaciones. Yo estaba completamente erecto por lo excitante de la situación y me tocaba despacio con una mano mientras continuaba.
Él me pidió algo especial que no suelo hacer, pero accedí para complacerlo. Me subí a la camilla, me coloqué entre sus nalgas y comencé a frotar mi miembro erecto y lubricado contra su ano humedecido. Gemíamos los dos al unísono, moviéndonos acompasados. Restregué mi polla por toda la zona durante unos diez minutos, disfrutando de la fricción caliente y resbaladiza.
Le pedí que se girara y continué con la parte delantera. Masajeé sus piernas subiendo lentamente, rozando con intención los testículos. Luego los brazos y los hombros, trabajando cada músculo. Pasé al pecho, acariciando sus tetillas con los pulgares en círculos suaves, estimulándolas hasta que se endurecieron. Bajé al abdomen, amasando con movimientos firmes y descendentes, acercándome cada vez más a su entrepierna.
Llegó el momento de centrarnos en su miembro. Lo tomé con una mano bien lubricada y comencé a masturbarlo con movimientos largos y firmes, desde la base hasta la punta, girando ligeramente en la cabeza. Luego lo lamí con la lengua plana y ancha, subiendo desde los testículos hasta el glande. Me lo introduje en la boca, succionando con ritmo, moviendo la cabeza arriba y abajo mientras usaba una mano en la base y la otra para acariciar sus testículos o estimular suavemente su ano con un dedo, buscando esa zona sensible interna.
Él también me masturbaba y me lamía cuando se lo acercaba. El intercambio fue intenso y placentero. Gemía repetidamente mi nombre: “Joder Tony, madre mía Tony”. Su erección era parcial, pero yo trabajaba con dedicación: combinaba la mano y la boca, succionando solo la cabeza mientras lo miraba, acelerando en la punta y ralentizando en la base. Cada vez que sentía que estaba cerca del clímax, detenía el movimiento, apretando suavemente la base para controlarlo, repitiendo este edging varias veces. “Tony me voy a correr”, decía entre jadeos, y yo paraba, besaba su pecho, le acariciaba el abdomen y volvía a empezar.
Después de llevarlo al límite varias veces, finalmente le permití llegar al orgasmo. Aunque su miembro estaba parcialmente flácido, eyaculó con fuerza, soltando varios chorros abundantes de semen. Se estremeció entero, gimiendo mi nombre.
Me vestí, recogí todas mis cosas con calma y me despedí. Aún me contacta de vez en cuando para repetir la experiencia y yo voy encantado a complacerlo.
tonytfe | 06/07/2026 13:57
☺️☺️🤤